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Daniel Capó


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  • 20
    Noviembre
    2013

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    Los amarrateguis

    El fútbol de los amarrateguis era un deporte feo y poco evolucionado, aunque efectivo. Ahora se dan políticos ídem, cuya única obsesión consiste en perpetuarse en el poder.

    En la década de los setenta y de los ochenta, era habitual que los equipos de fútbol modestos ficharan a un tipo de entrenador especializado en amarrar los resultados, ya fuera un empate en cancha ajena o una victoria por 1-0. A estos técnicos se los tildaba de “amarrateguis” –o, al menos, en mis años escolares así lo hacíamos–, palabra cuya etimología desconozco pero que quizás se pueda relacionar con uno de los más ínclitos representantes de esta tradición, el entrenador José María Maguregui. La base de su sistema era el cerrojo defensivo, un cierto sopor táctico que ayudaba a enredar los partidos y el buen fondo físico, además de la direccionalidad del pelotazo en la práctica del contragolpe. El fútbol de los amarrateguis era un deporte poco evolucionado y técnicamente feo, aunque efectivo en un mundo donde circulan los millones con abundancia y los resultados determinan el humor ciclotímico de los socios. Reinaba entonces el dicho de que el mejor ataque es una buena defensa, de modo que, si no se encajan goles, no se pierde. El jogo bonito era la samba de los brasileños y la revolución conceptual de Cruyff aún no había llegado. Al igual que el catenaccio italiano, la moda amarrategui era un reflejo cultural del populismo: frente a la finura de los señoritos del balón se practicaba la contundencia del autobús. Con un poco de suerte, se empataba contra el Madrid o el Barça; con un poco más de suerte, se ganaba una Copa del Rey; y casi siempre se evitaba el destierro de bajar a segunda. 

    Hoy se habla ya poco del fútbol defensivo. Supongo que los conceptos tácticos se han transformado y la velocidad del toque desbordó la línea maginot del juego conservador. La inteligencia estratégica de una nueva hornada de técnicos desmanteló el efectismo controlado de la vieja guardia. Los triunfos europeos de los equipos españoles, unidos al glamour de la Roja, aparcaron el dudoso sex-appeal de los partidarios del aburrimiento eficaz. De repente, el talento, la calidad, la innovación, el cultivo de la cantera, la internacionalización y el fútbol goleador empezaron a ser in. Y España dejó de lado la inconsistencia de la furia. Y los hinchas se olvidaron de los amarrateguis.

    Eso sucedía en el deporte –y ahí están los correspondientes ejemplos en el baloncesto, el tenis o el balonmano - pero no en la política, donde siguen rigiendo las prácticas de antaño. La modernización que arrinconó las tácticas obsoletas en el fútbol, no ha producido el mismo efecto en la administración del país. Del entrenador amarrategui hemos pasado al político ídem, sin la nobleza característica del viejo míster de club. El político prototípico de hoy –con su caterva de asesores- es un demagogo de retórica gaseosa, voluble en sus ocurrencias y resentido en proporción directa a su vanidad. Sin otro modelo mental que la repetición de unos eslóganes, su única obsesión consiste en perpetuarse en el poder, aunque para ello deba sacrificar el bienestar futuro de la sociedad. La tentación defensiva de la casta es absoluta: responder a las dificultades acudiendo a la improvisación y no al análisis experto; atar en corto el voto cautivo tejiendo una red clientelar de subvenciones y favores; impedir la excelencia a cambio del capricho momentáneo de sus intereses partidistas... El brillo de las infraestructuras se lee en clave de corrupción –las comisiones proliferan–, mientras se cierran servicios básicos porque son deficitarios. Amarrar los porcentajes electorales prima sobre la cultura de la responsabilidad, la astucia sobre la inteligencia, el poder sobre el honor.

    Los sociólogos inciden sobre la  importancia de los ecosistemas culturales, de la textura social que facilita la erupción del talento, de la calidad y de la innovación, creando espirales positivas frente al bucle melancólico del fracaso. Con el mundo avanzando en la dirección de la complejidad, las políticas amarrateguis ya no sirven. No es sólo cuestión de corruptelas –que también–, sino de un concepto de sociedad. El efectismo electoral de los partisanos de la política desprestigia la democracia, un proceso equivalente –aunque distinto en sus orígenes y en sus consecuencias– que comparten la América de Obama y del Tea Party, la Italia heredera de Berlusconi y la España de las taifas. En ocasiones, decir adiós al pasado constituye un acto de prudencia. Y de sensatez.

     

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