Blog 
Las siete esquinas
RSS - Blog de Eduardo Jordà

El autor

Blog Las siete esquinas - Eduardo Jordà

Eduardo Jordà


Archivo

  • 13
    Noviembre
    2012

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Aceite de ricino

    Mañana se ha convocado una nueva huelga general, la segunda o la tercera que hemos vivido en estos últimos años. ¿Tiene sentido una nueva huelga general? Ya sé que hay motivos sobrados para sentir rabia y angustia y desconcierto por la terrible situación económica, pero me pregunto si esa nueva huelga va a conseguir algo. Hasta ahora, lo único que ha tenido éxito para cambiar la legislación sádica y cruel sobre los desahucios bancarios —y ya se que “éxito” no es la palabra adecuada en este contexto— han sido los suicidios de las víctimas, cinco o seis ya, y la movilización ejemplar de la plataforma Stop Desahucios. Pero una huelga general no tiene ninguna clase de impacto informativo y ni siquiera crea un clima favorable de opinión. De hecho, llevamos ya tantas huelgas generales que es imposible distinguir una de otra. Y además, los sindicatos están tan desacreditados ante la opinión pública como la misma clase política. Todos sabemos que su financiación es opaca y que en todas las cajas de ahorro quebradas y saqueadas había representantes sindicales, aunque ninguno pareciera darse cuenta de lo que ocurría allí dentro. Así que esta huelga general, por muchos motivos que haya para convocarla, servirá de muy poco, como no sea para crear más caos y más molestias a los ciudadanos y una imagen aún mayor de país catastrófico ante la opinión pública europea.


    Y aun así —repito— hay muchos motivos para el descontento y la rabia, sobre todo porque el gobierno del PP está haciendo muy mal su política y no sabe generar confianza ni crear un clima favorable de entendimiento colectivo. En vez de dar la cara y de hablar claro —que es lo primero que pide una ciudadanía desmoralizada y asustada—, el PP sigue empeñado en vivir de espaldas a la realidad, creyendo que los ciudadanos son niños o son tontos, o las dos cosas a la vez. Y por eso mismo, nadie nos explica por qué deben tomarse unas medidas tan drásticas de recortes económicos y de limitación de derechos sociales, ni cuál es su necesidad, ni siquiera si esos recortes van a tener un resultado tangible en algún momento. Y peor aún, nadie nos habla de esperanza, ni de esfuerzos comunes, ni de beneficios para el futuro, ni nadie intenta dar ejemplo con su propio conducta, ni mucho menos construir un relato elocuente que nos haga albergar alguna clase de confianza hacia el futuro. De modo que los ciudadanos tenemos la sensación de que se nos está imponiendo una estricta dieta a base de aceite de ricino, ese amargo purgante que durante la guerra civil usaban los franquistas para humillar a los republicanos y sus familiares, y no sabemos por qué se nos impone, ni si servirá de algo, así que nos sentimos dolidos y avergonzados y furiosos.

    El problema es que el papel de la izquierda —toda la izquierda, desde la socialdemócrata a la populista o antisistema— tampoco es muy honroso en esta historia. Porque la izquierda parece estar convencida de que esos recortes se nos imponen por puro sadismo, como si el gobierno del PP estuviera en manos de un grupo de doctores enloquecidos que se divirtieran martirizando a un pobre enfermo indefenso. Y es que la izquierda no parece entender que alguna clase de recortes son imprescindibles para seguir sosteniendo en el futuro nuestro admirable Estado del Bienestar. Porque la izquierda tiene un serio problema para entender el funcionamiento de la economía productiva, ya que no parece ser consciente de la existencia de los fenómenos contemporáneos que han cambiado por completo el panorama económico: la deslocalización industrial, por ejemplo, y el shock demográfico, y la necesidad acuciante de financiación internacional, por no hablar de los mecanismos perversos de nuestra pertenencia al euro.


    Y lo mismo puede decirse de esa especie de utopía agraria que defiende el alcalde Sánchez Gordillo en Marinaleda, porque cualquiera que haya estado allí (y yo he estado) se dará cuenta de que esa supuesta utopía autárquica sólo es posible gracias a los generosos fondos europeos que permiten mantener ese simulacro de sociedad perfecta, en la que todo el mundo gana lo mismo y en la que no hay lujos ni desigualdades. Todo es muy bonito, sí, pero sin los fondos europeos —y sin un férreo control de la vida privada de los habitantes por parte de su alcalde— no sería posible ni la supuesta utopía ni la supuesta igualdad.


    O sea que tenemos una derecha que no sabe gobernar, pero también una izquierda que no sabe ejercer la oposición. Y en ésas estamos.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook