Blog 
Las cuentas de la vida
RSS - Blog de Daniel Capó

El autor

Blog Las cuentas de la vida - Daniel Capó

Daniel Capó


Archivo

  • 03
    Septiembre
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Oxford, febrero de 1936

    En Oxford, febrero de 1936, Unamuno habló de la necesidad de una nueva barbarie —que es como decir un nuevo comienzo—, pero muy pronto se daría cuenta de su error

    A principios de 1936, el filósofo Isaiah Berlin conoció en Oxford al escritor Miguel de Unamuno. La Guerra Civil española todavía no había estallado —faltaban para ello unos meses—, aunque los síntomas del malestar político eran ya evidentes, no sólo en España sino en toda Europa. A los experimentos totalitarios los unía una exacerbada lectura nacionalista de la realidad, deudora del Romanticismo del XIX y amplificada por el culto mítico a la Historia. Se ha dicho que en la II Guerra Mundial combatieron un ideal de libertad —el democrático— frente a la batería de autoritarismos disponibles en el mercado político. Es posible que así fuese, aunque quizá sólo se trate de una simplificación de escaso recorrido. Lo cierto es que, fuera del ámbito anglosajón, los equilibrios de poder y libertad que supone el parlamentarismo cotizaban a la baja; como, por cierto, sucede de nuevo hoy en día, esta vez acosado por el directorio económico y por los peligrosos utopismos de la democracia directa. Pero regresemos a Oxford, febrero de 1936, cuando se acercaba la Guerra Española, prólogo de la Mundial, si bien nada se sabía entonces. Isaiah Berlin, al que acaban de nombrar con veintisiete años profesor en All Souls College, escribe a su amigo el poeta Stephen Spender, que se encuentra en Portugal, las siguientes palabras: “El señor Miguel de Unamuno ha dado una conferencia aquí y me ha parecido un hombre espléndido, mezcla de Anatole France, del embajador Fleuriau y de Mazzini. Nos ha explicado que estamos demasiado oprimidos por la Historia como para ser capaces de actuar, demasiado debilitados por el peso del conocimiento del pasado como para hacer otra cosa que no sea dudar; que tal vez Rousseau tuviera razón y nuestra sociedad necesite algún tipo de nueva barbarie, etc., para liberarse de las ataduras. Yo pienso que estas teorías sólo son aplicables a los intelectuales españoles de hoy o a los rusos de 1917, cuando todavía creían vivir en 1848: nadie más parece estar agobiado por ese sentido de la infinitud de los pros y de los contras de la memoria histórica […]. El peso alargado de la memoria resulta obviamente un defecto oculto y engañoso, que tiende a envenenarlo todo con el sabor de la posible corrupción”.

    Sin duda, Berlin matizaría con el tiempo la contundencia de estas afirmaciones, porque la memoria es y no es un defecto. O mejor dicho, sólo es peligrosa cuando cede a la tentación del ensimismamiento y se encierra en sí misma —hablo, lógicamente, de la memoria colectiva, social, no personal—, en una especie de maelstrom mítico que desfigura la realidad y anula la correcta capacidad de juicio. Como toda idolatría, la memoria sublimada es un dios falso al que se invoca con una retahíla de sortilegios: un dios que se esquina en los recovecos del alma popular en forma de rencor, de odio, de pesimismo existencial o de exaltación ciega. Desconoce el rostro auténtico del dolor porque no se abre al sufrimiento de los demás y sólo reconoce las heridas propias, el narcisismo del fracaso. Al igual que los cíclopes, contempla el mundo con la furia de un único ojo. O con un miedo idéntico. En Oxford, febrero de 1936, Unamuno habló de la necesidad hipotética de una nueva barbarie —que es como decir un nuevo comienzo—, pero muy pronto se daría cuenta de su error. La vuelta a la barbarie es la falsa seguridad que proporciona el aislamiento y que lleva a olvidarnos de que la herencia de la pluralidad constituye el primer presupuesto de la grandeza de Occidente.

    En el siglo XX Europa dejó de ser centrífuga para convertirse en centrípeta. Dejamos de mirar al exterior para empequeñecernos en la contemplación de la particularidad propia. El pesimismo ilustrado adquirió rango de nobleza, entre las jeremiadas por el largo declive económico y militar. En lugar de rehuir la pomposidad de los ideales abstractos, la recreación de los orígenes consumió el esfuerzo de los intelectuales, mientras se obviaba la naturaleza caída del ser humano. Se constató que no existen espacios neutros, sino que allí donde la civilización retrocede el mal se torna aún más virulento. Cabe preguntarse si hemos aprendido algo o si, por el contrario, la tentación mítica de la Historia nos sigue incitando con su oda a la barbarie y a los nuevos inicios. Son los peligros de la Historia sublimada frente a la que se ha arraigado en la cautela y la experiencia: la que nos enseña, precisamente, a reconocer los caminos adecuados.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook