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Daniel Capó


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  • 03
    Abril
    2013

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    Un mundo con criterio

    Durante años hemos vivido en una etapa marcada por la ausencia de criterio. El presente, sin embargo, viene definido por un retorno a la austeridad que permanecerá por décadas entre nosotros

    De hacer caso al filósofo inglés Roger Scruton, hemos vivido una época marcada por la ausencia de criterio. Hablo de mi generación —la de los nacidos en la década de los setenta—, pero no sólo de ella. “Al adquirir el hábito de posponer el pago de las deudas —argumenta Scruton, en una cita que copio del reciente ensayo de Valentí Puig Los años irresponsables—, somos un caso más de cómo una ilusión toma el control de los acontecimientos.” Una ilusión o, lo que es lo mismo, el espejismo como forma de concebir la vida. Aprendimos mal el inglés en caros cursillos de verano; viajamos al Lejano Oriente —o al Caribe— sin salir nunca del provincianismo de nuestros prejuicios; empezamos a trabajar pronto —nada más terminar los estudios— y no nos faltó ni un televisor de plasma ni el smartphone último modelo; los fines de semana nos gustaba quedar con los amigos en un hotel rural y acumular en el estómago las estrellas Michelin, que, por lo demás, iban cayendo una tras otra. Entrábamos en un mundo nuevo sin todavía saberlo: el crédito se agotaba, pero aún fluía en nuestras manos. La juventud favorece a los audaces tanto como a los que no lo son, ya que sólo más tarde se descubren las costuras de la biografía. Una época sin criterio: pagar a precio de oro la cata de cualquier vino mediano, conducir un deportivo antes de los treinta, adquirir una vivienda en cada puerto, confiados en la lógica asesina de la megaburbuja. Algunos estudios ya sostienen que los treintañeros son una promoción patrimonialmente perdida, asediada por las deudas, el debilitamiento de las políticas públicas de bienestar social (pensiones, desempleo, sanidad…) y la enorme precariedad laboral. La situación de los más jóvenes es peor sin duda, al carecer incluso —en un 50%— de acceso al mercado de trabajo. Muchos emigran, quién sabe si para regresar algún día o no. El ahorro de las familias se disuelve bajo la presión del coste de vida y el pozo deflacionario. Reconocidos empresarios, como Juan Roig, defienden abiertamente que el futuro de España vendrá definido por la deflación: ser más competitivos vendiendo más barato. Frente al pasado, gastar con criterio equivale a austeridad.

    Esto es algo que empieza a resultar evidente, aunque sea a través de la llamada cultura low-cost. Mientras que, por un lado, persiste un ecosistema de alto lujo que funciona de acuerdo con sus propias reglas, las clases medias han sustituido el espejismo de la irresponsabilidad crediticia por el hábito del ajuste contable. Los outlets —y las principales cadenas de descuento— buscan ofrecer calidad a precio de saldo, el concepto Ikea extiende su dominio, se generaliza la compra de automóviles kilómetro cero y de segunda mano. Excluyendo a los grandes monopolios estatales, así como el duro efecto de la subida de impuestos, el sesgo a la baja de la inflación parece innegable. A la hora de tomar decisiones de gasto, el cliente medio pondera el precio mucho más que antes: compara en Internet el coste de los seguros, de los hoteles, de los accesorios, del alquiler de casas o de su compra… La supervivencia se conjuga con el difícil aprendizaje de los criterios de la austeridad.

    Supongo que, como sociedad, hemos optado por volver a una escala de prioridades. Se priorizan unas cosas por encima de las demás: pagar la hipoteca, por ejemplo; invertir en la educación de los hijos; comer todos los días; ahorrar —si se puede— para una jubilación que resulta incierta. Al igual que sucedió tras el estallido del crack del 29, cabe pensar que la cultura de la austeridad ha llegado para quedarse entre nosotros, al menos, durante unas cuantas generaciones. De una época sin criterio a otra regida por la sencillez. En ocasiones —y sólo en ocasiones—, empobrecernos nos ayuda a ser más inteligentes.

     

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