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Daniel Capó


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  • 13
    Noviembre
    2013

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    Mario Draghi

    El gobernador italiano pasará a la historia como el hombre que salvó el futuro de la UE. Fue un realista, cuando los carroñeros del apocalipsis le exigían la voladura del euro

    La semana pasada el BCE rebajó por sorpresa el precio del dinero, subrayando la debilidad económica de la zona euro y el temor a la deflación. En consonancia con su famoso discurso de julio del año pasado, el gobernador Mario Draghi insistió en tomar las medidas necesarias para facilitar liquidez a los bancos y consolidar el crecimiento. “Europa no es el Japón de los años noventa”, recalcó frente a los cenizos de la estagnación perpetua. En realidad no se repiten los problemas, ni tampoco las soluciones. El país del sol naciente ha llevado a cabo una sucesión de experimentos monetarios durante los últimos veinte años sin obtener resultados notables en el PIB. ¿Se encuentra Europa abocada al mismo fracaso? Quizá, aunque seguramente no por las mismas razones. De acuerdo con Tyler Cowen, tres grandes tendencias marcarán el devenir económico en las próximas décadas: la automatización robótica de los procesos productivos, la globalización y la mejora en los controles de eficiencia laboral. Se incrementará exponencialmente el número de ricos – en Singapur ya se sitúa en torno al diecisiete por ciento de la población, muy por encima del cuatro por ciento de los Estados Unidos -, a la vez que los salarios de las clases medias revierten a la baja. Sobre estas dinámicas – que se superponen al envejecimiento demográfico y a la gigantesca deuda - se abre una cesura histórica que conducirá a profundas mutaciones en los equilibrios de poder. Ganan los emprendedores, los que aportan un alto valor añadido y, finalmente, el ciudadano automotivado. Pierden, en cambio, los trabajos estables y la equidad inherente a las generosas políticas del bienestar. No me cabe duda de que, dentro de medio siglo, incluso una Europa empobrecida a la japonesa será mucho más próspera que la actual, lo cual no quiere decir más justa. Y de hacer caso al historiador Tony Judt, es probable que recordemos la segunda mitad del siglo XX como el auténtico apogeo de la Era Europea.
    Draghi habla de la necesidad de reformas, mientras el populismo se propaga por la UE polarizando el tono del debate público. Representan la imagen del ciudadano cabreado, del votante molesto ante el evidente deterioro de la calidad de vida. En su diagnóstico, nunca falta un culpable externo, ya sea Madrid, el lobby judío, los inmigrantes, el gran capital, la monarquía o lo que sea, que a menudo es la suma de todos. Sin duda, en un contexto de revolución económica, el deterioro generalizado – también el moral, esa palabra proscrita - resulta inevitable. Tendemos a interpretar la realidad desde el pasado inmediato, no desde el dinamismo interno de la Historia. Por otro lado, la inteligencia desconoce muchas de las claves del futuro. Cuando se anda a ciegas, conviene dejarse guiar por los principios, no por la ideología: un back to basics en lugar de prestar oídos al canto de sirenas de la demagogia.

    De hecho, la principal característica de los demagogos no es la falsedad sino las medias verdades. Hacerse eco, por ejemplo, del sufrimiento de los débiles apelando a una crítica destructiva. Se sabe que el odio – o el resentimiento - se expresa con más claridad que la razón constructiva, ya que aquél exige un menor esfuerzo de comprensión. Por tanto, pensar desde el enfrentamiento constituye el caldo de cultivo ideal para las dialécticas del fracaso. A falta de cooperación – o de respeto institucional -, la verborrea populista pronto se asienta en la sociedad, dejando de lado el realismo necesario para enfocar los auténtico retos del presente. Silenciar esos dilemas - el endeudamiento, la robotización, el envejecimiento, la globalización y la eficiencia productiva - supone caer en la narrativa ficticia de la irresponsabilidad. De esto nos habla Mario Draghi.

    Con la perspectiva de unas décadas, el gobernador italiano pasará a la historia de Europa como el hombre que salvó a la Unión en momentos de zozobra. Fue pragmático cuando los carroñeros del Apocalipsis exigían la voladura del euro y condenaban los países periféricos a una ruina secular. En su último comunicado reiteró su preocupación por el paro, urgiendo a los gobiernos que pusieran en marcha las reformas indispensables para afianzar las oportunidades del futuro. Draghi es uno de los hombres más sensatos de Europa. Aunque nadie lo diga.

     

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