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Daniel Capó


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  • 18
    Septiembre
    2013

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    Las cuentas de la vida

    Hace ya unas décadas, en una entrevista concedida a RTVE, el escritor Octavio Paz afirmó que lo más le preocupaba de la Transición era que el exceso de expectativas derivara en una especie de ilusionismo. “La política no es un sustituto de la religión —declaró el premio Nobel de literatura—, por lo que no puede pretender salvar a la humanidad”. He recordado estas palabras del poeta mexicano ahora que se ha instalado en España una narrativa de la catástrofe que, desde el histrionismo, juega de forma frívola con las ideas y los sentimientos de los ciudadanos. Vivimos en una época confusa y contradictoria que celebra a los apologetas del desastre como adalides de la sofisticación. Al revés que en la famosa sentencia teresiana, la mentira se escribe con los reglones torcidos de la verdad, insinuando el carácter particular de nuestro pasado y lo inseguro de nuestro destino. Sin embargo, desde un punto de vista histórico, se constata más bien lo contrario. No es cierto que España sea una anomalía, ni que la Transición haya sido un fracaso, ni que las instituciones no funcionen, ni que nuestra democracia sea de baja calidad, ni que estar en contra de la secesión sea predemocrático, ni que exista futuro fuera de Europa, ni que el capitalismo per se haya originado el empobrecimiento masivo de los españoles, ni que el marco constitucional del 78 haya llegado a su final ni que todo esté tan rematadamente mal como se nos quiere hacer creer. Por supuesto, como cualquier otro país, España precisa profundas reformas que depuren lo que ya no sirve y pactos amplios que permitan transformar sus estructuras anquilosadas. Pero esta es la tensión inherente a la cotidianidad de la Historia y no el hinchado discurso de la catástrofe, que busca imponer su lectura como una especie de maldición secular que se transmite de generación en generación, siglo tras siglo.


    En realidad, los problemas que afectan a España no son intrínsicamente distintos a los que acucian al resto de Europa. Las dificultades para preservar en su integridad los logros del Estado del Bienestar son un debate abierto en todo el continente. La necesidad de equilibrar los presupuestos constituye un principio activo en las políticas fiscales del mundo globalizado. Suecia, paladín de la socialdemocracia, se plantea retrasar la edad de jubilación hasta los 75 años; Alemania, hasta los 68. No hay un solo modelo sanitario de calidad que sea plenamente sostenible, aunque ahora se elogie el de Singapur. Los sistemas de enseñanza mutan a una velocidad de vértigo para tratar de asumir los recursos tecnológicos y las nuevas exigencias laborales. El alumno modélico de hace treinta años obtendría hoy calificaciones mediocres en las pruebas de PISA. En todo el mundo civilizado el paro se ha incrementado y los jóvenes —juntamente con los mayores de 45 años— padecen serias dificultades para lograr un trabajo digno y bien renumerado. En todo el mundo, las empresas —y los trabajadores— se enfrentan a una serie de tendencias que, como indica el economista Tyler Cowen, son difícilmente reversibles: “la creciente productividad de las máquinas inteligentes, la globalización económica y la división de la economía moderna entre sectores muy dinámicos y otros que permanecen estancados”. No resulta ilusorio pensar que las sociedades se dirigen hacia una atomización que dará lugar a una nueva geografía de la riqueza, del saber y de las oportunidades. Del mismo modo, asistimos a una creciente desafección ciudadana hacia la clase política, a la vez que se pone en duda el papel de las instituciones y brota con fuerza el utopismo de la democracia directa frente a la inteligencia mediadora —y moderadora— del parlamentarismo liberal.

    Nada de eso conforma el pecado original de España, entre cosas porque no existe un pecado original que nos singularice de una forma radical. Somos hijos de nuestros errores y de nuestros aciertos, y los retos a los que debemos dar respuesta son los propios de cualquier sociedad compleja y abierta. Insisto, se trata del dinamismo inherente a la cotidianidad de la Historia. Y estén tranquilos: nuestro futuro no será muy distinto al del resto de Europa.

     

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