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Daniel Capó


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  • 10
    Julio
    2013

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    Puro mimetismo

    ¿Cuántas veces no razonamos nuestras ideas sino que las adoptamos para ser y pensar como los demás, por puro mimetismo? Sin embargo, todas las ideas tienen consecuencias

    Un viejo dicho en inglés sostiene que las ideas tienen consecuencias. Resulta lógico que sea así. No significa lo mismo creer que España es “una, grande y libre” o afirmar que nuestro país constituye una nación plural. No es lo mismo defender que la nación configura la identidad de los ciudadanos o que el sustrato de la persona es mucho más complejo y hondo de lo que pueda determinar cualquier ideología. En el plano económico, no es exactamente igual defender la socialdemocracia, el neoliberalismo o el reformismo centrado. Por supuesto, de las ideas emanan valores y recursos morales y éstos, a su vez, dibujan el rostro de una sociedad. Max Weber analizó, a comienzos de siglo XX, el rol de las creencias religiosas en la forja del capitalismo. Deirdre McCloskey ha escrito con profusión sobre la importancia de las virtudes burguesas (la laboriosidad, el honor, la libertad de pensamiento, el ahorro…) en la construcción de la prosperidad. ¿Qué papel desempeñó la Ilustración en el despegue de Occidente? ¿Y como motor de arranque de la época de esplendor de la burguesía? Las sociedades encerradas en sí mismas se empobrecen, mientras que adquieren protagonismo las que se abren al exterior y comercian. Todo ello se deriva de aceptar unas determinadas ideas y no otras. El desarrollo económico que aconteció durante el franquismo fue fruto del boom turístico, pero sobre todo de la puesta en marcha de un plan de estabilización. Entre el comunismo preconizado por Mao y la versión reformista de Den Xiaoping media un abismo que separa la barbarie de la inteligencia adaptativa. Si el populismo resulta estúpido no es sólo por la falsedad de sus principios y axiomas (que también) sino por su incapacidad de prever las consecuencias de sus doctrinas. Y esto nos conduce a otro punto: las ideas equivocadas son tan peligrosas como las manifiestamente falsas. Y peor aún es la ausencia de convicciones.

    En sus apasionantes memorias, John Lukacs narra el caso de un zapatero de Budapest que en 1945 decidió afiliarse al partido nazi, “no por fanatismo ni por un heroísmo de último momento, sino porque ya no podía soportar la presión a la que le sometían muchos de sus familiares y amigos”. A partir de ahí, el historiador húngaro reflexiona sobre la mimesis social, esto es, que a menudo no razonamos nuestras ideas sino que las adoptamos para ser y pensar como los demás, sin entender muy bien en realidad lo que suponen, ni cuáles son sus fundamentos o sus fines. Quizás asumamos un ideario por influencia de la moda, por la euforia de un momento histórico, por miedo, corrección política, interés oportunista, presión social o, sencillamente, por el peso de una tradición familiar. Sin necesidad de ir muy lejos —el caso de España—, cabe citar uno de esos libros fundamentales para entender y entendernos, Democracias destronadas, del republicano José Castillejo: “Una monarquía española cayó en 1868 —escribe en el prólogo—, otra en 1873, una primera república en 1874, una nueva monarquía en 1931, y una segunda república en 1936. Estas transformaciones políticas se han producido con el mismo tipo de hombres, las mismas tradiciones, los mismos métodos y condiciones externas similares. La España republicana era el mismo país monárquico de la víspera, que ya había sido republicano antes”. Después llegaría el franquismo —que duró cuarenta años—, la monarquía parlamentaria, la Constitución del 78, la articulación autonómica y el ingreso en el club europeo. La solidez parecía probada y el sustrato de las ideas mutaba modernizando de forma efectiva el país. Y en gran medida fue así. Pero leyendo entre líneas, se podía comprobar un funcionamiento similar al descrito anteriormente: las ideas se adoptaban por oportunismo, pero carecían de un sustrato real, de unas raíces asumidas y compartidas. De la exégesis optimista de la Transición hemos pasado a la proclamación pública de todos sus vicios; del elogio de la Corona a imponerle el anatema; de la defensa del autonomismo a negarle maniqueamente su legitimidad. ¿Qué ha cambiado en estos treinta años? En el fondo, mucho y nada. Porque, sin duda, las ideas tienen consecuencias: algunas mejores que otras. Y el carecer de ellas también.

     

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