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Daniel Capó


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  • 23
    Abril
    2014

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    Sant Jordi

    Que el mercado editorial ha caído en los últimos años por encima de lo previsto no es ningún secreto. El libro aguantó bien la crisis de las puntocom a principios de siglo y se ganó el prestigio de conformar un sector anticíclico.

    Los lectores, por lo general, son clientes fieles y asiduos, que prefieren reducir gastos en otros caprichos antes que privarse del placer de la lectura. A pesar de su precio —caro en comparación con lo habitual en otros países—, comprar un libro continúa siendo relativamente asequible, sobre todo si pensamos en lo que cuesta salir a cenar a un restaurante, coger el avión o alquilar una habitación de hotel. Los libros se comparten, se subrayan, se leen en familia y se releen. Además son el fundamento de la civilización burguesa. Hay estudios que asocian el número de volúmenes en una biblioteca familiar con el éxito académico de los hijos; por otra parte, en la base del afamado modelo finlandés de educación, se encuentra el cultivo de una pedagogía sistemática de la lectura. Si según la hispanista Inger Enkvist “el fracaso escolar se combate leyendo más”, no resulta desencaminado pensar que el vínculo entre la moral social, la prosperidad económica y la lectura sea algo más que casual. Las sociedades lectoras presentan, por lo general, mejores índices de formación, mayores niveles de desarrollo y me atrevería a decir que unas costumbres más civilizadas. La importancia de un buen servicio de bibliotecas públicas y escolares nos recuerda que un país debe aspirar a algo más que a una mera sucesión de equipamientos culturales, tan suntuosos en la fachada como hueros de contenido. Conseguir que le escuela cree lectores —y que los jóvenes, asimismo, sepan argumentar y escribir bien— constituye una labor más urgente que cualquiera de las reformas que pretende llevar adelante la polémica Ley Wert, innecesarias en su mayoría, y algunas, incluso, perjudiciales. Pero me doy cuenta de que, sin querer, me he desviado del tema inicial, que no era otro que la salud del mercado editorial (y de la lectura), hoy que se celebra el Sant Jordi. A ello vamos.


    Recientemente, un informe del Pew Center alertaba de que, en los últimos treinta y cinco años, el número de estadounidenses que no lee un solo libro casi se ha triplicado: desde el ocho por ciento de 1978 al veintitrés por ciento de 2014. Desde otra perspectiva, en la década de los setenta cerca de la mitad de los adultos declaraba haber leído, al menos, un libro por mes, mientras que hoy ese porcentaje se ha reducido a la mitad. Desconozco la evolución de los datos de lectura en España, aunque sin duda serán mejores que en América por el diferente trasfondo cultural de ambos países. España, por ejemplo, fue alfabetizada relativamente tarde, frente a la precocidad que mostraron las naciones luteranas del norte y del centro de Europa. En este caso, la distancia se mide en siglos, lo cual hace suponer que el poso cultural ha de ser distinto. Dicho esto, parece innegable que se lee menos. Aquí y en casi cualquier otro lugar.

    Al principio hablaba del mercado editorial como de un sector anticrisis – por su estabilidad en los malos momentos -, lo cual ha saltado por los aires en estos últimos años. Se vende menos, mucho menos que antes, sin que nadie logre dar con un diagnóstico convincente. El cierre de librerías, los recortes en inversión de las bibliotecas públicas, el paro masivo y las podas salariales, tanto como el peligroso efecto de la piratería electrónica son algunas de las explicaciones que se han dado. La vida contemporánea premia la gratificación inmediata y sin esfuerzo, la conectividad universal y la multiplicidad de estímulos. Las tabletas permiten leer un libro, pero también consultar el correo, descargarse una serie, jugar online y seguir al minuto las redes sociales. El silbidito continuo del WhatsApp nos recuerda que la privacidad exige silenciar el móvil. La tecnología está cambiando nuestros hábitos, al tiempo que desfigura el rostro de la cultura. Por supuesto que la literatura sobrevivirá, pero todavía no somos conscientes de los efectos a medio plazo del relativo eclipse de los libros frente a otras fórmulas de ocio. Cabe pensar que las sociedades con tradición lectora resistirán mejor. Y, de este modo, se traza una nueva frontera.

     

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