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Eduardo Jordà


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  • 14
    Enero
    2014

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    Amor

    Si estaba tan enamorada, podemos imaginar que la infanta le dijo un día a su marido que a ella le bastaba con vivir en un piso normal en cualquier sitio

    Un abogado de la infanta Cristina ha dicho que está absolutamente convencido de su inocencia porque la infanta está enamorada de su marido. Y luego ha añadido esta frase justificativa: "Cuando una persona está enamorada de otra, confía, ha confiado y seguirá confiando contra viento y marea en esa persona: amor, matrimonio y desconfianza son absolutamente incompatibles". Y sí, todo esto es muy cierto –exceptuando quizá lo del matrimonio, que no tiene por qué ser un requisito indispensable para el amor-, pero entonces me pregunto por qué las cosas no ocurrieron de otro modo muy distinto. Y entonces podemos imaginar a una infanta muy enamorada de su marido que le dijo un día, cuando éste le ofreció una mansión de seis millones de euros en Pedralbes, Barcelona, que no le hacía falta ese casoplón, ni siquiera vivir en Pedralbes, ni tampoco en Barcelona, porque le bastaba vivir en cualquier sitio donde estuviera él, su amor, ya que eso era lo único que contaba para ella: estar juntos.

    Incluso podemos imaginar que la infanta le dijo un día a su marido que a ella le bastaba con vivir en un piso normal en cualquier sitio, como uno cualquiera de sus conciudadanos —porque ella, tan enamorada, tan confiada, no decía nunca “mis súbditos”, sino “mis conciudadanos”—, y que no le preocupaba en lo más mínimo lo que pudieran chismorrear o criticarle sus amigos y sus conocidos (“¿Has visto en qué pisito más cutre viven esos dos?”, “¿has visto la mierda de casa que tienen?”), porque ella era una mujer enamorada y lo único que le importaba era estar a gusto con su marido y con sus hijos. Y si tenían que vivir todos en un piso pequeño, de cien metros cuadrados, no tenían por qué preocuparse porque ya pondrían literas en los dormitorios para los niños y distribuirían el espacio lo mejor posible, ya que ella sólo necesitaba estar al lado de la persona en la que confiaba ahora y había confiado en el pasado y seguiría confiando en el futuro, es decir, su amor, es decir, su marido.

    Y aún podemos imaginar más cosas. Cuando la infanta tenía que pagar las fiestas de cumpleaños de sus hijos, o los sueldos de las asistentas, o el catering de su fiesta de cumpleaños (con exquisita comida japonesa), o los cursos de baile (de salsa y merengue), ella le decía a su marido que no hacía falta gastar casi nada porque lo iba a organizar todo muy sencillito, con coronas de purpurina de Burger King para los niños, y con un catering muy apañadito de una amiga suya que le hacía un precio especial a 20 euros el cubierto. Y no necesitaba tampoco los cursos de salsa ni de merengue (para qué tenía que bailar, si ya estaba enamorada de su marido e ir a la compra con él en Mercadona era lo mismo para ella que bailar un vals), ni mucho menos los de “coaching” —sea eso lo que sea—, porque ella era una mujer enamorada y no necesitaba nada más que ver reír a sus hijos y contemplar a su esposo (que también se pondría la corona de purpurina de Burger King y empujaría el carrito por los laberínticos pasillos de Mercadona), así que nada de “Fantasía de Ostra Gouthier con cilantro y crema de aguacate”, ni nada de “Burbuja de niebla con capricho de caviar Beluga y Sashimi de Atún Bluefin, Salmón salvaje de Alaska, Gambas de Palamós, Toro (ventresca de atún) y Flor de lubina salvaje”, según se lee en los selectos menús de los restaurantes japoneses más afamados de Barcelona. Así que nada de cargar los gastos a la cuenta de Aizoon, para nada: “Con una tarta normalita de la pastelería de la esquina y un menú de quince euros podremos salir adelante, cariño, que somos personas muy enamoradas y lo único que cuenta es nuestro amor, muá, muá”.

    Y por último, no olvidemos que Bonnie Parker también estaba muy enamorada de Clyde Barrow, y lo siguió a todas partes, hasta que la policía les tendió una emboscada a los dos en una carretera comarcal de Louisiana, y allí se acabó para siempre la maravillosa historia de amor de Bonnie and Clyde.

     

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