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Daniel Capó


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  • 05
    Diciembre
    2012

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    Mentes de silicio

    En la carrera por el futuro, la inteligencia artificial se abre camino mediante neuronas de silicio que intentan emular las sinapsis humanas. ¿Lograrán algún día superar las habilidades del hombre? No creo que deba importarnos. La inteligencia natural desborda cualquier requisitoria.

    Hace años, el psicólogo neozelandés James Flynn constató que el cociente intelectual se incrementa cada década a un ritmo aproximado de un tres por ciento. La pluralidad de causas que explican el llamado “efecto Flynn” apunta en una dirección convergente: la importancia crucial del entorno por encima de la herencia genética. Anotemos algunos factores: la mejora en la alimentación de los niños, el descenso de complicaciones en las enfermedades infecciosas, la extensión de la enseñanza obligatoria y la mayor preparación intelectual que exige el mercado laboral de nuestros días. En realidad, la inteligencia se ha ido adaptando a las necesidades de un marco mental en constante transformación. El propio James Flynn cita en su último libro, Are we getting smarter?, un curioso estudio que compara el tipo de cuestiones de las que se examinaba un colegial de 14 años hace un siglo con las que debería responder ahora. En 1913, por ejemplo, una pregunta habitual eran los nombres de las capitales de los diferentes Estados que conforman los            EE UU. La misma pregunta formulada hoy indagaría los motivos por los que estas capitales —como regla general— no coinciden con las ciudades más representativas de cada Estado. Cabe argumentar que el sistema educativo ha sustituido determinadas habilidades cognitivas por otras de distinto rango. La cultura —en el sentido clásico del término— ha salido perdiendo a costa de una inteligencia más abstracta y fluida.
    “Los imperios del futuro serán imperios de la mente” afirmó enfático Winston Churchill, mientras se deshacían los restos del poder británico. Vivimos en una época marcada por el prestigio de la inteligencia. Los padres adquieren de modo compulsivo cualquier producto que favorezca la estimulación de los niños —ya sea la música de Mozart o los ramplones vídeos de Baby Einstein—, a pesar de su escasa efectividad. Las farmacéuticas desarrollan medicamentos que supuestamente ayudan a centrar la atención o a facilitar la conexión de nuevas redes neuronales. Los colegios ofrecen métodos pedagógicos basados en el estímulo de la lateralidad o en la teoría de las inteligencias múltiples de Howard Gardner. Y en buena medida es normal que sea así, ya que el mundo se ha convertido en un lugar inhóspito y competitivo donde el factor diferenciador viene definido el cociente intelectual de las sociedades y de sus ciudadanos. ¿O no?

    Sospecho que sí, aunque sólo en parte. Y, desde luego, no de un modo tan lineal. Esta semana leía la noticia de que un grupo de investigadores de la Universidad de Waterloo, en Canadá, ha creado un prototipo de robot —al que han bautizado como Spaun— capaz de emular algunos de los logros de la inteligencia humana. Con sus neuronas de silicio, Spaun se dedica a reconocer números o a resolver las matrices progresivas de Raven. El propósito del experimento consiste en indagar sobre los diferentes mecanismos que interactúan en la mente para ensanchar así nuestra capacidad de aprendizaje. Es probable que, dentro de unas décadas, no sólo siga acrecentándose el “efecto Flynn”, sino que también los prototipos de inteligencia artificial lleguen a competir con nosotros en los tests de CI. No debería importarnos mucho porque, ciertamente, este dato resulta una herramienta muy limitada para definir la complejidad humana. El hombre es el animal social por antonomasia: nos hacemos, nos formamos y educamos en contacto con los demás. Una red de relaciones —de la familia al colegio, del trabajo a los amigos— modela nuestro carácter, dotando a la libertad de una estructura ética. La pasión nos empuja al conocimiento; la esperanza nos hace capaces de otear el futuro. Dicho cociente puede calibrar la precisión del intelecto pero no nuestro carácter moral ni nuestra resiliencia ni la naturaleza auténtica del deseo. Y, por supuesto, no creo que ninguna mente de silicio logre replicar ese fondo último de la humanidad.
     

     

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