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Eduardo Jordà


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  • 19
    Febrero
    2013

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    Agitación y glamour

    Ya sé que hay muchos motivos para estar cabreado con la situación actual, pero me pregunto si es lógico lanzar vehementes proclamas incendiarias contra los recortes y la política del PP cuando uno lleva un vestido o un smoking que vale, no sé, diez mil euros, un suponer.

    He estado intentando averiguar cuánto cuesta la gala de los Goya que se celebró el domingo pasado, pero mi solícito Google no ha conseguido encontrar nada. He encontrado, sí, referencias al coste de la gala de otros años, pero las cantidades son tan dispares que me temo que están hinchadas o no son fiables. ¿Cuánto cuesta organizar la gala? Un misterio. Lo que sí he podido encontrar es una lista de los patrocinadores, y lo que me he llamado la atención es que hay muchos organismos públicos entre esos generosos patrocinadores. Google me aclara algunos de ellos: TVE, el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Asuntos Exteriores, las Loterías y Apuestas del Estado y la Comunidad de Madrid. Menos las Loterías del Estado, todos los demás organismos se financian con el dinero de los impuestos que pagamos todos nosotros. Es cierto que la gala también tiene patrocinadores privados, entre otros Volvo, Coca-Cola (light) y Moët-Chandon, y también cuenta con el patrocinio de la Sociedad General de Autores, pero es evidente que esa gala no se financia solamente con dinero del cine ni de empresas privadas, sino que cuenta con una jugosa financiación pública. ¿Cuánto? Me gustaría saberlo.


    Ya sé que hay muchos motivos para estar cabreado con la situación actual, pero me pregunto si es lógico lanzar vehementes proclamas incendiarias contra los recortes y la política del PP cuando uno lleva un vestido o un smoking que vale, no sé, diez mil euros, un suponer. Es probable que el vestido o el smoking sean un préstamo de una casa de modas y que no pertenezcan a los actores que los lucen, pero no deja de ser un poco ridículo tanto glamour y tanto “photo-call” y tanta alfombra roja, si después de posar para los fotógrafos luciendo modelitos, uno va a recoger el premio y se dedica a soltar unos mítines truculentos sobre lo mal que lo está pasando la gente. Ya sabemos que la gente lo está pasando muy mal, pero esos actores están recibiendo un premio en un escenario pagado con dinero público –al menos en un cincuenta por ciento-, y encima están participando en una ceremonia retransmitida por una cadena de televisión pública. Y todo eso debería hacerles reflexionar un poco, ¿no? Los actos públicos –igual que los espacios públicos- son de todo el mundo y al mismo tiempo no son de nadie. Y no está bien que algunos se los apropien para expresar sus opiniones, que por cierto siempre son las mismas y van dirigidas con argumentos muy parecidos contra los mismos de siempre. Unas veces la excusa es el chapapote, otras la guerra de Irak, y ahora son los recortes presupuestarios del gobierno del PP, pero en el fondo nada varía y todo se parece demasiado: caña a la derecha, caña al PP.


    A mí las críticas me parecen muy bien, pero lo que no me gusta es que siempre vayan dirigidas contra los mismos. En Andalucía gobierna el PSOE en coalición con IU, y se están aplicando los mismos recortes, de modo que los hospitales y los colegios las están pasando igual de canutas, pero hasta el momento no se ha oído a un solo actor que píe contra esos recortes, ya que al parecer los recortes son distintos si los protagonizan unos u otros, hasta el punto de que unos –los del PP- son intolerables y monstruosos, pero los otros, los de la izquierda, son ineludibles porque vienen impuestos por las circunstancias –ya se sabe, la dictadura de los mercados o la testarudez sádica de la Merkel, que es una nazi-, así que no conviene decir nada para concentrarse contra los “verdaderos” recortes, que son los de la derecha, y etc, etc, etc. Y todo está tan visto y es tan aburrido y soso que da la misma vergüenza que los chistes que le hacen decir a la pobre Eva Hache.


    Y hay otro tema que también es importante tratar aquí. Muchas de las películas premiadas están subvencionadas con dinero público, a través de TVE o de las televisiones autonómicas, y en muchos casos, esas películas cuentan con una extraordinaria campaña de promoción por parte de esas mismas televisiones. Que yo sepa, ningún otro sector de la cultura –o de la economía- tiene unos privilegios como los del sector cinematográfico, pero a la hora de la verdad todo son quejas y lamentos y críticas, incluso delante de la persona que paga el decorado y la organización de la gala en que se escenifican esos lamentos y esas críticas (por supuesto, el ministro de Cultura). En general, la vida de un actor, por muy dura que sea, es cien veces más atractiva que la vida de una enfermera o de un maestro o de un empleado público. Por eso me pregunto por qué no tendrán todos esos actores la delicadeza de callarse, o en todo caso de dar las gracias a la enfermera y al empleado público que están pagando, con sus impuestos, una buena parte de las películas que se ruedan en España. Porque todo lo demás es palabrería y “photo-call” ideológico, una especie de nueva versión de la antigua “agit-prop” de la propaganda comunista, sólo que ahora reconvertida en la “glam-prop” de esa izquierda exquisita que no parece capaz de pensar por sí misma, y que de tanto repetirse, ya da casi vergüenza.

     

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