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Las Estaciones y Los Días
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Israel Olivera

Periodista. Del norte al sur.

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De lo cultural, de lo político y de lo social


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  • 30
    Abril
    2012

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    Os crecerá la nariz

    De niños, aquella abuela malvada agitaba en el aire su mano o zapatilla y bufaba: ¡Os crecerá la nariz como a Pinocho si mentís! De niños.

    De adultos, mentir es un atentado moral, un insulto a la inteligencia, un engaño, una falacia que tiene como objeto, siempre, conseguir un fin. Una declaración ficticia para, de manera torticera, crear un clima favorable hacia el propio sujeto o hacia una tercera persona.

    El fin de la mentira puede ser obtener una imagen diferente, buscar adhesiones, generar cómplices.

    Si atendemos a las doctrinas de moral religiosa y escuchando los preceptos de San Agustín  o Tomas de Aquino, que hacían diferencias entre ocho tipos de mentiras el primero y tres tipos de mentiras el segundo, el mentiroso puede ganarse la condenación eterna.

    Tomás de Aquino hablaba de la mentira útil, de esa que persigue manipular un opinión, que ayuda a conseguir un codiciado objeto de deseo.

    Mentir.

    Para remozar un tanto la conciencia del mentiroso existe ese concepto diabólico que se da en llamar “mentira piadosa”, aquella que se dice para evitar un mal mayor, y al que los practicantes del embuste  se agarran como a un clavo ardiendo. Mentira, al fin y al cabo. Mentira útil por otra parte.

    Con el tiempo se cree el mentiroso tanto sus propias patrañas que confunde realidad y ficción en un ejercicio de pragmático cinismo.

    Cuando la mentira es descubierta, el mentiroso tiene dos opciones, disfrazarla de mal menor y revestirse de insólita dignidad, o admitir la falacia y marcharse.

    Existe una tercera. No hacer nada. Dejar que el tiempo pase y permitir que la semilla de la duda se enquiste en la sociedad hasta que esta misma crea que aquella falacia siempre fue verdad. La Verdad.

     

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