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Daniel Capó


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  • 09
    Octubre
    2013

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    Suiza, Suiza

    Suiza votará en referéndum la concesión de una renta básica vitalicia a sus ciudadanos. ¿Quién le dice que no a una golosa manzana?

    Para los admiradores del modelo parlamentario liberal, los raros ejemplos de países que han confiado en alguna fórmula de democracia directa son dignos de estudio. Así sucede en gran parte de los Estados Unidos, donde es práctica habitual consultar a sus ciudadanos sobre asuntos menores (la legalización de la marihuana, los límites de velocidad en carretera, etc.). En Europa, como es sabido, el uso del referéndum forma parte de la tradición política de los cantones suizos. En ambos casos, la democracia directa no se enfrenta al parlamentarismo     —ni pretende hacerlo— sino que se inserta dentro de la legislación nacional, respetando los tiempos, los usos y las modulaciones que impone la legalidad. Por ello mismo, lo que pretende es complementar la tradición liberal y no sustituirla, de acuerdo con uno de los principios básicos de la democracia, a saber: la primacía de los procedimientos sobre los fines. Se trata de un argumento moderador y antipopulista cuyo lema representa la antítesis del pensamiento maquiavélico, donde se preconiza que el fin justifica el uso de cualquier medio, sea legítimo o no.

    Hace una semana, leí en Reuters la noticia de que en Suiza una iniciativa popular ha logrado convocar una consulta para decidir acerca de la concesión de una renta básica vitalicia de aproximadamente unos 2.500 euros mensuales para todos los suizos mayores de edad. Desde el punto de vista de la equidad social, cualquier renta básica constituye un seguro contra los efectos más sangrantes de la pobreza. Derechos fundamentales como el acceso a una vivienda digna, la alimentación o la enseñanza quedan garantizados con suficiencia. No sólo eso: el fracaso, las malas decisiones, los errores en la vida se ven atemperados por la posibilidad de un nuevo inicio. Cabe pensar que, gracias a esta red de seguridad, muchos emprendedores asumi-rían un mayor riesgo en sus iniciativas. Y otros, sencillamente, se atreverían a cambiar de trabajo, o se plantearían poner en marcha un negocio o disfrutarían de años sabáticos. ¿Hablamos de algo plausible? Quizás sí. ¿Recomendable? No lo sé. ¿Demagógico? Es posible. Junto a las innegables ventajas surgen también los interrogantes.

    Para empezar, habría que preguntarse si las finanzas suizas —o las de cualquier otro país— se pueden permitir una generosidad de tal magnitud con sus ciudadanos. O si es justo que un matrimonio sin hijos reciba una paga de unos sesenta mil euros anuales, mientras que una viuda —o una madre soltera— con tres hijos, apenas recibiría unos treinta mil. ¿La renta básica afectaría a otros derechos consolidados, como el cobro de la pensión o el seguro de desempleo? ¿Se reduciría el gasto en educación y sanidad o se incrementarían los impuestos para así poder financiarlas? ¿Y cuáles serían las consecuencias sobre la economía a largo plazo? Me refiero a las variables macroeconómicas, al déficit y al endeudamiento públicos, a la política fiscal, a la competitividad global del país. ¿No se aumentaría acaso el paro estructural al desincentivarse la búsqueda de empleo? Y los que trabajan, ¿aceptarían cotizar más para sostener a los que no desean hacerlo? ¿Tendría un efecto llamada sobre la inmigración? Y en este caso, ¿los nuevos pobres no serían los sin papeles? En definitiva, cabe preguntarse si un referéndum constituye siempre la fórmula idónea para buscar soluciones a problemas complejos.

    La renta básica no es un supuesto de ciencia-ficción, sino un debate que empieza ya a ser habitual en Europa tanto a derecha como a izquierda del espectro político. Si en lugar de Suiza habláramos de España, ¿aceptarían ustedes un pago mensual de mil euros netos —por sugerir un equivalente en renta per cápita— con la condición de renunciar a los beneficios de la Seguridad Social y de la Educación Pública? Con el cambio, algunos saldrían ganando. Otros, sin duda, no. En contra de lo que pueda parecer, los más beneficiados seguramente serían los ciudadanos de clase media-alta con buenos hábitos de trabajo en mayor medida que las clases populares. Pero, sinceramente, ¿quién le dice que no a una golosa manzana? Perdonen la ironía edénica. Ya saben que cualquier hipótesis admite un anverso y un reverso.

     

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