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Daniel Capó


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  • 23
    Enero
    2013

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    Nosotros no robamos

    Si usted y yo, mi querido lector, fuéramos citados por un hipotético tribunal para enjuiciar nuestro grado de responsabilidad en el estallido de la crisis, es probable que se nos considerara culpables de algún delito menor. Seguramente firmamos hipotecas por encima de nuestra capacidad económica, dinero fácil que nos permitió comprar una casa, presumir de estatus, acceder a coches de gama alta y terminar acostumbrándonos a la suavidad del solomillo en lugar de la tirantez del bistec. En mayor o menor medida todos cedimos a la vorágine consumista, incitados por los bancos, la publicidad, el deslumbramiento de la burbuja y el desenfreno —como way of life— de los nuevos ricos. Por supuesto que cometimos otros pecados veniales: tal vez nos podríamos haber formado mejor o haber sido más productivos y cabe pensar que fuimos poco cautos con la clase política, al aplaudir sus exabruptos partidistas y esa pose de señores feudales, con coche oficial y dádivas a modo de opio para el pueblo. De tanto en tanto, aparecía algún juez de la audiencia nacional o un fiscal anticorrupción que aplicaba el tratamiento trasnochado de la sangría —ligera, eso sí— en alguno de los órganos infectados del sistema para facilitar la regeneración. Este sucedáneo de la cirugía nos hizo suponer que las instituciones velaban por el bienestar común, ya que la democracia española era joven y vigorosa, no avejentada ni corrupta como en el resto de países mediterráneos. Felipe González se codeaba con Kohl y Mitterrand; Aznar agasajaba a Bush y a Blair; la modernidad se escribía en Barcelona —los mejores Juegos Olímpicos, el mejor diseño, la mejor escuela de arquitectura...— y el cine español era admirado en Hollywood, con Almodóvar convertido en el           Woody Allen europeo. Imaginábamos vivir en el mejor de los mundos posibles: Roland Garros era tierra española, al igual que el Tour; la Champions, coto del Madrid y del Barça; Ferran Adrià, la envidia de los gourmets más selectos. Para pintor universal nos bastaba con Miquel Barceló y en los dominios de Telefónica no se ponía el sol. ¿Me hablan de déficit público? Rato+Solbes nos garantizaban el superávit. ¿kilómetros de AVE? Que no falten.
     
    Sospecho que nuestro principal error fue aceptarlo todo de forma acrítica, sin distinguir el grano de la paja, la verdad de la mentira. Creímos que una pequeña dosis de corrupción actuaba de lubrificante social, ya que muchos se beneficiaban de ella. Creímos haber descubierto el arcano del crecimiento económico, aunque nadie supiera explicar muy bien en qué consistía, ni siquiera Rodrigo Rato como se desveló años más tarde. El fracaso escolar, la televisión basura, la deslocalización industrial, la precariedad en el empleo, las multinacionales amamantadas por el BOE, la sarta de privilegios de algunos sectores profesionales, el evidente enriquecimiento (ahora sabemos que ilícito) de muchos políticos... todo eso tenía lugar sin que aparentemente nos afectara, como si no quisiéramos ver la realidad o no fuésemos capaces de interpretarla. Si el hipotético tribunal que nos ha citado fuera justo, sentenciaría que, en efecto, nuestra culpa se llamó ignorancia, laxitud, “nuevorriquismo”... Pero también reconocería que sólo fuimos soldados de tropa, víctimas de una intoxicación general mucho más grave y perniciosa. Quiero decir que nosotros no robamos.
     
    Otros, en cambio, lo hicieron de forma sistemática, pervirtiendo el orden institucional y la estructura moral de la nación. Les movía la codicia; estaban embriagados por sus propios delirios de grandeza, faltos de la más mínima decencia. La locura de las elites es una historia tan antigua como la humanidad. También las consecuencias de su arrogancia. Asombra que no hayan pedido perdón y que continúen repitiendo sus embustes, compuestos de altanería y soberbia. Durante la Transición, Suárez tuvo que dinamitar desde dentro el Movimiento para dar paso a la democracia. Fue una voladura controlada, llena de riesgos de involución. Me temo que, si ahora no ocurre algo similar, la casta derivará en el populismo, que es lo mismo pero aún peor. Y la niebla se hará entonces todavía más espesa.

     

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