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Daniel Capó


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  • 23
    Mayo
    2012

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    Los falsos profetas

    Inmersos en el Apocalipsis, abundan los profetas de la catástrofe. Los hay, incluso, que sueñan con que suceda cualquier tipo de desdicha —la debacle del euro, la expulsión de Grecia, los siete millones de parados—, mientras vociferan contra los sensatos. El último que se ha sumado al griterío del desastre es uno de los economistas más brillantes del siglo, Paul Krugman, que ha alertado de un posible corralito en España e Italia. En su particular campaña contra la UE, Krugman no está solo, aunque es el más solvente de todos los que profetizan el hundimiento europeo. A la diestra, destacan figuras disparatadas como Roberto Centeno o el inefable Santiago Niño Becerra, cuyas dotes adivinatorias van en consonancia con sus conocimientos astrológicos. En Europa, se podrían citar además dos personalidades de gran predicamento mediático: Wolfgang Münchau, que colabora en la edición alemana del Financial Times, y el británico Ambrose Evans-Pritchard, cuyas columnas en The Telegraph se leen con devoción en los despachos de la City. A otro nivel y desde otra perspectiva, encontramos a Juan Ignacio Crespo —autor del estupendo ensayo Las dos próximas recesiones (Ed. Deusto)—, que se distingue, precisamente, por ser un hombre reflexivo que impregna de sensatez todo lo que escribe. Eso me recuerda que, en su acepción bíblica original, la figura del profeta no responde tanto al personaje que anuncia calamidades como al que busca espacios de sentido en tiempos difíciles. Juan Ignacio Crespo sería un buen ejemplo de lo que digo, al igual que los economistas españoles que forman el núcleo de FEDEA con su insustituible blog Nada es gratis. Algunos de ellos son reformistas moderados, otros radicales; algunos se hallan más cerca de las soluciones conservadoras, otros de las socialdemócratas; pero todos se caracterizan por trabajar desde el horizonte común de la esperanza y de la regeneración. Me refiero también a un concepto del deber. De hecho, más que augures de la catástrofe, lo que se requiere ahora son pensadores de la esperanza. Podemos considerarlo en términos históricos. A lo largo del tiempo, determinados marcos conceptuales han primado siempre: la apertura sobre el proteccionismo, las actitudes optimistas sobre las pesimistas, la independencia y calidad de las instituciones sobre el nepotismo y la corrupción.

    ¿Se puede ser positivo  en estos momentos? Quiero creer que sí, aunque los tonos sombríos sigan marcando la realidad. Si hacemos caso a Crespo, todavía queda pendiente una recesión hacia 2015-2016, para luego iniciarse un fuerte repunte. K. Rogoff —el mayor especialista mundial en ciclos económicos— señala hacia 2018 como posible salida de la crisis. Hablaríamos, por tanto, de cinco años más de zozobra, tiempo suficiente para hundir las expectativas de más de una generación. En esas circunstancias, ¿ cómo se calibra la esperanza? Reconociendo que la realidad es dura, pero que, a la vez, depende de nosotros romper el falso determinismo del futuro. En su discurso de aceptación de la derrota, el candidato republicano a las últimas presidenciales norteamericanas, John McCain, afirmó que “América jamás se oculta de la historia. No-sotros hacemos la historia”. Obviando la lectura patriótica, a menudo he pensado en estas palabras como la constatación de que nada es inevitable cuando un país tiene el coraje suficiente para enfrentarse al mal. En el lustro que se ha recorrido desde 2008, todos nos hemos hecho una idea de los males endémicos que nos atenazan: la burbuja como seña de identidad de una economía poco competitiva, la resistencia al cambio de amplias capas de la sociedad subsidiadas por el poder político, la escasa consistencia de muchos de los contrapesos institucionales, la hiperinflación de políticos, la toxicidad del crédito fácil. Ninguna de estas enfermedades es incurable. No lo es, aunque los cantos de sirenas de los falsos profetas nos quieran hacer creer lo contrario.

     

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