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Daniel Capó


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  • 27
    Noviembre
    2012

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    Sin pasaportes

    En una ocasión preguntaron al historiador George L. Mosse en qué país le habría gustado vivir. Él era un caso prototípico de judío errante: nacido en Berlín, se formó en Cambridge y Harvard y ejerció de profesor universitario en Wisconsin y Jerusalén. La pregunta, sin duda, tenía su intención, ya que se considera a Mosse el gran especialista contemporáneo en la historia de los nacionalismos y sus efectos – a menudo perversos – sobre la sociedad. El anciano profesor contestó, con toda sencillez, que le gustaría residir en cualquier lugar en donde no le pidiesen el pasaporte ni le juzgasen por su credo, su raza, su ideología o, en definitiva, su nacionalidad. George L. Mosse tenía sobradas razones para pensar así. Por un lado, había consagrado buena parte de su vida académica a analizar los conflictos políticos relacionados con el poder aplastante de la mayoría. Por otro, su triple condición de exiliado –de la Alemania nazi–, de judío —en el siglo del Holocausto— y de homosexual otorga un tinte marcadamente biográfico a su obra. En sus memorias, tituladas Haciendo frente a la Historia, Mosse cuenta que, al llegar a Cambridge, su tutor le aconsejó que se centrase en el periodismo y no en la Historia, “ya que es al periodismo a lo que se dedica la gente de tu raza”; y no fue hasta los años setenta – después de los cambios culturales iniciados en la década anterior – cuando se atrevió a reconocer abiertamente su orientación sexual. La libertad – quizás esto nos valga – tiene mucho que ver con esa ausencia de pasaportes de la que hablaba el historiador berlinés; lo cual supone asumir como inviolable la conciencia y el pensamiento del hombre, ya sean las creencias, la fe, los afectos o, simplemente, la identidad.

    En tiempos revueltos, los libros de Mosse nos acompañan como heraldos de la sensatez. En Cataluña, la democracia ha entrado en su modo plebiscitario y la efervescencia ha ido subiendo, mientras se achicaban los espacios de convivencia. ¿Con quién está uno? ¿Dónde se posiciona? ¿A favor de la autodeterminación o en contra? Como es natural, no me preocupan los convencidos de uno u otro bando, sino los moderados, es decir: aquellos que los demagogos consideran tibios. No hablo de cobardía ni de debilidad moral, sino de algo más complejo como es la propia pluralidad interior que nos define. Casi todos creemos llevar una vida consistente, basada en unas ideas estables, fuertes, vigorosas; suponemos que nuestro análisis de la realidad es preciso e inmutable y que, por supuesto, actuamos conforme a él. Pero casi siempre sucede lo contrario: somos contradictorios, maduramos con dificultad y a base de errores, nuestra identidad es múltiple y los limites de la personalidad imprecisos. Uno de los grandes aciertos de la Ilustración consistió en separar la fe religiosa de la vida pública, de modo que aquélla pasó a formar parte del ámbito estrictamente privado de la persona. Nadie debía declarar su fe si no quería, nadie podía ser urgido a ello. La libertad y la tolerancia salieron reforzadas. La democracia liberal se asienta sobre esa ganancia.
    El problema de apuestas como las
    de Mas no sólo es que puedan salir mal —como así ha sucedido en el caso de CIU—, sino que forzosamente tensan la sociedad hasta límites insospechados. El populismo se adhiere a la demagogia, el maniqueísmo moral cobra carta de naturaleza y de nuevo se pone en marcha una dinámica donde unos cuantos creen tener el monopolio de la razón y de la virtud. En ese mundo plebiscitario que llama a las mayorías excepcionales, la exigencia de estar en posesión del pasaporte correcto vuelve a ser crucial: ¿estás conmigo o contra mí? La inteligente respuesta de George L. Mosse nos recuerda que nada es tan unívoco, ni la verdad monocroma.

     

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