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Daniel Capó


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  • 24
    Abril
    2013

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    Solsticio

    Testimonio del paraíso perdido de la infancia, ‘Solsticio’ refleja la luz singular de un escritor cuya obra no reniega de la memoria ni de la esperanza

    ­Al poco de conocer a José Carlos Llop hablamos de la luz de Anton Bruckner, con los rayos del sol que entraban por la ventana de su despacho iluminando el rostro del escritor. Recuerdo que aquella mañana conversamos acerca del Quinteto en do mayor de Schubert como banda sonora de la Mitteleuropa, del ciclo de canciones Viaje de invierno en la versión de Hans Hotter y de una rara grabación del coro del general Vlasov. Hablamos del dietario como género de la memoria —él me recomendó Los tres cuadernos rojos de Jiménez Lozano— y del acento clásico de la mejor poesía inglesa. Recuerdo que la luz del sol caía sobre el escritorio, proyectándose con una intensidad singular y que fue en ese momento cuando comenté la importancia de los finales en la música de Bruckner, como le había oído argumentar en una ocasión a Sergiu Celibidache: lo que brilla en esas codas que cierran sus sinfonías —venía a decir el director rumano— es una luz que persigue un nuevo comienzo, libre de la esclavitud del caos y de la miseria. Más adelante, en una nota de mi diario, apuntaría que, al llegar a casa, me puse en el reproductor de cedés la sonata op. 109 de Beethoven; lo cual me sorprende, pues ni entonces ni ahora tengo por costumbre escuchar a Beethoven a la vuelta del verano. Por lo menos no aquí, en la isla.

    La crítica ha señalado que Llop es un maestro en el uso del color, como un impresionista que actuase sobre el contorno de las palabras. Yo no estoy exactamente de acuerdo, ya que lo que prima en su obra —más que la mera sensualidad del color— es el resguardo de la esperanza. La luz de la literatura de Llop —una luz que se define desde la memoria y que, por tanto, irradia una moral— se ancla en la esperanza y, a su vez, supone también una visión de la felicidad. “La memoria es una forma de la literatura” sostiene en su última obra, Solsticio (RBA), citando a su madre, al igual que la memoria es uno de los presupuestos de la justicia y el primer testimonio de la verdad. En el libro, Llop se retrotrae al paraíso de su niñez —“se lo debo al hecho de ser insular y al ejército”, escribe—, con el verano de telón de fondo, una batería militar situada frente al mar y el recuerdo de los orígenes, cifrado en la figura de sus padres. Al leer el texto, pensé en un hermoso poema de W. B. Yeats, Before the world was made, en el cual la voz de una mujer busca recuperar, mientras se maquilla, el rostro que fue suyo antes de la creación de la mundo. Rescatar la belleza del inicio es un don que sólo el arte concebido en mayúsculas puede aspirar a representar. Quiero decir que, antes de que las servidumbres de la vida adulta tracen las arrugas de nuestra biografía, la infancia ha sido el territorio de la felicidad, como un Edén preservado por la memoria frente al olvido. Solsticio se articula sobre esta verdad que, a la vez, equivale a una forma de desapego del mundo, pero no de la vida.

    Regreso a Bruckner y a la luz transfigurada de sus codas, sin dejar la literatura de José Carlos Llop. Hay un capítulo, al final del libro, que se titula precisamente Coda, donde aparece una fotografía tomada a principios de los años sesenta en el que se ve al autor junto a las casas de la batería y los montes pelados de la sierra al fondo. “La escritura —leemos en esas páginas— aspira, al menos a la misma luz que esa fotografía posee. La luz del que sabe que estuvo allí y mientras estuvo fue feliz o creyó serlo, que es otra forma de la plenitud. O de su conocimiento”. Pienso que en esa felicidad y en esa plenitud se resume la sabiduría literaria de José Carlos Llop.

     

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