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Daniel Cap贸


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  • 31
    Julio
    2013

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    Ritos

    Uno de los fundamentos del rito es el reencuentro, como un testimonio de lealtad a lo largo de los a帽os. Sin el don de la amistad, la vida se agosta irremediablemente

    Hace unos a帽os, un grupo de cient铆ficos intent贸 demostrar que el funcionamiento de nuestro cerebro favorece la existencia de todo tipo de rituales. Al titular la noticia, un periodista norteamericano defini贸 la mente humana como una mente lit煤rgica y quiz谩s no le faltara raz贸n. Los ritos crean estructuras de sentido y act煤an como puentes que nos franquean el acceso a la sociedad, present谩ndonos ante el mundo apoyados precisamente por los representantes de esa sociedad que otorga su bendici贸n. Los ritos religan 鈥 tambi茅n en la acepci贸n religiosa del t茅rmino -, dando sustento a instituciones como la familia y canalizando sentimientos como el duelo, el amor, el miedo o la agresividad. A lo largo de la historia, ninguna cultura ha pervivido sin su pu帽ado de rituales, algunos salvajes y primitivos, otros de tipo civilizatorio. Por supuesto, los ceremoniales cambian, se transforman y a veces olvidamos su significado. Pierden, por as铆 decirlo, la sustancia y dejan de apelarnos. En ese caso, pronto desaparecen o la sociedad decide darles un sentido diferente, tratando de recuperar las ra铆ces no adulteradas de su origen. Pero la cultura es una consecuencia del mestizaje m谩s que de la pureza. Y s贸lo el delirio 鈥 o el fanatismo - puede hacernos creer que la verdad hist贸rica es un punto fijo, carente de movimiento y de evoluci贸n. Aqu铆 tambi茅n rigen las leyes de la naturaleza, aunque la civilizaci贸n 鈥 y la cultura 鈥 atempere los rigores extremos, el car谩cter salvaje de la violencia en su estado primario.
    Escribo estas l铆neas en Elche, sentado bajo un palmeral, en el jard铆n del hotel. Los ni帽os y unos cuantos turistas chapotean en la piscina. Hace calor. A lo lejos, como una torpe pincelada gris谩cea, se divisa una capa remota que tal vez sea humo, seguramente del atroz incendio que asola Andratx y la Serra de Mallorca. Hemos venido aqu铆 a celebrar la boda de Pascual y de Weyma, los dos 煤ltimos amigos de la universidad que faltaban por casarse. Unos meses antes, en Madrid, se hab铆an casado los pen煤ltimos, Pablo y Silvia. Recuerdo que entonces pens茅 que uno de los fundamentos del rito es el reencuentro entre amigos como un testimonio de la      lealtad. Con alguno de los invitados hac铆a quince a帽os que no nos ve铆amos. Con otros, los m谩s 铆ntimos, nos encontramos de boda en boda; a veces tambi茅n en alg煤n bautizo o funeral. Cada curso, cuando se acerca el verano, intentamos coincidir un fin de semana en alg煤n hotel rural del norte de la pen铆nsula. Son ritos de nuevo cu帽o, particulares estructuras de sentido en el mundo l铆quido de Zygmunt Bauman.
    Pens茅 en todo esto hace unos meses, cuando se casaron Pablo y Silvia, y volv铆 a hacerlo el s谩bado, durante la ceremonia de Pascual y de Weyma. Quiz谩 sencillamente nos estemos haciendo mayores sin darnos cuenta. En la cena, se habl贸 del pasado (los recuerdos comunes) y del futuro (los ni帽os). Compartimos fotos, an茅cdotas y promesas. Me alegr贸 comprobar que no han cambiado a lo largo de estas dos d茅cadas, que la nobleza del car谩cter se ha preservado en ellos y que el tiempo no nos envilece de forma necesaria.
    Cuando terminamos los estudios, Pascual y yo marchamos a pie hacia Santiago. Recorrimos los casi 800 kil贸metros del Camino Franc茅s en algo menos de treinta d铆as. 脡l sal铆a de una etapa dif铆cil en su vida y a m铆 me esperaba otra, aunque yo entonces no lo sab铆a. Recuerdo que al atardecer se dedicaba a anotar con esmero los hechos del Camino, como teselas de un mosaico que aspira a ser ordenado: sus conversaciones con un escritor de San Francisco, el encuentro con un franc茅s de Bayona, fot贸grafo taurino, el ex drogadicto valenciano que peregrinaba de cementerio en cementerio, la noche que tuvimos que pasar durmiendo en un gallinero de Pe帽alba de Santiago, el cansancio y el polvo. Y la vida adulta que entonces se abr铆a incierta ante nosotros. Ayer les deseamos lo mejor a Pascual, a Weyma y a su peque帽a hija Carmen. Ignoro cu谩ndo nos volveremos a ver, pero s茅 que, sin el viejo don de la amistad, la vida se agosta y se aja irremediablemente.

     

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