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Daniel Capó


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  • 27
    Noviembre
    2013

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    Un bazar sueco

    El mercadillo de la Iglesia Sueca es un rito anual que anuncia el adviento, los bollos de azafrán y las celebraciones de Navidad

    En casa, la llegada de las Navidades coincidía con la visita al bazar de la Iglesia Sueca. Era un rito anual que anunciaba el Adviento, los bollos de azafrán y las vacaciones familiares. A finales de los setenta y a principios de los ochenta, las costumbres en Mallorca y en Suecia eran muy distintas. En casa, el belén franciscano se solapaba con la decoración de gnomos, velas rojas, paisajes nevados y la ristra sonriente de figuritas de Papá Noel. La repostería escandinava sustituía a la local. Leíamos los cuentos de Astrid Lindgren, Elsa Beskow y Tove Jansson. Apenas celebrábamos los Reyes Magos, como si se tratara de una fiesta postiza, cuando en realidad no lo es. Pero hablo del humus de la memoria, compuesto de recuerdos y sensaciones. Si estábamos en Suecia, cenábamos pronto a la espera de que Papá Noel, con su saco de regalos, tocara a la puerta. Las noches eran largas y el blanco de los bosques —un sinónimo del frío— contrastaba con la oscuridad invernal. A menudo he pensado en lo distinta qué es la Europa nórdica: el orden frente al bullicio meridional, la circunspección luterana frente a la espontaneidad católica. Al igual que España – o el Reino Unido -, su posición geográfica corresponde a la periferia del continente. Por eso mismo sus rasgos culturales y sociales son muy pronunciados: desde la inveterada neutralidad política a la eficiencia burocrática. El grosor de los lazos familiares resulta también muy diferente. Los estudios de Henrik Berggren señalan que a orillas del Báltico los vínculos fuertes son los de tipo individual y los que mantiene el ciudadano con el Estado; es decir: la creatividad y la libertad personal, junto a la aceptación de las leyes y la confianza en el buen funcionamiento de las instituciones. Lo cual contrasta con el carácter español, que recela —por experiencia histórica— de las continuas arbitrariedades del poder político. No deja de ser llamativo que, frente a las rigideces que se achacan habitualmente a las socialdemocracias, Suecia sea uno de los países que mejor se haya adaptado a los cambios de la nueva economía. De ahí pueden extraerse varias conclusiones, sobre todo la madurez de una sociedad y de su clase dirigente. Y la seriedad con la que ha sabido encarar los retos y problemas de nuestro tiempo.

    Aprender del pasado supone cierta capacidad de juicio crítico. Hace doscientos años, Suecia era un país agrario y relativamente pobre. Durante la II Guerra Mundial, su apoyo encubierto a Alemania desmiente lo edénico de la ideología. Ingmar Bergman, Tomas Tranströmer y Henning Mankell se han referido a un país rígido y provinciano, ensombrecido por sus propias contradicciones. Las dolorosas sinfonías del compositor Allan Pettersson inciden en los rasgos existencialistas de una cultura que dio el salto a la modernidad con una rapidez inusual. La curiosa fe en la singularidad escandinava – que llevó a dar la espalda al euro y a la OTAN - contrasta con el dominio del inglés de sus ciudadanos y con la potencia exportadora de las multinacionales. Los informes PISA desmienten el éxito universal de su propuesta educativa. Sin embargo, con una quinta parte de la población española, el PIB sueco equivale casi a la mitad del nuestro. Incluso ahora, en la época de  la gran fractura de clases, la cohesión social sigue constituyendo una virtud básica de su modelo. Un logro que ha sido y es sustancial.

    El sábado pasado visité de nuevo el bazar navideño de la iglesia sueca. Hacía veinte años que no iba. Me sorprendió la cantidad de gente que acude a ese mercadillo, mucho mayor de lo que recordaba y pude confirmar que la masificación es un proceso universal que afecta por igual a las ciudades y a las playas vírgenes, a las ferias y a los museos. Pensé que debía regresar un día entre semana y sentarme con mi familia frente a los ventanales que dan a la bahía, como hacía de niño. Pensé también en la sociedad sueca de hoy como la consecuencia de un experimento pop, a medio camino entre el respeto a una tradición puesta al día y la confianza en el futuro. Como sucede a menudo con los casos ejemplares, no resultan necesariamente exportables. Pero iluminan nuestro presente. Y las carencias que nos afectan.

     

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