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Eduardo Jordà


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  • 30
    Abril
    2013

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    Bangladesh

    Que aquel país que llamábamos Basutolandia sea ahora uno de los principales exportadores de ropa es uno de los mejores ejemplos de eso que llamamos globalización

    Leo que algunas empresas de importación de ropa van a cambiar las etiquetas, para que no se pueda leer que la camiseta o los vaqueros que llevamos han sido fabricados en Bangladesh o en El Salvador. Desde hace años, uno de mis pasatiempos –ya sé que soy raro- consiste en mirar el origen de la ropa que compro. Ya me he llevado muchas sorpresas: Honduras, Jordania, Sri Lanka, Madagascar, Islas Comores, Vietnam… El país más raro que me he encontrado fue la Isla Mauricio, que ni siquiera sabía que fuera independiente, y mucho menos que tuviera industria textil. Todavía no he encontrado ninguna etiqueta de ropa fabricada en Bután o en Birmania (que ahora es Myanmar), pero es posible que no tarde en encontrarla. Ahora mismo acabo de leer que uno de los primeros fabricantes de ropa del mundo es Lesotho, un minúsculo país africano que en mis tiempos escolares tenía el nombre –agárrense- de Basutolandia. Y que aquel país casi quimérico que llamábamos Basutolandia (o mejor aún, Reino de Basutolandia) sea ahora uno de los principales exportadores de ropa es uno de los mejores ejemplos para entender qué es eso que llamamos globalización.


    La globalización, por supuesto, tiene dos caras. En muchos países que antes no tenían nada ahora hay una incipiente clase media y un desempleo muy bajo y una relativa prosperidad. Pero todo eso se consigue a costa de una legislación salvaje que permite el trato inhumano a los trabajadores. Zola se encontró un caballo ciego trabajando en las galerías de una mina de carbón, en el norte de Francia, porque aquel caballo llevaba tantos años arrastrando carbón en la oscuridad que ya había perdido la vista por falta de uso. Y supongo que si alguien inspeccionase ahora una fábrica textil de Lesotho o de Bangladesh (o nuestras naves industriales donde trabajan inmigrantes clandestinos), se encontraría con que muchos de los operarios ya no sabían vivir al aire libre ni eran capaces de soportar la luz del sol.


    Esta semana se derrumbó un edificio en Bangladesh donde había cinco talleres textiles, y en el derrumbe murieron cerca de cuatrocientos trabajadores –casi todas mujeres- y hubo más de 2.500 heridos. ¿Qué tamaño tenía ese edificio en el que cabían tres mil personas, aparte de la maquinaria textil con la que trabajaban? He buscado fotos de esos talleres y he visto hileras y más hileras de mujeres agachadas frente a las máquinas de coser y las bobinas industriales. Todo tenía el aire de un lugar de confinamiento o de trabajos forzados: luces artificiales, mascarillas protectoras, uniformes de aspecto carcelario, y un capataz que vigilaba muy de cerca con cara de estar cronometrando el trabajo. El salario mínimo de Bangladesh es de unos 30 euros. Con estos salarios, no es raro que la ropa que compramos aquí pueda ser tan barata.


    Repito que ese trabajo infernal tiene su lado positivo. Esas mujeres que trabajan en las fábricas de Bangladesh –o en Lesotho, o en Isla Mauricio, o en Honduras- ya han dejado de ser bestias de carga que trabajaban gratis en el campo para sus maridos. Ahora, por primera vez en sus vidas, ganan un sueldo. Miserable, sí, pero es un sueldo. Y no sólo eso, sino que esas mujeres pronto descubrirán que existe una forma de vida que hasta ahora no les había parecido posible. Y hasta tendrán su primera educación política y oirán hablar de cosas que para ellas no existían: derechos, protestas, reclamaciones. Aunque sólo sea como una posibilidad más bien remota, y por mucho que esos derechos nunca se hagan reales en sus vidas.


    Pero no hay que olvidar que esas mujeres ganan treinta euros al mes y trabajan en edificios que tienen la extraña costumbre de venirse abajo. No es raro que muchas empresas textiles hayan empezado a enmascarar la procedencia de su ropa. Y en vez de decir “Fabricado en Bangladesh”, ahora dicen “Imported by…”, para hacernos creer que esa ropa que llevamos no tiene nada que ver con los talleres que se derrumban cada dos por tres, y en cuyo interior se trabaja en unas condiciones que nadie hubiera imaginado ni siquiera cuando existía el Reino de Basutolandia, o cuando Bangladesh no era aún Bangladesh, sino la remota y desconocida provincia de Bengala Oriental, un nombre perdido en un mapamundi, nada más.

     

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