Blog 
Las cuentas de la vida
RSS - Blog de Daniel Capó

El autor

Blog Las cuentas de la vida - Daniel Capó

Daniel Capó


Archivo

  • 20
    Febrero
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Transparencia y ejemplaridad

    Sin transparencia la democracia no funciona, así que el primer paso para restaurar la confianza es el strip-tease de las cuentas públicas. Y el final de las prebendas y privilegios injustificados de la clase política.

    Cuando yo estudiaba en la Facultad de Derecho, hace quince o veinte años, se puso de moda hablar del principio político de la subsidiariedad. Si no recuerdo mal la norma fue consagrada por el Tratado de Maastricht en 1992 y forma parte de lo que podríamos denominar el derecho constitucional de la Unión Europea. En realidad, se basa en un principio muy simple que consiste en acercar el poder al pueblo, priorizando la autoridad más próxima al objeto del problema. Eso supone que lo que pueda ser solucionado por un ayuntamiento no debe asumirlo la comunidad autónoma y que, a su vez, el Estado central tiene que ceder gran parte de sus competencias a los organismos intermedios. En aplicación de este principio se transfirieron, por ejemplo, la sanidad y la educación a las autonomías, optando por desmantelar la espesa burocracia centralizada de los ministerios. La ideología neoliberal mantiene unos criterios similares, aunque sustituye lo público por lo privado, al considerar que la flexibilidad empresarial detecta mejor las necesidades del consumidor y controla el gasto con la debida eficiencia. El mito de la economía neoliberal, no obstante, se desmoronó con el estallido de las subprime en 2008 – sencillamente no es verdad que el mercado se regule solo de forma equilibrada ni que las soluciones empresariales sean siempre las adecuadas -, cuando también entraba en crisis el modelo político de la descentralización. Por supuesto, nada es tan sencillo. Quiero decir que, frente a la idea de la subsidiariedad, cabe conjeturar lo contrario, a saber: que las unidades de poder más pequeñas son también más fácilmente corrompibles. Abundan los ejemplos.

    Siguiendo una inercia pendular, el énfasis se sitúa ahora en la recentralización: un temario educativo común, unas leyes de mercado unificadas, centrales de compra sanitarias a nivel nacional, etc.; lo que supone un regreso del jacobinismo, aunque sólo sea  porque el tejido autonómico se ha gangrenado debido a la mediocridad de la clase dirigente y al aluvión de intereses clientelares. En este sentido, el Consejo de Ministros aprobó el pasado viernes un primer paso en la reforma de la Administración Local, con los objetivos habituales de ahorro, eficiencia, poda burocrática y todo lo demás. Aún es pronto para valorarla - que ni siquiera ha entrado en vigor -, pero llaman la atención algunos de sus presupuestos: el refuerzo de las Diputaciones, por ejemplo, o la demagógica descapitalización salarial de los concejales. Así, me temo que lo único que conseguiremos será incrementar la complejidad inherente a la burocracia y engrosar, todavía más, el número de mediocres entre los cargos electos municipales. En contra de lo que sostiene una crítica oportunista y facilona, en nuestro país los políticos españoles no están bien pagados. Sin embargo, gozan de un buen número de prebendas injustificadas y, lo que resulta más importante, apenas se les controla. Sin vencer estos dos escollos, dando paso a la ejemplaridad y a la transparencia, ninguna reforma dará sus frutos. O sí, pero escasos.

    Hace unos meses leí la brillante conferencia que dictó el catedrático de Economía de la Universidad de Pensilvania, Jesús Fernández-Villaverde, en el club empresarial de ICADE. En ella, entre otras cosas, el ponente comparó dos ayuntamientos de un tamaño muy similar - Majadahonda, en Madrid, y Lower Merion, en EE UU. – y señaló la opacidad en la información sobre las cuentas públicas que aportaba el municipio español frente a la transparencia cristalina de los números que ofrecía la ciudad americana (340 páginas colgadas en la red con información de todos y cada uno de los gastos). “Pueden encontrar – escribe Fernández-Villaverde- hasta lo que se gastaron el año pasado en la conexión a Internet”. En cambio, ¿qué sabe realmente la ciudadanía española  sobre los usos que hacen del dinero público sus dirigentes? Me temo que muy poco, más allá de una sospecha profunda con visos de verosimilitud. Restaurar la confianza pasa ineludiblemente por la transparencia como origen de la ejemplaridad democrática. El resto son apaños. Y bastante inútiles, por cierto.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook