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Daniel Capó


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  • 06
    Febrero
    2013

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    No sabemos

    A día de hoy sólo sabemos que durante demasiado tiempo han fallado los controles democráticos, como también que la democracia difícilmente se desarrolla allí donde se ha instaurado la mentira. Pero, en realidad, no sabemos mucho más

    Desde los ventanales de casa veo relampaguear sobre el mar. Llueve con fuerza y el viento azota los escasos árboles del jardín. Las farolas de la calle se han apagado y nada se percibe, más allá de los rayos que iluminan intermitentes el horizonte y el ruido de los truenos, lejanos también, junto al crepitar de las ramas y la violencia de las olas que chocan contra los acantilados. A menudo, cuando veo algún mercante o un barco de crucero, me pregunto cómo debe ser la vida en alta mar en días como estos. Y me imagino que algo similar a la zozobra de los marineros es lo que se estará viviendo ahora en la cúspide política y financiera de nuestro país.

    Desconozco cuál es la Línea Maginot que marca el punto de no retorno, pero la quiebra de los puntales de la confianza nos está acercando peligrosamente a ella. Una nación desmoralizada, una economía con seis millones de parados y unas instituciones que se derrumban lastradas por el desprestigio. La relectura del presente está cambiando la narrativa del pasado, con una serie de interrogantes que alcanzan al gobierno de Aznar: ¿cuándo se puso en marcha el asalto al Estado? ¿En qué momento se firmó el pacto entre las elites económicas y el poder político que ha acabado por destruir la confianza social? De Urdangarín a Matas, del caso Gürtel a Bárcenas, las inquietantes noticias sobre la corrupción amenazan con resquebrajar definitivamente la arquitectura de un país devastado por las consecuencias de la megaburbuja, la crisis crediticia y el desánimo colectivo. Sabemos que los controles democráticos han fallado durante demasiado tiempo, como también sabemos que la democracia difícilmente pervive allí donde la mentira se ha institucionalizado. En realidad, desconocemos todo lo demás.
    No sabemos, por ejemplo, quién dice la verdad. No sabemos por qué Rajoy se niega a aceptar preguntas de la prensa. No sabemos por qué hay que creer en su palabra. No sabemos por qué se ha protegido durante tantos años a Bárcenas. No sabemos por qué se indulta a los grandes banqueros. No sabemos por qué se pone en marcha una amnistía fiscal que favorece, básicamente, a los que más han pervertido al sistema. No sabemos por qué se va a aprobar una ley que permitirá a los condenados dirigir entidades bancarias. No sabemos por qué se quiere privatizar la gestión de la sanidad pública, sin antes haber evaluado de forma independiente los costes y las ventajas de esta medida. No sabemos por qué se mantiene el núcleo de privilegios que beneficia a las grandes corporaciones, la clase política y los colegios profesionales. No sabemos por qué la ciudadanía tiene que aceptar sumisamente los sacrificios sin que la plutocracia haga otro tanto. No sabemos por qué se está dejando pudrir de forma acelerada España. No sabemos nada, en definitiva, porque llevamos demasiado tiempo instalados en la mentira.

    La mentira se combate con la verdad o termina infectando la democracia con su hedor populista y chabacano. En Italia, la oligarquía de los Bettino Craxi y Giulio Andreotti dio paso —después de la operación Manos Limpias— a la cultura Mamachicho de Berlusconi. Quizás se trate de nuestro mayor riesgo. Un politólogo como Francis Fukuyama explica en The Origins of Political Order que la renuencia de las elites a deshacerse de sus privilegios         —cuando ya se perciben como socialmente injustos— es la raíz de las crisis sistémicas del poder. Vestir al emperador supone en primer lugar reconocer que nuestras instituciones están desnudas y que no se puede demorar más un pacto reformista que devuelva la credibilidad al país y a sus clases dirigentes. Y sé que Rajoy debería dirigir este proceso, antes de que sea demasiado tarde.

     

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