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Daniel Capó


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  • 07
    Marzo
    2012

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    Les passions ocultes

    Llorenç Villalonga tenía por costumbre pasar unos días cada año en el balneario de la Font Santa de Campos. Lo leemos en su fascinante correspondencia con Baltasar Porcel, que ha publicado Edicions 62 bajo el título Les passions ocultes. “El hombre necesita dormir (para renacer), silencio (para pensar) y rezar – o hacer gimnasia – (para fortalecerse) – anota Villalonga -. Estas tres actividades que antes se hallaban al alcance de cualquiera, parece que hoy se van convirtiendo en un lujo.” Lo que, sin duda, no podía prever el autor de Bearn es la actual eclosión de balnearios, spas y centros de tasaloterapia que trufan el paisaje de Europa. Mens sana in corpore sano, rezaba la conocida máxima de Juvenal, como si fuera un adelanto de la feroz compulsión psicomotriz de nuestros días. No creo, de todos modos, que la deriva holística del humanismo fuese del interés de Villalonga y sí, en cambio, el apunte que hace el novelista inglés Sir Ferdinant Mount en Full Circle, donde relaciona el declive del estoicismo cristiano con el retorno a las aguas termales. Del hábito del alma que modela nuestro cuerpo – Sant Antoni de Viana reivindicaba no haberse lavado los pies en su vida - al cuidado del cuerpo que define nuestra personalidad – narcisista e higiénica -, Europa se mueve en una dinámica bipolar trazada por Roma hace dos mil años. Si todo ha de volver, también la cultura de los baños recupera el centro de la vida social como sucedía en la Roma de Caracalla y de Diocleciano. En esa genealogía de la moral pública, se regresa al mundo grecorromano que fundó el culto al cuerpo y del que Villalonga se hace eco en sus cartas al joven Porcel: “fortifícate con la gimnasia”, pues - esas también son palabras suyas – “el temor sólo hace sacristanes.”

    Que las cuentas no encajan era algo ya sabido, a pesar de que se nos haya mentido con tanta insistencia. Todavía poco antes de las elecciones generales del 20-N, Elena Salgado seguía con la cantinela de que España cumpliría – costase lo que costase - con las exigencias presupuestarias de Bruselas. Rajoy lo negaba, acusando a los socialistas de no decir la verdad, al tiempo que prometía lo mismo, esto es: el estricto cumplimiento de los deberes marcados por Europa. En nuestras islas, el tándem Bauzá/Aguiló celebraba los éxitos del ajuste fiscal con una serie de promesas que se han demostrado inciertas. Al final nadie se ha ceñido al déficit pactado – ni el Estado, que ha cerrado en el 8, 51%; ni mucho menos las Baleares, situadas en el furgón de cola de la morosidad. Ahora Rajoy opta por separarse de la ortodoxia alemana, aunque también el 5,8% se nos antoja una cima infranqueable. El portavoz del Govern Balear habla de subir los impuestos – la gasolina, por ejemplo –, mientras que la ministra Ana Mato tantea la posibilidad de una tarjeta sanitaria en función de la renta  En esa hoja de ruta que define la España del futuro, se adivina un territorio tempestuoso con la sociedad en proceso de desmoralización. El horizonte apunta, sin pudor, hacia una clase media proletarizada, sometida al continuo stress test de los mercados financieros. Ni siquiera cabe argumentar que uno es pesimista por naturaleza: si la solución se llama cultura, formación, inteligencia, sólo en Mallorca se han cerrado seis o siete bibliotecas en este último medio año. Las reformas son ahora más acuciantes que nunca, con el ejemplo Mario Monti al frente. En Italia se han liberalizado farmacias, taxis, estancos... Hasta la Iglesia va a pagar impuestos por su patrimonio. Quizá debamos tomar nota.

    La muerte llegó en sms. Lo hace siempre cuando uno menos lo espera. Manuel de Solà-Morales tenía 73 años y era uno de los urbanistas más destacados de Europa. Suya era la firma de la fachada marítima de Barcelona o de Illa Diagonal, del Paseo Atlántico en Oporto o de la zona  portuaria de Saint-Nazaire. Le conocí en agosto de 2006, en su casa veraniega de Artà, una posada de pueblo elegante y sencilla, cuyas paredes blancas, tamizadas por la luz y la sombra, atesoraban una antigua colección de mapas de ciudades. Pensé entonces que el silencio es el lujo de la cultura o, al menos, su prerrogativa. Hablamos de Moneo y de la historia de la arquitectura española de Fullaondo, de Jorge Oteiza y de Ramón Gaya, del piano Mitteleuropa de Alfred Brendel y de la precisión analítica de Pollini. Hablamos de Nápoles como una pasión - no sólo literaria. Hablamos de la cerámica de Maria Antònia Carrió, uno de esos secretos que sellan la elegancia artística de la isla y su belleza más íntima. Amaba las ciudades como quien frecuenta los espacios de la civilización. En eso recordaba las hechuras de un filósofo griego y no me cuesta imaginarlo conversando con Platón o debatiendo con vehemencia sobre los límites precisos de la geometría. La Barcelona moderna le debe mucho a él. Descanse en paz.

     

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