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Eduardo Jordà


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  • 26
    Febrero
    2013

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    Antipolítica

    Esta reacción contra la política tradicional se debe al pesimismo generalizado y al odio creciente hacia los partidos y la forma en que está concebida la actual democracia representativa

    Escribo esto sin saber quién ha ganado las elecciones italianas, pero a estas horas ya se sabe que Berlusconi y Beppe Grillo —dos líderes que basan su discurso en la retórica antipolítica y antisistema— han conseguido entre los dos casi un cincuenta por ciento de los votos, o incluso más en algunas regiones (Sicilia o Lombardía, por ejemplo, lo que nos hace pensar que el sur no es tan distinto del norte). De Berlusconi no hace falta decir nada: quizá no haya un solo personaje actual que haya logrado el prodigio de encarnar en una sola persona todos los vicios humanos que podamos imaginar, eso sí, después de haber pasado por el cirujano plástico. Y de Beppe Grillo no sé mucho, sólo que es un actor cómico que se ha hecho famoso en la televisión, aunque ahora dice estar en contra de la televisión y sólo a favor de Internet (“Internet es nuestra única arma”, dice).


    Aparte de esto, de Beppe Grillo sólo conozco sus burlas e insultos contra toda la clase política, que incluso llegan a cruzar la frontera italiana. Y hace poco, cuando las tropas francesas entraron en Mali para luchar contra los yihadistas, Grillo aconsejó a Al Qaeda que bombardeara la Asamblea Nacional Francesa, porque el tipo es así de sutil, y a estas bromas sin pizca de gracia él las debe de llamar “hablar sin pelos en la lengua”, que es una cosa muy divertida y muy viril. Y su programa, por lo que he podido leer, sólo tiene cinco puntos, todos muy vagos e indefinidos: “Agua pública, movilidad sostenible, desarrollo, conectividad y medio ambiente”. ¿Qué es la movilidad sostenible? Lo ignoro. También ignoro si el agua pública significa que los italianos no van a tener que pagar el agua del suministro público, o si la conectividad significa la conexión gratis a Internet. Todo esto da igual. Si en su programa Beppe Grillo hubiera incluido otros puntos igual de vagos o de indefinidos, algo así como la sostenibilidad móvil, la desconectividad activa y la industria medioambiental —o cualquier otra clase de paparruchas—, es seguro que hubiera ganado los mismos votos, o quizá más. En realidad la gente vota a Beppe Grillo por sus burlas hirientes al sistema político actual, y todo lo demás no importa.

    Supongo que esta reacción contra la política tradicional se debe al pesimismo generalizado y al odio creciente hacia los partidos y la forma en que está concebida la actual democracia representativa. Cada día sabemos menos cosas, y las pocas que sabemos sólo agravan nuestro desconcierto. Bárcenas llegó a tener treinta millones de euros en una cuenta secreta, la carne de hamburguesa que nos comimos en el último cumpleaños de nuestro hijo podía haber sido de carne de caballo aunque la pagamos como si fuera de buey, y cada día que pasa nos enteramos de alguien que ha perdido su trabajo o que se queja de un nuevo recorte salarial. Y en estas circunstancias, es fácil decantarse por una opción que se limite a burlarse de los políticos tradicionales y nos prometa cosas que son imposibles y que cualquiera con dos dedos de frente debería saber que son imposibles. Beppe Grillo promete conectividad, agua pública y medio ambiente, lo mismo que podría haber prometido Viagra gratis o un carnet gratuito de socio de club de fútbol. Y da igual, porque nadie explica con qué dinero se podrán pagar todas esas promesas, o cuántos impuestos más habría que pagar, o qué servicios públicos habría que cerrar para asumir el coste de todo eso.


    El secreto de la antipolítica es que sólo se funda en el rechazo y el descrédito indiscriminado. En Berlusconi y en Beppe Grillo —y en sus equivalentes antisistema que dentro de poco tendremos en España— no hay una sola propuesta ni una sola iniciativa más o menos realista. Beppe Grillo dice que su única arma es Internet, pero no dice cómo podríamos usarla para mejorar las cosas. A mí se me ocurre, por ejemplo, que Internet podría ser una herramienta muy eficaz para apoyar a las empresas que “no” despidieran a sus trabajadores o que limitaran el sueldo de sus directivos. Es muy fácil: puestos a comprar productos de una empresa o de otra, y sabiendo que tanto en unos como en otros nos vamos a encontrar con carne de caballo, aunque nos los hagan pagar como si fuera de vacuno de primera calidad, al menos podríamos comprar los productos de las empresas que demostrasen haber tenido un trato humano con sus empleados. Eso no es difícil. Basta comprobar los hechos y luego difundir los nombres de las empreesas y crear una larga cadena humana: compremos los productos X, ya que al menos tratan bien a sus trabajadores.

    Eso sería una opción, pero todavía no he visto a nadie que proponga iniciativas de este tipo. Y en medio del ruido y de los insultos, sólo veo prosperar a los demagogos que prometen lo imposible. Por suerte, en al autobús, veo a una madre que besa a su hijo después de recogerlo del cole. Y su hijo se ríe, y la madre lo besa una, dos, tres veces más. Y su hijo se ríe otra vez, y otra más. He aquí el hecho más revolucionario que he visto en muchos años: esta madre que besa a su hijo en el autobús.

     

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