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Daniel Capó


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  • 12
    Febrero
    2014

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    Oro negro

    Una aparente contradicción es que, sin el maximalismo ecologista, la hostelería mallorquina sería menos competitiva. El turismo de masas también exige aguas cristalinas y paisajes vírgenes

    El ecologismo fue una más de las múltiples contradicciones de Rodríguez Zapatero. Por un lado, en las oficinas de correos se repartían gratuitamente bombillas de bajo consumo; por otro, el gasto en autopistas y trenes de alta velocidad se situaba en máximos históricos. Por un lado, el gobierno apoyaba a golpe de talonario la expansión de las energías renovables; por otro, la red clientelar de subvenciones – que beneficia básicamente a las grandes empresas - se traducía en una de las facturas eléctricas más elevadas de Europa. Por un lado, el buenismo oficial insistía en la necesidad de superar la antigualla de los combustibles fósiles; por otro, las exigencias de la crisis hicieron que el ejecutivo socialista aprobase prospecciones petrolíferas y gasísticas en media España: de las Canarias al archipiélago balear. No es algo por lo que debamos rasgarnos las vestiduras, ya que el choque entre los ideales y la realidad suele ser a menudo cruento y, casi siempre, doloroso. Y, además, el control de reservas de petróleo se ha convertido en una obsesión internacional a medida que se agotan los pozos. China consolida su influencia en África e Hispanoamérica buscando retener las materias primas necesarias para consolidar su crecimiento. Washington autoriza sondeos en Alaska. Canadá potencia la extracción de las arenas bituminosas en su suelo. Del Golfo de México a las costas del Brasil se suceden los descubrimientos de grandes yacimientos petrolíferos gracias al uso de las nuevas tecnologías. Se trata de un crudo más caro y difícil de conseguir, que exige cuantiosas inversiones para su obtención y el precio del barril se fija en torno a los 100 dólares para que sea rentable. ¿Es preferible un petróleo caro a uno inexistente?, se preguntaba hace un año el multimillonario inversor norteamericano Charlie Munger. Sin duda, contestó. Al mismo tiempo que consideraba que a largo plazo resultaba preferible consumir las reservas del mercado internacional antes que apurar las de los Estados Unidos. Sobre todo, previendo que, en el futuro, se tratará de un bien aún más escaso.
    Una nación rica en materias primas no implica necesariamente una nación más próspera, como evidencian los ejemplos árabe e hispanoamericano. Se ha afirmado en alguna ocasión que el abundante petróleo escocés en el Mar del Norte ha erosionado la economía británica al fortalecer artificialmente la libra esterlina. Desconozco si se trata de un argumento solvente o no.  Pero sí sabemos que, gracias al oro negro, Noruega goza de un importante superávit fiscal que le ha permitido – por ejemplo - invertir generosamente en políticas de innovación y desarrollo. En realidad, más que abordar un debate platónico sobre las bondades y peligros de la extracción de combustibles fósiles, quizás fuese más conveniente plantearnos su conveniencia en cada caso concreto. ¿Desaparecería el petróleo del subsuelo español si no se autorizase su aprovechamiento? ¿Y eso de qué modo afectaría a una economía como la nuestra, cuyo eje fundamental continúa siendo el turismo? Hablábamos de paradojas y de contradicciones: una de ellas es que, sin el maximalismo ecologista, la hostelería española sería menos competitiva. El turismo de masas también exige aguas claras y espacios vírgenes.

    No deja de ser curioso que haya sido el ecologismo el que haya salvado a Mallorca de su propia voracidad. Sin los anticuerpos verdes, ni Sa Dragonera ni Cala Mondragó ni las playas vírgenes de Manacor ni Es Trenc se habrían salvado del afán urbanizador. En ese juego de equilibrios del prestigio turístico, el contrapeso a la “balearización” ha sido la presencia de un paisaje intacto, aunque fragmentado y roto, todavía presente a lo largo de la costa y en el interior de la isla. Nada dañaría más esa imagen que una hipotética varicela marina de chapapote o una procesionaria de petroleros en el horizonte. Si lo óptimo es enemigo de lo bueno, la senda de la prosperidad pasa por mejorar la oferta hotelera y de ocio y por recuperar los valores del paisaje mediterráneo, además del patrimonio urbano. Entre otras razones, porque la apuesta por el petróleo no se puede hacer en contra de la estructura productiva e industrial de una sociedad. Se llame ese lugar Baleares, Valencia o Canarias.

     

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