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Daniel Capó


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  • 14
    Marzo
    2012

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    Sueño y razón

    Anoche soñé que intentaban robarme el coche y que me pinchaban las ruedas. A pesar de ello, iba conduciendo por una ciudad de geometría precisa, luz diáfana y límites difusos. Al despertar, pensé que conocía esa ciudad aunque sólo exista en mi imaginación. O eso creo. Finalmente, regreso siempre a la misma pregunta: ¿existe una genealogía de los sueños, una cartografía onírica que defina un fragmento de lo que somos? Más aún, ¿cabe la contradicción en el recuerdo? ¿Podemos soñar en contra de lo que hemos soñado previamente? No lo sé. El psicólogo y Nobel de Economía, Daniel Kahneman, ha estudiado la relación entre nuestra memoria y el presente en la toma de decisiones. En un ensayo fascinante, Thinking, Fast and Slow, nos invita a suponer un experimento: una operación quirúrgica en la que se nos presentarán dos opciones. La primera admitiría solicitar el anestésico que eliminara los dolores de la cirugía y atenúe el postoperatorio. La segunda nos impelería a sufrir en carne propia –como una tortura medieval– todo el dolor de la operación, a cambio de una medicina que borrará por completo cualquier reminiscencia de ese episodio traumático. Permanecería sólo una cicatriz en la piel como un signo mudo del pasado. La mayoría de nosotros –eso se deduce del experimento– elegiría la segunda opción: el olvido antes que la anestesia. "Por extraño que parezca –sostiene Kahneman–, yo soy mi memoria y lo que experimento en el presente, lo que constituye mi vida concreta aquí y ahora, es un extraño para mí." De ser así, ¿qué papel juegan los sueños en la escritura de esa narrativa que nos conforma? Sabemos que, al dormir, se seleccionan los recuerdos, enfrentados a la alternancia entre la amnesia y lo fijado. Cuando llega el momento de la decisión, no elegimos guiados por el raciocinio sino dependiendo de un automatismo de la memoria. ¿Dónde reside mi libertad, entonces? ¿Somos personas intuitivas o racionales?¿Y por qué evoco con tanta insistencia una ciudad que no existe?
    Sospecho que la gramática del País Vasco la empieza a escribir Batasuna/Amaiur. Me refiero a la legitimidad de la paz que enfrenta la retórica de la víctima y la del verdugo. Se trata de un debate muy antiguo, que adquirió especial intensidad a lo largo del siglo XX. Pensemos en Jean Améry y en Primo Levi. Los dos fueron víctimas del Holocausto y conocieron los campos de exterminio. Los dos escribieron lúcidos análisis sobre el horror. Ambos se suicidaron. Améry negaba la redención del mal, incluso su posibilidad teórica. Levi, en cambio, creía en el imperativo ético del perdón como sostén de la humanidad. Sus posturas fueron irreconciliables. Por eso mismo, uno se pregunta si también son irreconciliables la paz y la justicia. Es una cuestión que, en estos momentos, no ha perdido nada de su vigencia histórica.
    El hecho es que ETA ha dejado matar a la vez que Batasuna/Amaiur puede ganar las próximas elecciones autonómicas vascas. Lo planteo como una hipótesis, aunque no debemos descartar que la derrota policial del terrorismo vasco vaya acompañada de un triunfo de la retórica anticonstitucional. Las sociedades funcionan, a veces, con dinámicas contrarias al sentido común, cuando lo razonable sería eludir el azar de una ruptura. ¿Cuál es la hoja de ruta de ETA? Me temo que no precisamente el encuentro con las víctimas –el reconocimiento, diríamos, del daño causado de un modo injusto–, sino la búsqueda de la legitimidad moral del que afirma que hizo lo que tuvo que hacer porque no le dejaron otra opción –esa burla de los asesinos convertidos en víctimas de una opresión estructural–. La historia se escribe muy a menudo con reglones torcidos, sobre todo si se asienta sobre el olvido. No hablo de una amnesia planificada, sino de algo más insidioso que termine vampirizando el relato de la sociedad civil, su memoria y su presente. Además –cito al historiador Joseba Louzao–, sin ETA la narrativa nacional vasca sería mucho más débil. No se trata de un asunto colateral. El futuro democrático del País Vasco exige un consenso social y político articulado en el perdón. Pero también requiere de la justicia, que se fundamenta en el recuerdo y en la memoria de la inocencia radical de las víctimas.

    El Govern balear firmó este viernes la aplicación del famoso céntimo sanitario. La CNE, por su parte, recomienda al Gobierno central otra subida de siete céntimos en el litro de combustible. Sumando las dos hablaríamos de una docena de céntimos adicionales, más lo que esté por llegar. La finalidad –reconocida o no– es tapar la ineficiencia. En Balears hay que cubrir el déficit desbocado de un servicio de salud de calidad indudable, pero estructuralmente ruinoso. En Madrid, el ministro Soria se enfrenta a otra hidra monstruosa como es el déficit tarifario de las eléctricas, cuyos números rojos ocultan las subvenciones del gobierno a la industria del carbón y a las energías renovables. Impuesto sobre impuesto, las clases medias llevan camino de convertirse en un eufemismo de la inquietud, mientras se eluden los pactos con la sociedad. Al final, la política española resulta siempre demasiado previsible.

     

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