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Daniel Capó


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  • 11
    Julio
    2012

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    Los nuevos pobres

    "Por encima de todo, lo que necesitamos son reglas de prudencia en los asuntos ordinarios”, anotó en sus memorias el polifacético pensador norteamericano Benjamín Franklin. Reglas de prudencia, frugalidad, sencillez, cuya ausencia agrava el pronóstico de la maladie espagnole. Merkel lanza a sus dos sabuesos –Finlandia y Holanda– a dinamitar el pacto del pasado 29 de junio; el todopoderoso ministro de finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, declara en una entrevista que el dinero no llegará a los bancos españoles hasta 2013. Rajoy sabe, en cambio, que dispone de poco tiempo y que, después del verano, si no media un milagro, el diluvio va a arreciar. “Es muy difícil que un saco vacío se sostenga de pie”, prosigue Franklin para concluir más adelante con una cita bíblica en forma de proverbio: “El rico domina a los pobres y el deudor es esclavo del acreedor.” En total, tres sentencias que resumen a la perfección el rostro cuarteado de España, un país que ha invertido masivamente en infraestructuras inútiles: de las promociones inmobiliarias a los trenes de alta velocidad, de los auditorios que trufan nuestro territorio a las radiales de pago, obviando cualquier principio de probidad. El ejemplo más actual serían las cajas de ahorro, convertidas en el capricho de salón de la clase política, mientras se auspiciaba una nueva elite económica ajena por completo al porvenir industrial de la nación. Los efectos fueron semejantes al burbujeo de un sifón, aunque mucho más perniciosos. De hecho, no hablamos tanto de austeridad –esa querencia alemana–, como de seriedad en la gestión. Es preciso mejorar las carreteras, modernizar las instituciones, desarrollar las universidades, establecer cauces normalizados de crédito, pero todo ello dentro de los límites del sentido común; eso es: conforme a las posibilidades reales de un país. Nosotros optamos, en cambio, por la indolencia y la insensatez, aliñadas con la arrogancia del nuevo rico. Ahora el tiempo apremia sin que ningún recorte logre calmar la ansiedad de los mercados. En efecto, el deudor es esclavo del acreedor. Y las zarzas del paro y de la nueva pobreza empiezan a proliferar por doquier.

    Hasta hace pocos años se hablaba con profusión de los nuevos ricos y de sus ritos sociales. Algunos de los tópicos todavía permanecen arraigados en el inconsciente colectivo del español medio: el coche de alta cilindrada –a poder ser alemán–, el “denme dos” (give me two!) en las tiendas de Nueva York y el exhibicionismo hortera entendido como estilo de vida. Podríamos pensar también en la condición advenediza del nuevo rico –y, por tanto, no sedimentada– y en el desprecio a la inteligencia como seña de identidad. La misma lógica del desarrollo económico español favorecía los signos menos prometedores de una sociedad moderna, ya sea el boom inmobiliario con su explotación intensiva de una mano de obra barata o la facilidad con la que demasiados jóvenes accedían al mercado de trabajo sin haber concluido la enseñanza obligatoria. Luego se comprobó que el ascensor social respondía al perfil de una montaña rusa, alimentada por el fuel del crédito, y que tenía mucho de ficticio. Una puesta al día del lenguaje sociológico pasaría de recalcar la importancia generacional de los nuevos ricos a constatar la realidad de los nuevos pobres, una capa de clase media, acostumbrada a las comodidades de la vida y que ahora se ve constreñida a sobrevivir en su formato low-cost. Sueldos a la baja, trabajo precario, políticas contrarias a los resortes sociales del bienestar, amenaza constante del desempleo, impuestos al alza. Cualquier definición de la misma incluye su transversalidad generacional, independientemente de la clase social o del nivel de formación de los afectados. Y mucho me temo que esta nueva realidad pervivirá con nosotros bastante más tiempo de lo que podíamos pensar hace apenas cinco años.
     

     

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