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Daniel Capó


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  • 19
    Septiembre
    2012

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    Los cuatro niños de la Torá

    En 1492, los Reyes Católicos expulsaron a los sefardíes de España, un error que todavía estamos pagando caro. Frente al tradicional analfabetismo de las sociedades mediterráneos, los judíos fueron alfabetizados de forma masiva a finales del siglo I d.C. En términos culturales, existe una relación inequívoca entre el judaísmo, la centralidad de la lectura y el cuestionamiento de la realidad. El conocido ensayista George Steiner ha escrito que, si tuviéramos que localizar a un judío en la sala de espera de un aeropuerto, tendríamos que buscar a un hombre sentado, con un libro en las manos, que anota en los márgenes del mismo los interrogantes que le plantea el texto. Marx supo observar que, detrás del orden establecido de la burguesía —o, anteriormente, del feudalismo—, se oculta la explotación de una clase social sobre otra. Freud teorizó acerca del papel del inconsciente en una época marcada por el racionalismo más estricto. A lo largo de su obra narrativa, Kafka desnudó el inhumano sinsentido de la burocracia. El viejo ritual de la Pésaj —la Pascua judía— educa a los niños en la importancia de la pregunta; es decir, de no acomodarse a la demagogia, con su retahíla de respuestas obvias y estrechas, que no admiten el goce del matiz o de la duda. La Torá —leemos en el rito— habla de cuatro tipos de niños: el sabio, el rebelde, el simple y el que no sabe preguntar; de ellos, el más inquietante es el último, el que no interroga ni se deja llevar por la pasión del conocimiento.

    Dejarse llevar por la pasión del conocimiento: esto es, buscar, de algún modo, la verdad más allá de la intoxicación de las mentiras o de las simplezas de la estupidez; valorar la inteligencia en lo que tiene de más noble —la bondad y la belleza— me parece la definición más exacta y precisa de la civilización. Nosotros —hablo de España— hemos creído a menudo que la civilización viene dada por la prosperidad, como si pudieran existir la una sin la otra. Un día llegó el maná del turismo; más tarde, el de los Fondos Europeos y del crédito fácil. Y descubrimos, de repente, el agradable regusto del dinero: televisores de plasma, Smartphones en el bolsillo, un MacBook, comida macrobiótica, los 4x4 en el garaje. Sin embargo, nada de lo que conforma realmente la civilización —sus fundamentos, digo— ha cambiado de un modo notable. El fracaso escolar sigue siendo una de las señas de identidad de la España contemporánea, la universidad carece de ambición global, las redes de bibliotecas públicas malviven en medio de la penuria y el menosprecio de la clase política. La televisión vomita basura, entre el sensacionalismo y la zafia verborrea de los cantamañanas. La sobredosis emocional retorna en forma de bravuconada, así como el derrotismo, ahora en su modalidad Ni-Ni. La mayor parte de las instituciones del Estado —de la Monarquía a la unidad nacional, pasando por la Constitución de 1978— se ponen en cuestión a una velocidad de vértigo, sin que apenas se logre articular un debate razonable.

    Si utilizáramos a los cuatro niños de la Torá como símbolos de una sociedad, los españoles responderíamos al prototipo de los simples o, quizás con más precisión, de los que no saben preguntar y que, por tanto, se encuentran al albur de la mentira y de la demagogia. ¿Qué hemos hecho mal? ¿Qué nos empuja, siglo tras siglo, a la pobreza, a la incultura y al enfrentamiento? Supongo que los sefardíes —de no haber sido expulsado hace más de quinientos años— nos podrían haber enseñado algo: básicamente a descreer de las mistificaciones de la historia, con su poso de ignorancia malintencionada. A eso, y a respetar la enorme complejidad del ser humano.

     

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