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Las siete esquinas
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Blog Las siete esquinas - Eduardo Jordà

Eduardo Jordà


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  • 12
    Marzo
    2013

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    130 por hora

    Una noche de verano, en una autopista del sur de Francia, mi coche tuvo un pinchazo. Paré el coche en un arcén y me bajé a buscar el gato. Era tarde, a eso de las doce o las doce y media, y no llevaba linterna en el coche, así que me costó bastante trabajo encontrar el gato. Pero lo peor llegó cuando intenté colocarlo en su sitio para cambiar la rueda, porque el arcén estaba en un desnivel muy pronunciado y no había manera de levantar el coche sin correr el riesgo de que el gato se soltara y el coche se me cayera encima. Como no podía hacer nada más, fui caminando hasta un teléfono de socorro que vi a unos cincuenta metros, con la vaga esperanza de que hubiera alguien al otro lado de la línea. Por suerte lo había. Una voz muy amable me contestó preguntando qué me pasaba. Le conté el problema, y la voz me dijo que no me preocupase: en poco tiempo irían a ayudarme. Di las señas del lugar en el que estaba (fue fácil: había un panel de aproximación a salida justo encima de mí) y la voz me aconsejó que volviera al coche, ya que en pocos minutos llegaría una grúa.
    Volví caminando por el arcén, muy pegado al guardarraíl para evitarme sustos. Era una hermosa noche de verano. Se      veían las luces de una casa en una colina, y todo el campo que quedaba al margen de la autopista estaba en silencio. Sólo se oían los grillos que cantaban entre las matas, y me tranquilizó oírlos allí, como si quisieran decirme que yo no estaba tan solo como creía. Pero entonces fue cuando noté una sacudida —tan fuerte como una onda expansiva— que llegaba de repente y que me zarandeaba por completo. Tuve que agarrarme al quitamiedos hasta que conseguí mantener el equilibrio. Y luego, al cabo de muy poco tiempo, se repitió la misma sacudida: era otro coche que pasaba por la autopista, por el carril rápido, a pocos metros de donde yo estaba. Luego pasaron tres o cuatro coches más, todos muy deprisa. No sé de dónde salieron, porque hasta entonces aquel tramo de autopista había estado muy tranquilo. No pude ver la cara de ningún conductor, pero se me ocurrió que quizá volvían de una boda o de una fiesta, o tal vez iban a continuar la fiesta en otro sitio, porque todos los coches parecían ir juntos, casi pegados unos a otros en aquel tramo de autopista casi vacío, como si hiciesen carreras o jugasen a hacer carreras.
    Hasta aquella noche en el arcén nunca me había dado cuenta de la velocidad a la que puede ir un coche en una autopista. En Francia, la velocidad máxima autorizada es de 130 kms por hora, pero aquellos coches iban más deprisa, a 150 o más, ya que no había más coches y era muy tarde y no creo que los conductores temieran ser captados por una cámara o por un control de velocidad. El caso es que allí, por primera vez, después de años y años conduciendo, fui consciente de la fuerza diabólica que tiene un coche que corre a toda velocidad por una autopista. Cuando uno va conduciendo y le adelanta otro coche que va mucho más deprisa, uno nota una especie de ráfaga violenta, y luego una vibración molesta que le obliga a agarrar fuerte el volante, pero no siente la misma deflagración —porque es una deflagración— que nota un peatón desde el arcén cuando pasa muy deprisa un coche. Hay algo maligno en esa velocidad que parece incontrolable, como si fuera una fuerza maléfica que tuviera vida propia, pero también hay algo inhumano que te hace sentir vulnerable, y peor aún, estúpido, porque te has metido en un sitio en el que nadie te ha dado permiso para estar y en el que sobras y eres un estorbo. Una autopista es un espacio para coches, y no para seres humanos, así que tú —ese ser asustado que camina casi de puntillas por el arcén— te has equivocado por completo de lugar. Y por mucho que canten los grillos, y por mucho que veas unas luces lejanas en una granja que se levanta en una colina, tienes la incómoda sensación de que estás siendo castigado y humillado por algo que has hecho mal. Y peor aún, ese castigo es merecido y es justo. Así que no tienes más remedio que agachar la cabeza y correr hacia tu coche y encerrarte y esperar resignado a que alguien llegue a echarte una mano.

     Ahora recuerdo aquella noche en la autopista porque leo que la Dirección General de Tráfico quiere aumentar la velocidad máxima autorizada desde los 120 a los 130 kms por hora. Si hay algo que nadie puede discutir, porque hay datos incuestionables que lo prueban, es que la política de limitación de la velocidad del anterior Director General de Tráfico
    —Pere Navarro, que no tenía nada que ver con el actual líder del PSC— fue un éxito absoluto. El pasado fin de semana sólo hubo un muerto en las carreteras españolas. Uno solo, repito, cuando lo normal para un fin de semana, hace diez años, eran quince o veinte muertos, o quizá más. De hecho, en 2003 hubo 4.023 muertos en accidentes de carretera, mientras que el año pasado sólo fueron 1.304. Todavía son muchos, sin duda, pero nadie puede negar que la política de prevención de accidentes es una de las pocas cosas que se están haciendo bien. ¿Hay alguna razón para cambiar unas normas que funcionan? Lo dudo mucho.

     

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