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Daniel Capó


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  • 24
    Octubre
    2012

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    Obama, cuatro años más tarde

    Donde se presenta el fracaso político de Obama y se habla de los Estados Unidos como una sociedad dividida pero pujante, deprimida y enfadada pero aún vital, que necesita puntos de encuentro
    y una perspectiva más amplia. Más o menos, como el resto de Occidente.

    Cuando hace cuatro años ganó las elecciones presidenciales, Barack Obama encarnaba la promesa de un cambio radical. Su lema, repetido una y mil veces gracias a la fuerza viral de las redes sociales, decía Yes, we can: sí, nosotros podemos erigir un país más justo y equilibrado, que apueste por las energías verdes y garantice a los más desfavorecidos una atención sanitaria de calidad. Sí, insistían los demócratas, nosotros anularemos las rebajas fiscales para los multimillonarios y gobernaremos para la gente de la calle en lugar de favorecer a los tiburones de Wall Street. Era un relato hermoso, elaborado en el prime time de una crisis económica sin precedentes desde el estallido de los happy 20’s. Frente al gasto en armamento, invertir en la enseñanza; frente a la expansión militar, el poder suave de la pedagogía y la argumentación moral; ante una sociedad dividida por conflictos de la clase y de raza, una nueva política de los ciudadanos. Y, en realidad, Obama cumplía muchos de los requisitos necesarios para que sus palabras fueran por una vez creíbles. Afroamericano, brillante, con un currículum académico envidiable, había dedicado los primeros años de su vida profesional a la defensa de los más pobres en los barrios marginales de Chicago. Dentro del clásico abanico centrista de la política norteamericana, el voto del senador Obama se había caracterizado por su consistencia moderadamente izquierdista. Pero no se trataba tan sólo del pasado personal del candidato demócrata, sino de la herencia ruinosa y demagógica de George W. Bush, que había malogrado buena parte de la tradición ilustrada de su partido, escorándolo hacia una derecha partisana y, en definitiva, poco acorde con la realidad de los nuevos tiempos. Obama constituía, en este sentido, la esperanza de la intelectualidad frente a la arrogancia ideológica de los halcones neocón y la presión incesante de los lobbies de Washington. Poco importaba que su rival, John McCain, fuera “el mejor de los hombres”, en acertada definición del columnista David Brooks, ya que los dislates de Bush habían desacreditado por completo su candidatura, lastrada, además, por el factor Palin. Obama ganó merecidamente y con él, la esperanza de un nuevo comienzo.

    Cuatro años más tarde, Obama no es sólo más viejo sino que ha perdido el desparpajo y la brillantez de los inicios. Muchos de sus errores de gobierno son achacables a él; otros no. Para la izquierda, sus políticas han sido poco ambiciosas. Para la derecha, Obama se ha comportado como un demagogo populista sin nada que ofrecer más allá de un irresponsable aumento del gasto social. Para los centristas preocupados por la viabilidad fiscal del país, América puede hundirse en el abismo económico si no resuelve de una vez la peligrosa espiral de la deuda. La verdad es que los problemas de los EE UU no distan tanto de los de Europa: competitividad exterior, déficit público, sostenibilidad del Estado del bienestar a medida que la población envejece y una sociedad que, de un modo creciente, se atomiza por cuestiones de clase —sólo que aquí estamos peor—. Visto con la perspectiva que nos da el tiempo, el voluntarioso Yes, we can suena ahora como un eslogan poco realista, casi frívolo. No en vano la trama de la Historia se compone de una sucesión de fracasos.

    Sin duda, vivimos una de las contiendas electorales más apáticas de las últimas décadas en los Estados Unidos. Otro día, tal vez, hablemos de Romney, el obispo mormón convertido en un maestro del travestismo ideológico. A favor del actual presidente juega la segunda legislatura, que propicia la adopción de políticas más ambiciosas ya que, en ningún caso, podría repetir cargo y sólo respondería ante la posteridad. Al igual que España, América es un país profundamente dividido por dinámicas sociales y culturales de todo tipo. Y la gran baza de Obama es que, todavía hoy, representa la transversalidad de la nación mejor que el candidato rival.

     

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