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Daniel Capó


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  • 10
    Octubre
    2012

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    Meditaciones catalanas

    Cuentan que, hace unos años, Jordi Pujol se lamentaba de la derrota del ideario liberal en la sociedad catalana. Eran los años en que gobernaba el Tripartit en la Generalitat y Barcelona se había convertido en la capital antisistema de Europa. Eran los años en que el PSC arrasaba en las legislativas y se vivía el ensueño del buenismo edénico de Zapatero. Eran los años en que a CIU se la acusaba de haber cobrado comisiones irregulares —“¡Ustedes tienen un problema y este problema se llama 3%!”, le espetó Maragall a Artur Mas en el Parlament—, España superaba a Italia en renta per cápita y la Alianza de Civilizaciones prometía un futuro de paz universal. Pujol coqueteaba, ya en aquel tiempo, con la independencia, a expensas del fallo del Constitucional sobre el nuevo Estatut. En la nebulosa que los nacionalistas llaman Madrid primaba la cuestión vasca, siempre con la ETA al fondo y el fracaso del Plan Ibarretxe en primer plano. Cataluña preocupaba menos, aunque la cuestión del pacto fiscal revoloteaba a menudo, como amenaza, en la floreciente España de la turboburbuja. Dicen que, en petit comité, Pujol peroraba sobre esto y aquello, sin embargo lo que de verdad parecía quitarle el sueño era que la izquierda hubiera ganado la batalla ideológica en Cataluña y que Barcelona, en lugar de encarar los desafíos de la globalización, se dedicara a celebrar el relativismo multicultural. Cuando me lo contaron, también hace años, recuerdo que dije que un nacionalismo que se alimenta sólo de su pasado no puede sobrevivir. Supuse que las palabras del expresidente de la Generalitat iban en esa dirección, ante el riesgo de que el nacionalismo convergente no lograra articular un mensaje ideológico que apelase al futuro. Pensé que las manifestaciones antisistema y las políticas del Tripartit le inquietaban, sobre todo, porque sospechaba que conducirían al fracaso de Cataluña. Eso creía yo entonces, aunque ahora ya no lo tengo tan claro.

    Desde un punto de vista sociológico, el órdago secesionista coincide casi milimétricamente con el hundimiento económico de España. Quiero decir que la narrativa del victimismo histórico —a tres siglos de 1714— sólo se hace transversal cuando las instituciones del país entran en crisis y estalla definitivamente el modelo de la turboburbuja. Antes, por supuesto, se han cometido errores, entre los que destaca la voladura desde Cataluña de lo que Valentí Puig ha denominado los “puentes de la inteligencia”, esos meeting points del diálogo público y razonable gracias a los cuales el futuro de una sociedad no gira alrededor de la demagogia, sino que se pacta desde la prudencia. Como es obvio, dudo mucho de que el futuro de un lugar pase por el arrebato sentimental o por una variante cualquiera del maximalismo plebiscitario, incluso en lo que tiene de aparentemente prometedor. Si hablamos de narrativas, la retórica del todo o nada conduce a la escisión interna de la sociedad, cuando los lazos históricos, geográficos, comerciales y familiares entre Cataluña y el resto de España van en dirección opuesta. La experiencia debería servirnos para saber que, precisamente, ni la ruptura ni el enfrentamiento acaban siendo dinámicas rentables, más bien al contrario.

    Pero vuelvo al Pujol de hace unos años, que se declaraba preocupado por la deriva de Cataluña. ¿No lo está ahora? Cualquier sociedad desarrollada necesita textos que refuercen el compromiso mutuo de sus ciudadanos frente a los resortes del populismo y del maniqueísmo moral. En nuestro caso, es preciso recuperar una idea de la concordia hispánica, que sea ampliamente compartida. Por supuesto, la razón última de la concordia es el consenso, en lo que tiene de generosidad, de encuentro y de lealtad. Es la lógica natural que facilita el progreso histórico. Todo lo demás constituye —me temo— un grave error.

     

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