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Las siete esquinas
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Eduardo Jordà


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  • 05
    Febrero
    2013

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    Burocracia

    En teoría, el proceso para dar de alta a un inmigrante en la Seguridad Social se puede hacer por Internet. Sí, es cierto, pero todo es tan embarullado que nadie puede hacerlo, a menos que haya hecho tres másters en Trabajo Social y un curso completo de Derecho Laboral
     
    Solemos hablar a menudo de lo fácil que resulta en nuestro país hacer las cosas mal, y ahí tenemos al señor Bárcenas cenando tan tranquilo en un lujoso restaurante del sur de Francia, muy relajado y feliz (al menos según la foto que hemos visto), pero en cambio casi nadie habla de lo difícil que resulta hacer las cosas bien. Estos días he intentado dar de alta a una señora que trabaja unas cuantas horas, muy pocas, en casa. La señora es inmigrante y quería que la diera de alta en la Seguridad Social como trabajadora del servicio doméstico. Muy bien, perfecto. Es la ley, y hay que cumplirla.
     
    En teoría, el proceso para dar de alta a un inmigrante en la Seguridad Social se puede hacer por Internet. Sí, es cierto, pero todo es tan embarullado que nadie puede hacerlo, a menos que haya hecho tres másters en Trabajo Social y un curso completo de Derecho Laboral. Por lo tanto, no te queda más remedio que ir a una oficina de la Seguridad Social, y si tienes suerte, te atiende una persona amable, pero si no la tienes —a mí me ocurrió— te atiende una especie de nihilista que está contemplando la posibilidad de suicidarse haciendo explotar ocho bombonas de butano en su edificio. Y ese tétrico nihilista te dice, con una especie de gruñido de bulldog, que esa oficina en concreto no se ocupa de dar de alta a inmigrantes, así que tendrás que ir a otra oficina que está al otro lado de la ciudad, vaya por Dios.
     
    Y al día siguiente, cuando llegas a la oficina donde te han dicho que debías realizar tus trámites, te explican que esos trámites se pueden realizar en cualquier oficina de la Seguridad Social, aquí o en Lugo, y entonces te acuerdas del nihilista que te ha hecho perder una mañana, y entonces te das cuenta de que todavía no has empezado a arreglar lo que quieres hacer, así que respiras hondo y coges tu carpeta y cruzas los dedos para que todo salga bien en una sola mañana (que será tu “segunda” mañana, pero eso a nadie le preocupa), porque tú sólo intentas llevar a cabo tu portentoso deseo de cumplir con la ley.
     
    Por suerte, esta vez te ha tocado una funcionaria amable y eficiente, así que de momento ya puedes respirar aliviado. Pero la funcionaria también tiene que cumplir con la ley, así que de entrada te pedirá una fotocopia de tu DNI y otra fotocopia del DNI de la persona a la que quieres dar de alta. En la oficina, por supuesto, no hay fotocopiadoras. Y por razones de orden quizá teológico o gnoseológico, cualquiera sabe, ninguno de los ordenadores que hay en la sala —empezando por el ordenador de la propia funcionaria— cuenta con un escáner que pueda realizar ese enojoso trámite. La funcionaria, tan amable como siempre, te indica dónde hay una copistería, justo a la vuelta de la esquina, y te promete que te guardará el sitio cuando vuelvas. Así que sales, sudando de nuevo, y vas a la copistería y fotocopias los dos DNI, el tuyo y el de la persona a la que vas a dar de alta (que ahora mismo, esté donde esté, se encuentra sin papeles y por lo tanto incumpliendo la ley). El caso es que pierdes otros veinte minutos de tu tiempo, pero no tienes por qué preocuparte porque tu tiempo no le interesa a nadie, ya que sólo eres un idiota que intenta cumplir la ley. 
     
    Cuando vuelves a la oficina, como es natural, tu puesto ya está ocupado por otra persona, cosa lógica que sabía todo el mundo, empezando por la propia funcionaria (que es de verdad amable y eficiente). O sea que tienes que coger otro ticket de espera que te lleva a otra mesa donde nadie conoce tu caso y donde te miran como si fueras un alienígena que pregunta en qué planeta acaba de aterrizar. De modo que tienes que saltarte el orden de espera e ir a la mesa de la funcionaria que te había atendido en un principio, colándote delante de todo el mundo (y eso que a ti no te gusta colarte), y entonces le preguntas a la funcionaria, con cara de sufrir una especie de congestión cerebral, qué tienes que hacer. Por suerte, la funcionaria se apiada de ti y te dice que esperes. Y cuando termina de arreglar los asuntos de la persona que había ocupado tu sitio, vuelve a iniciar el proceso de nuevo. Por entonces tú ya estás mareado y cansado, pero por supuesto eso no le importa a nadie porque tú sólo eres un idiota que intenta cumplir la ley. 
     
    Si te habías hecho a la idea de que aquello iba a ser fácil, estabas muy equivocado. La funcionaria te entregará el formulario T6, y luego el otro formulario TA.2/S-0138, donde se te preguntan cosas tan extrañas como si “existe pacto de horas de presencia” o si “hay importe del salario mensual en especie”. Pero eso no es todo, porque hay que firmar un contrato (por unas pocas horas semanales, Dios santo), y para ello hay que constituir una sociedad, o sea que tienes que ponerte a rellenar el documento correspondiente, y de paso ya puedes pensar en el nombre para la sociedad que se supone que presides y te reporta 22 millones de euros en beneficios (yo dudé entre “Bárcenas & Co” y “Sobres Negros”), y luego tienes que rellenar otro formulario más y poner las etiquetas identificativas (suerte que las llevabas). Y cuando por fin terminas (veinte minutos más tarde), ya no sabes dónde tienes la cabeza, pero ahora puedes respirar aliviado, porque sabes que eres un idiota, por supuesto, pero al menos has podido cumplir con la ley.

     

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