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Daniel Capó


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  • 13
    Noviembre
    2012

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    Realidad y ficción

    La cita pertenece al escritor inglés Gilbert Keith Chesterton: “La realidad es mucho más compleja que la ficción, entre otras cosas porque la primera proviene de Dios, mientras que la segunda es consecuencia de la inteligencia del hombre.” Por muy sorprendente que parezca, un buen relato jamás agota la capacidad de fabulación de la vida. Si el pasado agosto alguien me hubiera asegurado que, al cabo de un mes, el prudente y conciliador Artur Mas —el hombre al que convocó Zapatero para ‘afeitar’ el Estatut— se iba a transformar en la imagen rediviva de Moisés, no le habría creído. Pero así se mueve la Historia, a saltos, sin que uno sepa muy bien dónde va a caer el próximo aguacero. Algunas veces sucede lo contrario y la ficción desborda la más precaria de las evidencias, como hemos podido comprobar en los saraos de Cabrera. Del Palma Arena al caso Over, los mallorquines nos hemos acostumbrado a los abusos de la clase política, cuyos excesos diríamos que no tienen fin. Situados en el epicentro de las corruptelas, el Cabrera Shore no deja de ser peccata minuta, como lo fue hace un año la comilona en el Tristán o lo sería una hipotética porcellada —o unas matanzas— en las casas del Parc de Llevant, también a costa del contribuyente. Hablo de dinero, por supuesto, no de la ejemplaridad, que aquí es inexistente. Sin embargo lo crucial de este suceso no tuvo lugar entre langostas y Moët Chandon —que también—, sino en la rocambolesca explicación que se le ha dado. Dos consellers —Bosch y Company— convertidos en adalides de la sobriedad, mientras uno y otro se confunden en los papeles estelares de Attenborough y Cousteau: alta divulgación, servicio al pueblo y bajo coste. Lo asombroso es que el ciudadano ya no sabe si resulta preferible creer en la palabra de los consellers o no hacerlo. Es decir, no sé qué les deja peor. La ficción balear ha aprendido a hermanar el esperpento con la realidad cotidiana de nuestras islas.

    Con un PP herido estructuralmente por la corrupción, la exigencia de una actitud ejemplar pasa a primer plano. No hablar de uno mismo ni siquiera para elogiarse constituye un principio básico de higiene frente a los que nos recuerdan a diario que, en su vida anterior —léase, antes de ser nombrados para el cargo—, ganaban más. Otro principio es la austeridad, sobre el que asientan las virtudes del buen gobierno. Austero fue el dictador romano Cincinato quien, tras salvar la República, se despojó del poder y regresó a sus tierras, en un acto de integridad moral. Austero era Benjamin Franklin, como se lee en su fascinante autobiografía: “Para asegurar mi crédito, me preocupé no sólo de ser industrioso y frugal, sino también de evitar cualquier apariencia de lo contrario. Vestía con sencillez y no frecuentaba lugares de ocio…”. Austeros lo fueron los padres fundadores de los Estados Unidos —a George Washington se le llamó el Cincinato de la revolución americana— y los primeros presidentes de Israel, que vivían prácticamente en barracas. Sin duda, una de las reglas más elementales de la inteligencia moral sostiene que la ostentación equivale al mal gusto. Afirmar que la sencillez y la honestidad regeneran supone algo más que rubricar un contrato de buenas prácticas. En un país que se enfrenta a los nuevos rostros de la pobreza, la corrupción institucional y el desempleo masivo, los sucesos de Cabrera se suman al descrédito general de la política balear. La incapacidad de las elites para asumir sus responsabilidades —entre las que se incluye la pérdida de unos privilegios que han sido ya deslegitimados por la ciudadanía— se halla en la base de todos los grandes fracasos de la Historia.

     

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