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Daniel Capó


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  • 19
    Marzo
    2014

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    ¿Rebaja fiscal?

    Se augura poca rebaja impositiva en la propuesta del comité de expertos que asesora a Montoro. Ya se sabe, lo que se corta de un sitio se incrementa en otro

    Desde hace tiempo nos dirigimos hacia una sociedad polarizada, en la que una mayoría ganará en torno a los veinte o veinticinco mil euros brutos de salario anual y una pequeña minoría alcanzará los ochenta o cien mil euros anuales. Entre tanto, de forma paulatina, va desapareciendo el núcleo de la clase media liberal, cuyos sueldos en el contexto de la UE son de cuarenta a sesenta mil euros, además de disfrutar de una proyección profesional clara, una casa en propiedad y, cuando se acerca el retiro, un sólido colchón financiero. Por supuesto, el mito de la clase media – que explica, en buena parte, el confort europeo de la segunda mitad del siglo XX – se diluye conforme se asientan los efectos de la robotización y la informática y se agudiza la presión globalizadora sobre las industrias. Se trata de un proceso de reestructuración de las sociedades a nivel mundial que, en España – debido a su peculiar tejido productivo –, se vive con mayor intensidad y que, por tanto, exige ajustes más duros. Con los salarios hibernando durante lustros, la dificultad de acceso al crédito, la falta de ahorro y el escaso consumo interno - que afecta de un modo especial a las empresas que no exportan -, la pregunta por la estabilidad de la clase media se hace evidente. Así como otros dos factores estrechamente relacionados: la calidad del Estado del Bienestar y la carga tributaria.

    Cabe pensar que un sistema fiscal adecuado ha de sostenerse sobre tres pilares: primero, debe garantizar el correcto funcionamiento de las políticas del Estado - de la educación a la sanidad, de las infraestructuras a la seguridad en las calles -. Segundo, el diseño de los impuestos debe facilitar el crecimiento económico, de manera que introduzca elementos de competitividad, de justicia y de eficiencia. Por último, la carga fiscal no puede perjudicar la consolidación patrimonial de la clase media y menos en un contexto evidente de debilitamiento de la misma. Sin la protección social del Estado del Bienestar ni una neutralidad impositiva que favorezca el ahorro y la lenta pero progresiva acumulación de capital, las clases medias (y las que aspiran a serlo) se encuentran indefensas. Lo que sucede en España también tiene que ver con ello: unas Administraciones Públicas costosas y poco eficientes que agravan el impacto de una fiscalidad centrada en la masa salarial y no en las elites ni en los defraudadores. Se mire por donde se mire, no se trata de una combinación positiva.

    La semana pasada conocimos el proyecto de reforma fiscal que el comité de expertos dirigido por Manuel Lagares ha propuesto al Gobierno: ligera reducción de la carga directa – IRPF y Sociedades -, incremento de la imposición indirecta, eliminación de deducciones y así un largo etcétera. El supuesto objetivo del nuevo modelo sería facilitar el desarrollo de la economía nacional y aumentar la capacidad recaudatoria que, como es sabido, se sitúa muy por debajo de la media europea. Con la presión de la deuda y el déficit públicos, el coste para las arcas debía ser nulo, por lo que se corta de aquí se añade ahí, en un bucle interminable. De rebaja impositiva poca cosa, por más que en la Moncloa repitan a diario esa cantinela. La simple idea de querer cargar en renta la vivienda habitual – o el coche propio – constituye un ataque directo en la línea de flotación de los pequeños ahorradores. Por boca de sus portavoces, el Gobierno ya se ha apresurado a señalar que esta medida no se aplicará, aunque me temo que sólo hayan aplazado su entrada en vigor. Si no dentro de esta legislatura, en la próxima. Consecuencia de un Estado que se niega a podar los privilegios de los lobbies y grupos de poder, además de la presión del envejecimiento demográfico y el  escaso crecimiento de la economía. Y no cabe esperar un futuro mejor. La nueva normalidad ha llegado para quedarse mucho tiempo. Y no traerá grandes catástrofes, como auguran los apocalípticos, sino una larga sequía que irá fracturando lentamente el cuerpo social de los países que no sepan adaptarse a las difíciles exigencias de la globalización.

     

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