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Daniel Capó


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  • 15
    Agosto
    2012

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    Los hijos de Saturno

    Es posible que Mallorca haya llegado a un punto sin retorno, un cruce de caminos que exija forzosamente la masificación turística como llave de futuro. Es casi una cuestión de supervivencia, que pasa por devorarse a sí misma. O a sus hijos, como Saturno

    La isla de La Palma es un lugar de asombrosa belleza, poblada de barrancos y de una naturaleza exuberante. Para alguien que ha nacido en el Mediterráneo y que, por tanto, se ha criado bajo la luz clásica de Grecia y de Roma, los rasgos de la isla canaria parecen extraídos de una estampa romántica: pienso en la penetrante oscuridad de su tierra volcánica, en el verde cobrizo de las plantas, en los bosques frondosos y el barroquismo de la fauna endémica, en los acantilados que se suceden recodo tras recodo, en la blancura inmaculada de la espuma del Atlántico retirándose de la arena negra, bajo el sol del verano. Cada pocos años regreso a este lugar con mi familia y repetimos los mismos rituales: unos pocos restaurantes, algo de senderismo, una excursión al Bosque de los Tilos, natación, lectura… sin móvil ni ordenador, sin Facebook ni Twitter, por así decirlo. Aquí el turismo es básicamente familiar, alejado de la tentación de las aglomeraciones que ha destruido buena parte de la costa española y que todavía hoy amenaza con convertirse en la solución rápida a la actual crisis económica. Me gustaría saber por qué ciertas sociedades caen siempre en la tentación de lo fácil —la riqueza como resultado de la especulación, por ejemplo—, frente al imperativo de lo correcto y no he logrado dar con una respuesta satisfactoria. Supongo que existen virtudes y vicios culturales que se transmiten como una herencia genética siglo tras siglo y cuyas mutaciones —salvo alguna excepción— se difieren en el tiempo. No lo sé. Hay sociedades mejor pertrechadas que otras, más consistentes, con texturas más sólidas. A menudo he pensado en ello estos días: en la apuesta, por ejemplo, de La Palma por el medio ambiente o por un turismo más sostenible frente a los excesos cometidos en otros lugares. ¿Qué queda del paraíso que fue Mallorca? Básicamente, el paisaje rural, la Serra y el trazado histórico de nuestros pueblos y ciudades. Todavía mucho, supongo, si lo comparamos con otras regiones de España, aun más esquilmadas por el desarrollismo frenético. Pero, sobre todo, permanece en el aire, como un reproche insistente, la certeza de que se podría haber hecho mejor y que apenas hemos aprendido del pasado. Tal vez estemos cerca de un punto sin retorno, un cruce de caminos que exigirá forzosamente la masificación turística como llave del futuro. Es casi una cuestión de supervivencia que pasa por devorarse a uno mismo. Quizás sea también ése el futuro de las islas menores —La Palma, Menorca, Formentera—, aunque el tamaño juega ahí a su favor. Mallorca, en cambio, no es ni demasiado grande ni demasiado pequeña…

    De vuelta a casa, leo el periódico que el gobernador del Banco Central Europeo le exige a Rajoy que prosiga con la política de reducción de salarios. Quien tenga oídos para oír que oiga: se avista la eliminación de pagas extras, de trienios y el recorte del sueldo mínimo interprofesional, ya de por sí paupérrimo. No creo que resulte demagógico afirmar que el único horizonte evidente en estos momentos es el empobrecimiento a marchas forzadas. La lógica económica reclama estas medidas desde el dogma de la competitividad. Somos un país caro que produce bienes de escaso valor añadido, una sociedad en transición que se ha desertizado industrialmente y que no encuentra su ubicación en el panorama internacional. ¿Pero esta falta de viabilidad se deriva realmente de nuestros sueldos? ¿O las ineficiencias tienen más bien su origen en la secular estructura de privilegios profesionales y de falta de competencia real?  Poco importa en estos momentos. Lo cierto es que desconozco por qué hay sociedades, países, elites políticas, que optan tan a menudo por las respuestas fáciles.

     

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