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Eduardo Jordà


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  • 13
    Agosto
    2013

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    Animalitos

    Leo la información sobre los animales abandonados este verano en un centro de recogida de animales de Palma. Hay una mofeta, una boa constrictor y dos grandes camaleones del Trópico (y no los pequeños camaleones del sur de la península ibérica), así como dos hurones y varios monos de Gibraltar. ¿Hurones? ¿Una boa constrictor? ¿Una mofeta? Como decía aquel torero cuyo nombre se ha olvidado, "Hay gente pa tó". Por lo que se ve, alguien se encaprichó de estos animales, y pagó por ellos un dinero que quizá nunca se llegó a gastar en libros o en películas o en discos, y luego se hartó de convivir con ellos, o quizá se dio cuenta de las desagradables consecuencias de convivir con una mofeta o con una boa constrictor (espero que el dueño de la mofeta no fuera el mismo que el de la boa, porque entonces su caso sería irreparable), así que los abandonó en la calle, o los dejó escapar, no sin antes „espero„ haberles deseado buena suerte.

    Como estudio sociológico de nuestro tiempo, sería muy instructivo saber algunas cosas sobre estas personas que pensaban que serían capaces de convivir con una mofeta o con un hurón o con una boa constrictor, tal vez en un piso de cincuenta metros cuadrados y en un bloque de edificios donde el parque o el jardín más cercano se hallan a varios kilómetros de distancia. Y sería interesante saber, por ejemplo, si un padre le regaló encantado la mofeta a su hijo como regalo de cumpleaños o como premio de fin de curso, o si un adulto a primera vista racional vio la boa constrictor en un programa de Frank de la jungla o en un terrario, y enseguida se prometió a sí mismo que tendría su propia boa en su casa porque se merecía aquella clase de premio. Pero nos quedan por averiguar las motivaciones secretas que impulsaron a todas estas personas a hacer esto. ¿Por qué compraron una mofeta? ¿Y qué pretendían cuando se fueron a vivir con una boa? ¿Querían aparentar que era muy ecológicos y muy chic? ¿Querían alardear ante sus amistades? ¿Querían demostrar que eran más originales que los demás? ¿Querían experimentar nuevas sensaciones? ¿Pretendían despertar la envidia de sus vecinos? Me gustaría saberlo.
    El otro día, en la televisión, vi a los Beatles disfrazados de animales, mientras cantaban "I Am the Walrus" en uno de los desquiciados episodios del "Magical Mystery Tour". Y cuando vi a Lennon con una máscara de morsa y a Harrison con una máscara de conejo, pensé que en realidad estaban representando uno de los ritos más antiguos de la humanidad, ya que disfrazarse de animal para participar en los ritos de caza o en las ceremonias mágicas de los chamanes fue una de las primeras prácticas sociales de los "homo sapiens". Sería posible establecer una cierta continuidad cultural entre las máscaras de animales de las cuevas prehistóricas y los ritos modernos que nos impulsan a convivir con un animal „salvaje o no„, ya que eso nos hace más sensibles y más civilizados y nos permite vivir más unidos a la naturaleza. Pero no conviene olvidar que vivimos en una sociedad urbana y masificada donde es muy difícil una convivencia armoniosa con los animales. Los hombres primitivos „igual que las pocas tribus de cazadores que conservaron su modo de vida tradicional hasta mediados del siglo XX„ podían convivir sin problemas con un animal más o menos domesticado. Y nosotros, en cambio, vivimos hacinados en edificios impersonales, sin apenas espacios verdes ni lugares públicos de recreo.

    Hace poco, también en la televisión, vi a una chica desesperada por sus problemas de convivencia con un perro. Por lo visto, la chica se había enamorado de un cachorrito de gran danés, hasta que el perro creció y se convirtió en una tortura para su dueña y los demás miembros de su familia. Por lo visto, a nadie se le había ocurrido pensar que los cachorros de gran danés crecen hasta convertirse en animales que miden bastante más de un metro de alto y otro de largo. Pero ésta es otra de las características de nuestra época: pensamos tan poco en las consecuencias de lo que hacemos, y estamos tan acostumbrados a vivir en una especie de presente interminable que nunca se convierte en futuro, que casi nadie cae en la cuenta de que los hechos tienen consecuencias y los grandes daneses tienen la mala costumbre de crecer, de modo que es muy difícil acogerlos en un piso de menos de cincuenta metros cuadrados. Y no hablemos ya si se trata de una mofeta. O de una boa. O de una pareja de hurones.

     

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