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Daniel Capó


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  • 30
    Mayo
    2012

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    No hacer mudanza

    "En tiempo de desolación”, aconsejó Ignacio de Loyola, “nunca hacer mudanza”. Ni correr demasiado, añadiría yo, ni despreciar el sentido común. Fin de semana en Madrid, con insultos al heredero de la Corona en la Feria del Libro y en el Vicente Calderón; Aguirre espolvoreando de populismo jacobino su hoja de servicios; y Bankia como un arsenal radiactivo que presagia el hundimiento de la nación. En Mallorca con el inicio de una campaña turística ya ensombrecida por el deterioro de los mercados español y británico, el desánimo y la crispación se extienden: llengües de porc, conatos de agresión al President y asalto al despacho de un conseller. ¿Era éste el cambio prometido? Quizá sí y no se pueda hacer más, aunque la sensación es que se han perdido años por el camino. No se trata sólo de un caso de incultura, sino que la mezcla de altanería y de languidez ha agravado muchos de nuestros males, reduciendo a escombros el prestigio de las instituciones. Pensemos en el Banco de España, ciego ante el deterioro sistémico de las cajas, mientras se impone la ley del silencio sobre el pasado inmediato, las fugas de agua del país y sus más directos responsables. Goiri sobre Rato    —por ejemplo—, con el fondo rojo de los veintitrés mil millones de euros necesarios para recapitalizar Bankia, que en eso consiste la socialización de las pérdidas. Léase de otro modo: el cierre de hospitales hace de contrapunto al salvamento del establishment financiero, y no estoy haciendo demagogia. De nuevo, la clase media —el sistema nervioso central del país— en peligro, ahora con la amenaza de intervención desde las autoridades europeas. El problema, una vez más, es que el gobierno quiere ganar un tiempo que no existe, sujeto al descrédito internacional y a la falta de liquidez. ¿Cuántas sorpresas quedan por destapar? Nadie lo sabe, aunque me temo que pronto habrá que solicitar ayuda a Bruselas en forma de rescate financiero.

    Cuando dentro de unos años se establezca un cálculo de las pérdidas asumidas por la clase media a lo largo de esta década prodigiosa, nos llevaremos la sorpresa de que quizás nos hayamos vuelto un cuarenta o un cincuenta por ciento más pobres. Pero lo peor sería que hubiésemos olvidado el instinto moderador de la cohesión, del respeto democrático. Leo, citadas en un ensayo de Marilynne Robinson, las siguientes palabras de Walt Whitman: “Me asustan las formas salvajes de la política —anotó a finales del XIX—, aquellos que no respetan ninguna ley sino sólo su propia voluntad, cada vez más combativos los unos contra los otros y menos tolerantes con el ideal de una hermandad igualitaria”. No es otro el trasfondo de la democracia, esa mezcla de aceptación de la idiosincrasia individual, de respeto a las leyes y del humus común a toda la sociedad. Limitar cualquiera de estos tres componentes supone un daño terrible, cuyas consecuencias se dejarían sentir más allá de una generación, como empezamos a comprobar a diario. Conozco padres que no pueden comprar a sus hijos unas gafas graduadas. Conozco adolescentes que acuden al instituto con fotocopias porque todavía no han cobrado la beca de los libros. Conozco familias desahuciadas, porque se endeudaron cuando cobraban dos sueldos y ahora no hay ningún ingreso en la casa. Conozco gente que odia a Bauzá hasta el punto de soñar con lanzarle una lengua de cerdo y otra que vocifera contra cualquier atisbo de pluralidad, mientras aplaude la desarticulación del Estado del Bienestar. Este es el mundo que coexiste con el iPad y el acceso digital a la información: una sociedad dividida, atomizada, cuarteada por la sospecha de unos contra otros. Lo contrario de lo que debería ser una democracia.

     

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