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Eduardo Jordà


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  • 04
    Marzo
    2014

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    Apocalípticos y charlatanes

    La única revolución que sirve de algo es la que ocurre de forma gradual, día a día y durante muchos años, sin violencias ni asaltos a ningún parlamento

    eo en algún sitio que el mundo está a punto de dar el peor salto hacia atrás desde que un meteorito acabó con los dinosaurios, y lo escribe tan tranquilo un columnista que aparece en tertulias radiofónicas y televisivas, y escribe con regularidad en los periódicos, y presenta sus libros en universidades y librerías, y con bastante éxito, por cierto. Hace más o menos un mes, vi a ese columnista en un encuentro periodístico, y todavía oigo sus risotadas cargadas de alegría y buen humor, o eso me pareció, tal vez porque estábamos comiendo en un lugar muy agradable, no muy lejos del mar, y en buena compañía y sin tener nada que hacer en las próximas tres o cuatro horas. Si el mundo estaba viviendo el peor salto evolutivo de su historia, el cameo que hacíamos en ese escenario de caos y destrucción el columnista apocalíptico y todos los que estábamos allí con él resultaba bastante extraño.

    ¿Qué se supone que éramos nosotros: el meteorito o los dinosaurios? Cualquiera sabe.
    Lo digo porque expresarse en términos apocalípticos se ha convertido en un negocio, del mismo modo que abundan los charlatanes que intentan explicar lo que pasa con fórmulas muy sencillas que se supone que pueden arreglar todos los problemas de un país en un abrir y cerrar de ojos. Todos esos charlatanes también salen en las televisiones y en las tertulias, y venden muchos libros, y reciben muchas más alabanzas que cualquier oscuro maestro o funcionario que hace su trabajo de la mejor manera posible y sin llamar la atención. Pero todo eso da igual: vivimos en un mundo que está viviendo un salto regresivo equiparable a la extinción de los dinosaurios, así que sólo podemos lamentarnos y quejarnos. Y además, todo lo que ocurre –por complejo y enmarañado que sea- puede solventarse con cuatro formulitas escritas en una pizarra en medio de una tertulia gritona donde sólo se admiten posturas encontradas, o muy de derechas o muy de izquierdas, y donde no se permite a nadie analizar ni explicar nada. Así de simple.

    Todo esto es muy curioso. Yo paso todos los días frente a una parada de autobús donde una furgoneta, a las nueve en punto de la mañana, recoge a niños con problemas –niños autistas, niños con problemas de motricidad, con parálisis cerebral- y se los lleva a un centro especializado donde todos esos niños reciben una muy buena atención médica y comen y aprenden a desenvolverse de alguna manera. Luego paso frente a otra parada donde otra furgoneta recoge a ancianos que viven solos y se los lleva a un centro de día. Y podría contar más y más casos como éstos. Por supuesto que esto ocurre en una sociedad donde hay millones de parados y de gente que sufre y miles de personas que lo están pasando mal, pero esta sociedad todavía tiene muchísimas cosas buenas que alguien debería valorar. El otro día mi hija se torció un tobillo y fue muy bien atendida en unas urgencias hospitalarias. Si vivimos la peor regresión evolutiva de la historia desde la extinción de los dinosaurios, me gustaría saber qué pintan ahí esos autobuses que recogen a los ancianos o a los niños con graves minusvalías psíquicas o físicas. Una sociedad así, por muchas cosas malas que tenga, también debería estar orgullosa de muchas cosas. ¿O no?

    Pero todo esto importa poco. Lo que vende, lo que interesa, lo que excita a las masas embobadas frente al televisor, es el discurso simplista y truculento, en el que todo se resuelve a base de gritos y simplificaciones, con muchas teorías conspirativas de por medio y mucha retórica hueca, a ser posible revolucionaria y supuestamente transgresora, aunque ser transgresor hoy en día, cuando todo está permitido, es lo mismo que hacer topless en una playa nudista, como dice el filósofo Javier Gomá.

    Por lo visto, nadie se da cuenta de que la única revolución que sirve de algo es la que ocurre de forma gradual, día a día y durante muchos años, sin violencias ni asaltos a ningún parlamento ni a ningún tribunal de justicia. Y por fortuna hemos tenido la suerte de vivir en uno de los pocos lugares del mundo donde ha ocurrido una revolución así desde hace al menos cuarenta o cincuenta años, y esa revolución nos ha permitido y todavía nos permite disfrutar de cosas como esas furgonetas que recogen a los ancianos y a los niños con problemas. Y mientras estas cosas sigan ahí, lo único razonable es intentar que sigan siendo posibles.

     

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