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Daniel Capó


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  • 02
    Abril
    2014

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    Sin noticias

    Tras la desaparición del vuelo de Malaysia Airlines, hace ya tres semanas, se han sucedido todo tipo de hipótesis, algunas disparatadas, otras plausibles. Se ha hablado de un secuestro, de terrorismo yihadista, de suicidio, de fallo mecánico, de agujeros negros, multiversos y mecánica cuántica. ¿Por qué ningún radar captó la pista del avión? ¿Cuál es la efectividad de los satélites que orbitan alrededor de la Tierra? ¿Qué oculta –y qué ignora– el gobierno malasio? Una de las teorías que circulan por la red se remite a un accidente militar en una zona de tensión creciente, como es la asiática. ¿Un misil antiaéreo lanzado por error? Vaya uno a saber, aunque cueste creerlo. En todo caso, no sería la primera vez en la historia que un error humano concluyese en tragedia o que un malentendido provocara un conflicto. Se ha dicho repetidas veces que, en más de una ocasión, los Estados Unidos y la URSS estuvieron a punto del enfrentamiento bélico durante la Guerra Fría como consecuencia de un análisis equivocado de los movimientos del adversario. Por suerte, la prudencia acabó por imponerse y el nerviosismo no derivó en un invierno nuclear. En este sentido, la prisa no resulta una buena consejera.

    La semana pasada, una llamada del Aeropuerto de Gran Canaria al Centro de Emergencias 112 advirtiendo de una tragedia aérea dio lugar a quince minutos de vértigo y a un ridículo descomunal que terminaría afectando a las Administraciones Públicas –hasta Ana Pastor, ministra de Fomento, tuvo que salir a dar explicaciones–, a las redes sociales y a los propios medios de comunicación que concedieron veracidad a una noticia que no era tal, entre otras cosas porque ni siquiera había ocurrido. La crónica de los sucesos es digna de un esperpento valleinclanesco: “Afirmativo –informaba el aeropuerto–. Boeing 737. Está flotando. No se ha hundido. Movilicen todos los medios disponibles, por favor”. Y luego: “Soy controlador aéreo de la torre de Gran Canaria, era para decir que el último avión que ha despegado ha confirmado que se trata de un avión grande lo que hay en el agua a la altura de Jinámar”. Se avisó al SAR, a las ambulancias, a los buques de rescate, a los bomberos, a las fuerzas de seguridad, tal vez al ejército. Se habló de un avión de la TUI alemana –¿cómo sabían que era un Boeing 737 y no un Airbus?– mientras las webs y la radio bombardeaban con comunicados. Las fotografías nos muestran aparentemente un avión en posición de despegue, o un trasbordador espacial hundiéndose en el mar, cuando en realidad se trataba de un barco remolcador. Falsa alarma. Engaños ópticos. Lo cual no deja de ser un clásico si tenemos en cuenta la larga historia de avistamientos OVNI y la credibilidad que han merecido desde siempre. Me temo que nuestra credulidad casa con la querencia humana por el misterio.

    Los errores terminan en catástrofe o en risa – una risa que viene a ser una forma de alivio. Después de tres semanas marcadas por la contradicción, en Malasia las noticias se suceden de forma anárquica para desesperación de los familiares de las víctimas. De hecho, sigue sin saberse ni cuándo ni dónde ni cómo desapareció el Boeing 777 y mucho menos por qué. Los presuntos restos del avión encontrados en el Índico Sur han resultado ser basura. Sin embargo, en el falso accidente producido en Canarias los fallos humanos coinciden con la expresión mediática de la impaciencia. Cualquier bulo, cualquier rumor, cualquier pseudonoticia – como fue el caso – adquiere rango viral de inmediato, gracias a la omnipresencia de las tecnologías de la información. A las 15:01, hora canaria, Emergencias lanzó un tuit con el hashtag #GranCanaria. Luego siguió el guirigay que ya conocemos, el cuarto de hora de infarto y el posterior desmentido. Cuando al día siguiente leí la noticia en el periódico, pensé en el dicho chestertoniano de que la realidad supera a la ficción y que ni Valle-Inclán habría imaginado una trama tan rocambolesca. Pero el hecho es que, cuando sucedió, se dio credibilidad al asunto. Se lo dieron los técnicos, las administraciones, los medios de comunicación y la mayoría de los ciudadanos. Quizás, sencillamente, las noticias –o las pseudonoticias– vuelan demasiado rápido.

     

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