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Daniel Capó


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  • 22
    Mayo
    2013

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    Royaume-uni: dix points

    Donde se evoca la pronunciación francesa de los presentadores de Eurovisión, que dibujaban una geografía oculta de Europa, idealizante, incomprensible y pop.

    Recuerdo que de niño me gustaba oír cómo los presentadores del Festival de Eurovisión anunciaban “Royaume-Uni: dix points”, no por los diez puntos que le correspondían al Reino Unido, sino por la fonética francesa, que, en aquel entonces, yo era incapaz de descifrar. Con el tiempo he descubierto no ser el único —hablo de los nacidos en los setenta— a quien le fascinaban los nombres de los países participantes pronunciados de ese modo; aunque nuestros referentes generacionales ya empezaban a apuntar hacia los Estados Unidos, alejándonos del epicentro parisino. Por mucho que lo intento, no logro recordar ninguna canción eurovisiva de aquellos años, ni ningún cantante, ni otra cosa que no sean las votaciones del jurado: Europa cabía en la suma de aquellos votos sobre un escenario kitsch, entre gritos de júbilo y lágrimas de cocodrilo. A veces me he preguntado si sería eso —el kitsch; o sea, el mal gusto hortera— la prefiguración de lo que llegaría décadas después en forma de realities televisivos, debates amañados por un guión, desfachatez y culto al exhibicionismo o al dinero fácil. Pero quizás idealice lo que no debería ser idealizado —el pasado— y olvide que todas las épocas deben pagar su propio diezmo en forma de errores y de dislates. También nosotros, por supuesto.

    Leo en la Wikipedia que el festival de Eurovisión se inició a mediados de la década de los cincuenta cuando, tras los estragos de la II Guerra Mundial, el continente inauguraba una expansión económica sin precedentes. La visión social del Estado hacía furor a izquierda y a derecha del espectro político, mientras Krushev ensayaba el primer aggiornamiento soviético y el existencialismo se convertía en credo oficial. El Papa Juan XXIII convocaba un concilio llamado a modernizar desde el optimismo a la Iglesia; poco después, los Beatles se dedicarían a exportar la cultura pop y una innovadora concepción de la libertad se aprestaba a poner en jaque al paternalismo burgués. La fortaleza de la economía permitió levantar la industria del turismo de masas, con los vuelos charter y la enseñanza acelerada de idiomas. Los sesenta fueron en Europa una década relativamente feliz que daría paso inmediatamente al shock del petróleo en los setenta, la transición española, el despliegue —más adelante— de los Pershing en Alemania y, si me apuran, a la movida de los ochenta. Como muy bien ha señalado Ramón González Férriz en su libro La revolución divertida, somos hijos de aquella época, queramos o no, aunque sólo sea porque la pedagogía familiar viró, la base sociológica de las clases medias se ensanchó y los dogmas cambiaron. Luego vendría el lenguaje políticamente correcto y la aburrida literatura “Barco de Vapor”, pero eso ya no lo tuvimos que padecer en primera persona. Quiero decir que, en nuestra niñez, ni la atisbamos. Intuyo que fuimos los últimos.

    En gran medida, el pasado no perdura más que en sus consecuencias: la fealdad de las ciudades y de los pueblos, por ejemplo, que se ha expandido a velocidad de crucero; la proliferación local de museos de arte contemporáneo como boletus radioactivos; la seguridad aportada por la Alianza Atlántica y la Unión Europea, como un horizonte de paz y de prosperidad; la moneda única con sede en Frankfurt y la nueva pedagogía de la educación... Sobreviven muchos rituales, casi todos deportivos: de la Eurocopa a los Juegos Olímpicos, o el culto a la juventud como icono comercial. Pero nada me sorprende más que la continuidad del Festival de Eurovisión. ¿Qué representa en el imaginario colectivo europeo? ¿Y para los jóvenes de hoy? ¿Será rentable comercialmente? ¿El triunfo de un cantante incide de algún modo en el prestigio nacional? ¿Y a quién le puede interesar? No lo sé. Reconozco que algún año lo he vuelto a ver, casi como un experimento sociológico que resume en pocas horas las claves del gusto actual, si es que sirve para eso. A menudo me quedo dormido en el sofá antes de que llegue la votación de los jurados. Y me fastidia, porque no he vuelto a escuchar lo de “Royaume-Uni: dix points”. Y, aunque me dé algo de vergüenza decirlo, creo que me gustaría oírlo otra vez.

     

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