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Daniel Capó


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  • 11
    Abril
    2012

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    Ligeramente austeros

    Hay dos ideas que me gustaría reafirmar en este momento. La primera es que uno de los criterios fundamentales de la inteligencia es la habilidad de corregir errores. La segunda se la debo al historiador inglés Tony Judt, quien en su libro El refugio de la memoria, recuerda que su infancia estuvo marcada por la penosa austeridad de la posguerra europea, “una austeridad que no era sólo una circunstancia económica -explica-, sino que aspiraba a fomentar una ética pública”. Y, un poco más adelante, elogia la figura del Primer Ministro laborista de la época -de 1945 a 1951-, Clement Attlee, “quien presidió el periodo de mayores reformas de la moderna historia británica. [...]. Attlee -añade- fue un representante ejemplar de la gran época de reformadores de clase media: moralmente serios y ligeramente austeros”. Pienso que estas verdades nos siguen apelando hoy.

    En el fondo, nuestros problemas se resumen en las dos cuestiones citadas. Como sociedad, ¿hemos sido moralmente serios y ligeramente austeros? ¿Contamos con el carácter y la inteligencia necesarios para corregir los errores cometidos? Al igual que sucedió durante la posguerra británica, los españoles hemos conocido el periodo de mayor prosperidad de los últimos siglos. Cuando yo nací, a mediados de los años setenta, Mallorca aún respondía al prototipo del país en vías de desarrollo. Lo que ahora se denomina eufemísticamente “capital público” escaseaba entonces. En los pueblos no había polideportivos, ni piscinas municipales, ni bibliotecas -las pocas disponibles, quedaban anticuadas-, como tampoco disfrutábamos de calefacción en los colegios, por referir una queja de nuestros días. Todo estaba por hacer: la enseñanza regulada de la música, el alcantarillado de muchas calles, la extensión universal del teléfono... El catalán se empezaba a enseñar -todavía muy tímidamente- en los colegios, al igual que el inglés, optativo en algunos centros. El dinero fluía, gracias a la abundancia del turismo, pero faltaba la urdimbre de un país moderno: esa red de instituciones que cohesiona el modelo de bienestar. Después llegaron la democracia, las autonomías y las subvenciones de Europa, no recuerdo ya si por ese orden. El cambio fue inmediato: se construyeron nuevos hospitales y centros de salud, las voluntariosas monjas de la Caridad fueron sustituidas por enfermeras tituladas, se pusieron en marcha escuelas municipales de música, oficinas de información juvenil, bibliotecas de barriada, pabellones de baloncesto y así hasta un largo etcétera.

    El problema es que la prosperidad se nos atragantó y muy pronto caímos en el exceso y en la soberbia. Para decirlo a la manera de Judt, dejamos de ser moralmente serios y ligeramente austeros. Ahora, lo sencillo es culpar de nuestros males a la clase política, cuando la verdad es que buena parte de sus defectos está profundamente arraigada en nosotros. Al abandonar la austeridad -y su correlato, la moral pública-, decidimos que era preferible la riqueza fácil al esfuerzo. Es una opción legítima, aunque suicida. Lo cómodo era la burbuja -un sinónimo del robo-, las empresas subvencionadas, las redes clientelares, los sectores económicos protegidos de la libre competencia. El Govern levantaba infraestructuras faraónicas y ponía en marcha programas innecesarios; poco importa si se trataban de líneas de metro absurdas, televisiones autonómicas, empresas públicas que operan como una metaficción o el acné de los auditorios repartidos por el territorio insular. Lo difícil, claro está, era saber decir que no. La clase política no quiso y nosotros tampoco supimos exigírselo. ¿Para qué? ¿No nos beneficiábamos de la expansión de gasto? ¿No vivíamos acaso en el mejor de los mundos? Luego llegó la resaca, con la herencia añadida de un estilo de gobernar que peca de desconexión con la realidad y el legado omnipresente de la corrupción, tan visible como el Palma Arena. La pregunta decisiva, en todo caso, es la planteada al principio: ¿sabremos enmendar nuestros errores? Por desgracia, a veces, lo dudo. Pero sólo a veces.
     

     

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