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Daniel Capó


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  • 04
    Julio
    2012

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    Una Europa nueva

    El efecto colateral más obvio del triunfo hispano-italiano se resume en la necesidad de un Continente más sujeto a las exigencias de Alemania. La aparente paradoja estriba en que Merkel sólo aceptó ceder a cambio de un control estricto y directo de todo el sistema financiero europeo por parte del BCE

    A Mariano Rajoy hay que reconocerle dos virtudes notables: la primera es su condición de corredor de fondo; la segunda, un hábil instinto que le induce a enmendar sus fallos, lo cual es un signo de inteligencia. También sospecho que, como buen opositor, confía más en los resultados del examen final que en la evaluación continua. A lo largo de estos últimos seis meses, se han sucedido las meteduras de pata: Montoro y de Guindos a la gresca, con Álvaro Nadal ejerciendo de asesor áulico del Presidente; las torpezas diplomáticas de García-Margallo; la errática política de comunicación y el grave error de retrasar la presentación de los Presupuestos Generales hasta después de las elecciones andaluzas. Ese imprevisto apaño, que rompía con la mayor parte de las promesas electorales –subida indiscriminada del IRPF o del IBI, por ejemplo–, sin añadir mucho a la credibilidad de la nación, junto al inhábil manejo de la situación de la banca –un agujero negro que sólo ahora empieza a mostrar la materia oscura de que se componen sus balances–, terminó por socavar nuestro dudoso prestigio internacional. Del tándem González/Aznar al Zapatero/Rajoy, la deriva es de sobras conocida: Merkel no compra España y aún menos la opinión pública de su país. En honor a la verdad, habría que añadir que tampoco Merkel responde al prototipo Kohl.

    Sin embargo, Rajoy no es una figura dogmática, sino un cortesano con notables rasgos de sentido político y cierta capacidad camaleónica. Entre el “rescatillo” de hace unas semanas y el triunfo logrado en Luxemburgo, media una hábil gestión de los equilibrios de poder –¿qué papel habrán jugado Lagarde y Obama?–, con un frente latino que se atreve a controlar el balón en el centro del campo de la Unión. Se trata de una victoria a los puntos que otorga fuel al Mediterráneo, aunque no resuelve ninguno de los retos esenciales de futuro. De fondo, una doble consideración a tener en cuenta: la credibilidad institucional de los países como factor clave de la prosperidad de las naciones y el lugar que ocupará la envejecida Europa en el cuadrilátero geoestratégico del siglo XXI. ¿Son España pero, sobre todo, la Unión y su moneda, el euro, lo suficientemente creíbles? ¿Y cuál es la forma política que debe adoptar el Continente para seguir desempeñando una función relevante en el contexto internacional? Ambas cuestiones apuntan en una misma dirección –y Luxemburgo nos ha ofrecido pistas acerca de cuál es el camino–.

    El pasado domingo en las páginas del Sunday Telegraph, el primer ministro británico, David Cameron, proponía convocar un referéndum sobre la permanencia de su país en las instituciones europeas. Presionado por el ala dura de los tories, pero al mismo tiempo consciente de que tras la última cumbre europea, se ha abierto paso con firmeza una profunda reforma institucional que hará de la UE algo distinto, probablemente no del agrado de los euroescépticos. El efecto colateral más obvio del éxito hispano-italiano se resume en la necesidad de un Continente más sujeto a las exigencias de Alemania. La aparente paradoja reside en que Merkel sólo aceptó ceder en lo que concierne a la capitalización directa de la banca a cambio de un control estricto y directo de todo el sistema financiero europeo, vía Frankfurt. En ese largísimo e histórico debate entre una confederación de naciones –el sueño de Francia–, una Europa puramente comercial –el deseo anglosajón–, y una federación política con epicentro en Berlín, Luxemburgo apunta de forma inequívoca hacia el norte. Rajoy y Monti pueden sonreír –y con razón–, pero sin duda Alemania exigirá su tributo más pronto que tarde. Y quizás entonces, nos demos cuenta de que el auténtico perdedor de esta contienda ha sido Francia y su noción de soberanía nacional. No puede ser de otro modo. Nuestro futuro, incluyendo las cargas, es compartido, lo cual supone un perfil militar, diplomático, cultural e institucional común. Llevará generaciones conseguirlo, pero es el único horizonte posible para nuestra sociedad. Como sucede a menudo, interpretar el porvenir con los anteojos del pasado se paga caro. Un error que ya ha cometido Europa muchas veces en su historia.

     

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