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Daniel Capó


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  • 14
    Agosto
    2013

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    Nada nuevo bajo el sol

    En épocas de tanta incertidumbre como la actual, la receta fácil pasa por conceder todo el crédito al discurso apocalíptico: somos una nación fracasada, a punto del colapso

    El 9 de junio de 1945, George Kennan, diplomático de la embajada americana en Moscú, inició un viaje a Siberia. Sentado en su vagón del Transiberano, anotó que desde la ventana se podía contemplar “un paisaje completamente llano, sin árboles, punteado por ocasionales bolsas de niebla y en el que la cúpula del cielo lucha en vano por acompasar los límites de esa gran llanura”. Al llegar a Vladivostok, fue agasajado con un interminable banquete —salmón, carne, huevos, pan, mantequilla, vodka, cerveza y té—, que contrastaba con la miseria general del país. Visitó la industria local, una granja colectiva y el teatro judío, donde oyó cantar en yiddish. Unos días más tarde, en Novokuznetsk, comprobó cómo el régimen soviético había logrado erigir una ciudad en apenas tres lustros, aun a costa de sacrificar cualquier lógica en su empeño. “Me temo —escribió— que todos estos sueños de grandeza carecen de conexión con la realidad […]. Y también me pregunto si no terminarán sencillamente pudriéndose en el tiempo”. Al año siguiente, ya radicado en Washington, Kennan sería el muñidor intelectual del Plan Marshall, así como de la doctrina de la contención que sirvió para articular una respuesta al desafío planteado por el comunismo. Frente a las cortinas de humo de la propaganda soviética, el diplomático estadounidense estaba convencido de que las contradicciones internas de la URSS terminarían causando su colapso. Los babélicos delirios de grandeza, las estrechas anteojeras de la ideología, el resentimiento y la ignorancia de lo que acontecía en el exterior…; básicamente la falta de realismo. Todo ello debilita a una nación. Por supuesto, nada nuevo bajo el sol.

    Las lecciones se repiten a lo largo de la Historia de forma incesante y aunque halagar el ego enfermizo de las elites pueda salir gratis, las consecuencias que se deducen de la irresponsabilidad no. Obviamente, los caprichos y ocurrencias de los mandamases se pagan con el dinero que sale del contribuyente. Una comunidad autónoma en estado de semiquiebra como la valenciana se permitió el lujo de despilfarrar en aeropuertos innecesarios, programaciones operísticas de primer nivel, trazados de Formula 1 y en la arquitectura showman de Calatrava. En Baleares, el Govern de Jaume Matas perseguía quimeras similares, movilizando recursos que, en su mayoría, terminarán “pudriéndose en el tiempo”, si no lo están haciendo ya. El denominador común no era la prudencia conservadora, que se supone en un partido de centro derecha, sino la cultura del exceso unida a la incompetencia y al afán especulador del dinero fácil —léase aquí corrupción—. Se trata, sin duda, de un mal extendido. También las multinacionales amamantadas por el BOE exigen ser rescatadas de las pérdidas sufridas por sus inversiones en unas autopistas de pago donde apenas se circula. Resulta el equivalente privado de las infraestructuras inútiles: los aeropuertos cerrados, la sucesión clónica de polígonos industriales sin actividad, los museos infrautilizados y el kilometraje disparatado de la red ferroviaria de alta velocidad. Es la España subvencionada que lidera la producción mundial en energía renovable, mientras paga una de las tarifas eléctricas más altas de Europa. ¿Excesos que ahora purgamos? ¿Ineptitud para calibrar en su justa medida el punto de equilibrio entre los objetivos y las capacidades reales? ¿La telaraña de los comisionistas? Piensen lo que quieran.

    En épocas de tanta incertidumbre como la actual, la receta fácil pasa por conceder todo el crédito al discurso apocalíptico: somos una nación fracasada, a punto del colapso autonómico y constitucional, víctimas de nuestros demonios seculares, de las contradicciones internas y de una democracia disfuncional y corrupta. Sin embargo, este análisis peca de la misma ingenuidad que Kennan achacaba a sus adversarios: la falta de realismo. Por supuesto en España —como en cualquier otro lugar— también rigen las controversias ideológicas, los delirios babélicos, el resentimiento, la ignorancia... Pero, al contrario de los Estados fallidos, en nuestro país las instituciones se desenvuelven razonablemente, la industria compite en el exterior y Europa actúa como un horizonte de estabilidad. Los graves problemas que nos aquejan son los característicos de la globalización; distintos en intensidad a los de Francia o Reino Unido, pero, al fin y al cabo, no muy diferentes. Problemas, en definitiva, europeos, que sabremos resolver en el contexto de la Unión.

     

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