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Daniel Capó


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  • 28
    Febrero
    2012

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    Las cuentas de la vida

    Hace poco más de un año se inauguró en Zagreb The Museum of Broken Relationships, fundado por dos artistas que decidieron exponer los recuerdos de su amor fallido. Antes de establecerse definitivamente en la ciudad croata, la exposición había recorrido medio mundo – de Argentina a Filipinas, de Estados Unidos a Alemania – añadiendo nuevos vestigios de la intimidad truncada de los amantes. Expuestos en vitrinas, los ocasionales voyeurs pueden contemplar anillos de pedida, cuadernos garabateados, teléfonos móviles, gafas de sol, álbumes de fotos, ropa interior, cartas caligrafiadas... De fondo – leo en un ensayo de J. Granados -, el manifiesto conceptual de la vida contemporánea: nada perdura, ni siquiera las promesas del amor. Lo que era aparentemente sólido se disuelve, ya sea una familia, la estabilidad laboral, el rigor de las fronteras o incluso la amistad, inserta ahora dentro de la filosofía networking. Los psicólogos y la neurociencia se han dedicado a rastrear la falacia de la memoria, hasta el punto de negar la validez de muchos de nuestros recuerdos. En un anillo se lee inscrito un verso del poeta romano Catulo, “Vesper adest” (“Ya llega la estrella de la noche”), junto a una ficha que dice: “Fue fugaz”. En la tienda del museo, el regalo predilecto es una simple goma de borrar. ¿Qué permanece de lo que fuimos?, se pregunta uno. ¿Se pueden borrar acaso las huellas del pasado? Y, si es así, ¿en quién depositar nuestra confianza?

    También la mentira en política se vincula a un doble origen: el paternalismo casi feudal y pactadamente corrupto, por un lado, y la escasa consideración a la palabra dada, por otro. Ambos nos remiten a la insuficiencia moral que resquebraja la arquitectura de nuestra sociedad. Cuando, en su día, Zapatero afirmó que no nos fallaría —¡ay!, la ingenuidad edénica—, daba a entender que, de hecho, la tradición política española es otra. Cuando Rajoy repite machaconamente —con cierto deje de registrador de la propiedad— que es hombre de palabra, vuelve a incidir en la escasa honradez de nuestros mandatarios. Entre nosotros no sólo es tolerable la mentira sino que además se la aplaude, ya que muestra la désinvolture del gobernante o su acendrado “sentido de Estado”. Si el ensayista inglés del XIX Walter Pater aseguraba que “quien miente en lo pequeño, miente en lo grande”, el temple nacional elogia la inteligencia táctica del mentiroso, siempre que no merodee por el sacrosanto altar del statu quo. No hablo de la inutilidad de la sospecha, sino de la garantía moral que todo país necesita frente a la mentira. Creemos en los demás porque nos fiamos de su palabra. De este modo nuestro comportamiento se vuelve previsible, reduciendo la incertidumbre del futuro. La tradición —como un destilado de la historia— tiene que ver con esta seguridad, al igual que la familia, la patria, el libre mercado y los ritos funerarios – todo aquello, en definitiva, que constituye la civilización. Pero si trazamos la dura geografía de lo local, la política balear atestigua algo muy distinto, un auténtico museo de los vínculos rotos, alla Zagreb, que iría de Maria Antònia Munar a Jaume Matas, y que perdura hasta hoy como una simiente del príncipe de Lampedusa.

    Hablo por teléfono con José Carlos Llop sobre el debate en Oxford entre el primado de la Iglesia de Inglaterra, Rowan Williams, y el etólogo Richard Dawkins; dos brillantes pensadores que manejan lenguajes y discursos a menudo incompatibles. Quiero decir que hay una sordera mutua —ciencia/fe, ciencia/humanidades— que predispone a las escaramuzas y al tiroteo. Richard Dawkins es un intelectual fecundo cuyo “gen egoísta” ha abierto nuevas y polémicas perspectivas en el campo de la moral y de la psicología evolutiva. De R. Williams, un eminente teólogo que ha trabajado la mística castellana —Teresa de Ávila— y los escritores rusos, se podría asegurar que es el arzobispo de los vínculos rotos. Pienso, por ejemplo, en su comprensión del amor homosexual, como expresó en un ensayo básico para la teología anglicana de nuestros días: The Body’s Grace. Según el eclesiástico galés, el amor —como la sexualidad— viene definido por su capacidad de ensanchar la intimidad propia de las personas, sin hacer grandes distingos entre lo homo y lo hetero, entre lo pre y lo post matrimonial. Lo decisivo —para Williams— sería la comunicación de los cuerpos, el camino compartido de vida y la potencialidad de fracaso inherente a cualquier proyecto humano. En el debate de Oxford, Williams habló de un universo conformado por la matemática y el corazón, por la precisión y el perdón. Pensé entonces en el museo de Zagreb, con sus juguetes rotos, y en la imposibilidad de borrar la memoria de aquello que fuimos, que somos y que, algún día, seremos.

     

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