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Daniel Capó


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  • 18
    Abril
    2012

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    ¡Nervios!

    De repente, todo el país se ha puesto nervioso. Han transcurrido ya los primeros cien días del gobierno de MR, con más titubeos y dudas de los previstos. La prima de riesgo amenaza con una pronta intervención comunitaria. Europa nos observa como al alumno a quien le catean incluso los presupuestos. Las bancos preocupan –y mucho–, con las líneas de crédito cortadas de modo oficial. A falta de las Falkland, Argentina se cree con derecho a intervenir una de las joyas industriales del IBEX 35. Y entra en escena la Corona, simbolizada en una doble cacería con epílogo en el hospital. La España juancarlista comienza a sentir un creciente desafecto hacia el Rey, con las lógicas consecuencias sobre el entramado institucional. Dada la característica intuición del Monarca, asombra la errada decisión de un viaje a Botsuana. Mientras empieza a apuntar una especie de síndrome de La Zarzuela –trasunto real del síndrome de La Moncloa–, algunos analistas políticos hablan abiertamente de la urgencia de una abdicación controlada en favor de su hijo don Felipe, convertido –por su savoir faire– en el auténtico punto de equilibrio de la institución. La voladura de la monarquía no tendría, desde luego, un efecto neutral, ya que el eje de la bóveda del Estado Constitucional es la Corona. La historia de España nos debería haber enseñado a respetar los factores de estabilidad que actúan como contrafuertes de la tendencia centrífuga del país y sus excesos populistas. Durante el proceso constituyente, la Corona supo desempeñar un papel moderador, ejemplar y transformador, que le valió el aprecio de la inmensa mayoría de la sociedad. Una sucesión de torpezas parece haber puesto fin a este idilio, quizás en el peor momento posible. Llegados a este extremo, la modernización de la monarquía –transparencia, rigor, equidistancia, ejemplaridad– resulta ya ineludible.

    La cervecera catalana Estrella Damm ha elegido Mallorca para rodar su clásico spot veraniego. Publicidad gratuita y de impacto, gracias a la riqueza paisajística de una isla amenazada de nuevo por el desvarío urbanizador de la costa. La respuesta a nuestro futuro pasa forzosamente por la excelencia, que es lo contrario de la masificación a la que nos aboca el ladrillo. En el ranking de la exclusividad turística, el pasaporte insular exige no renunciar a la belleza del paisaje ni a la renovación constante de la oferta. Podríamos hablar de microclimas favorecedores de una puesta al día –en la educación y el medio ambiente, en la cultura, el deporte y el turismo– con efectos que serían recurrentes en el tiempo. La calidad se transmite de modo exponencial, cuando la narrativa en la que se inserta es la adecuada. Las soluciones del pasado, no obstante, nos enquistan en un mal muy español: la sordera ante las novedades del mundo y sus exigencias, sin otro valor añadido que la satisfacción económica del corto plazo. El populismo, me temo, jamás ha sido maestro de nada.

    Poco antes de morir, el historiador británico Tony Judt preparaba una historia cultural del ferrocarril. Si uno piensa que el tiempo necesario para ir de una ciudad a otra en la época de los romanos era básicamente el mismo que en la Europa de principios del siglo XIX, se cae en la cuenta de lo que supuso para Mallorca, hace ahora cien años, la inauguración del tren de Sóller. Fue, de hecho, uno de los primeros pasos que dimos hacia la modernidad económica e industrial, tal vez el más importante hasta la llegada del turismo. El tren es, además, uno de los espacios clásicos de la felicidad. Goethe tomó nota con asombro del silbido de un ferrocarril. Highsmith sitúa en un vagón el escenario de una de sus mejores novelas. Sebald tituló Austerlitz su mejor libro. De estación en estación, son muchos los que han conocido el paisaje de Europa desde las ventanillas de un tren. ¡Larga vida, pues, al tren de Sóller!

     

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