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Daniel Capó


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  • 13
    Febrero
    2013

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    Privilegios

    Esta semana, hemos escuchado al presidente de la patronal, el señor Rosell, arremeter contra los privilegios de los funcionarios, que sin duda serán muchos. No ha aportado datos ni estudios ni informes ni análisis, sino tan sólo descalificaciones gruesas

    A lo largo de su historia España se ha edificado sobre un reparto desigual de privilegios. Pensemos —de entrada— en la estructura autonómica que erigió la Constitución del 78 y en el ordenamiento económico territorial, dividido en comunidades de tipo uno, dos y tres. El primer tipo lo formarían vascos y navarros, con un régimen foral que los exime en gran medida de aportar a la caja común. El segundo lo constituyen las autonomías claramente financiadas por encima de la media y que se enfrentan a las de tipo tres —Madrid, Cataluña y Balears, sobre todo—, las cuales se sienten víctimas de una operación de expolio fiscal. Si descendemos a la microeconómica, el desajuste se agrava. Así nos encontramos con las prerrogativas semigremiales de los colegios profesionales —notarías, registradores de la propiedad, farmacias, etc.— que cercenan la libertad de mercado, encarecen los servicios y entorpecen la movilidad social. La pregunta es obvia: si vivimos en una economía de mercado, ¿por qué limitar la competencia? ¿Qué sentido tiene que un graduado en farmacia no pueda abrir su propia botica? ¿Cómo se explica que las licencias de taxi estén restringidas? ¿O las de los estancos? ¿O las de las Administraciones de Lotería? ¿De dónde surgen estos derechos adquiridos y en qué motivos se sustentan? ¿La eficacia? Lo dudo. ¿La conveniencia de contar con un consumidor cautivo? Depende del beneficiario. ¿Las presiones de los lobbies? Seguramente. La perversión adquiere un estatus definitivo cuando se analizan las dinámicas empresariales de lo que se ha venido en denominar negocios del BOE: las constructoras, inmobiliarias, financieras, las redes tentaculares de las subvenciones, los equipos de fútbol, la tarifa eléctrica y así un largo etcétera. Repitamos la pregunta: ¿a quién beneficia limitar la competencia? Al ciudadano medio, desde luego que no.

    Esta semana, hemos oído al presidente de la patronal, el señor Rosell, arremeter contra los privilegios de los funcionarios. “Sería preferible mandarlos con un subsidio a casa —declaró—. Así al menos no gastarán en luz, papel o teléfono”. No supo precisar a cuántos —¿un millón, dos?—, pero sí que había que hacerlo. No aportó datos ni estudios ni informes ni análisis, sino tan sólo descalificaciones gruesas. La sombra pérfida del funcionariado alcanza hasta la EPA —poco de fiar, dijo— y por esa regla de tres, se deduce que sospechará también de la Sanidad, del Ejército y del rendimiento de los cuerpos de seguridad. Ni una palabra, por supuesto, de los privilegios que benefician a la patronal —quizás niegue que existan—, como tampoco deducimos de sus propuestas si a la CEOE le parece adecuado —o no— que se privaticen los centros de salud, las pensiones o la policía. Ah, eso sí, de la ristra de ayudas a las grandes corporaciones o de las inyecciones de dinero público a los bancos, chitón, mandato de silencio. Deben de ser un mal menor o un paso adelante en la eficiencia económica del país. ¿Suena a demagógico? Sí, pero ese es el tono del debate que ha abierto Mr. Rossell.

    Indudablemente, las reformas exigen equidad. Mientras la mejor España emigra —su juventud, digo—, aquí nos enredamos en una maraña de problemas estériles. Quiero decir que no se trata de provocar sino de modernizar desde un consenso asumible por la mayoría de los ciudadanos y que no sea interpretado como una nueva diatriba de los ricos contra los demás. En realidad, la historia marcha en dirección opuesta a la salvaguarda de cualquier tipo de statu quo. Las nuevas virtudes suponen una apelación a la eficiencia, el cosmopolitismo, la creatividad, la transparencia y la adaptabilidad al entorno. Nada de todo eso casa con el decálogo de los privilegios que algunas minorías pretenden preservar. Y desde luego me parece que los exabruptos sobran. Aquí y en cualquier lugar.

     

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