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Daniel Capó


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  • 26
    Septiembre
    2012

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    La moraleja de la ORA

    Leo que muchos ayuntamientos de la isla tienen dificultades para cobrar las multas de la ORA, dado que, con la notable excepción de escandinavos y alemanes, la mayoría de turistas tiene la costumbre de irse sin pagar. La noticia me ha hecho pensar en un curioso estudio que cita David Brooks en su ensayo El animal social, titulado Cultures of corruption. Sus autores, Raymond Fisman y Edward Miguel, examinaron durante años las multas de aparcamiento impuestas a los diplomáticos que viven en la ciudad de Nueva York, ya que, como se sabe, los diplomáticos gozan de un estatus especial de inmunidad que los protege ante este tipo de eventualidades. Intuitivamente, uno puede sospechar que el alto nivel socioeconómico de los analizados hará que mantengan una actitud semejante —esto es, que paguen—, con independencia de las tradiciones propias de su país. Nada más lejos de la realidad. Cito el libro de Brooks por extenso: “Entre 1997 y 2002, los diplomáticos de Kuwait alcanzaron 246 infracciones de aparcamiento por cabeza. Los de Egipto, Chad, Nigeria, Sudán, Mozambique, Pakistán, Etiopía y Siria, también mostraron cifras muy elevadas de infracciones. Por su parte, los de Suecia, Dinamarca, Japón, Israel, Noruega y Canadá no tenían ninguna. Incluso a miles de kilómetros de casa, los diplomáticos conservaban en la cabeza sus normas culturales nacionales”.

    Lo importante de este estudio —anecdótico, si se quiere— es que calibra la profunda relación existente entre las pautas conductuales, la tradición cultural y el progreso social. La riqueza de los países es inversamente proporcional al impago de las sanciones. Casi en cualquier lugar del mundo el amiguismo, el cinismo concebido como way of life, el fraude fiscal o la corrupción implican el fracaso de lo que podríamos llamar la articulación de una sociedad civil, así como con unos elevados índices de pobreza. En Mallorca, no es inusual escuchar todavía que se acusa a alguien de ser inteligente pero no especialmente listo, y esa falta de malicia —de vivor o de puteria— confirma una tara casi indeleble de la personalidad. La inteligencia se aprecia poco —o nada—, mientras se admira en secreto al hombre taimado que engaña con astucia. Que las culturas divergen entre sí es cosa sabida. Pensar que todas ellas se aceptan por igual no deja de ser, sin embargo, una extravagancia poco razonable, puesto que hay valores más en consonancia con el mundo moderno que otros. El relato del rencor histórico, común a algunas sociedades europeas, no conlleva las mismas consecuencias que el que cifra el futuro en la capacidad de trabajo, la probidad y la inteligencia. La cultura también delimita los niveles de tolerancia ante las dificultades: en Estados Unidos, por ejemplo, el fracaso empresarial se considera un proceso inherente a la formación de una persona; mientras que en España, el fracaso convierte en estúpido de por vida a quien lo haya padecido. Obviamente, la inteligencia moral es preferible a cualquier tipo de nihilismo.

    La moraleja de la ORA viene a decirnos que la honestidad cotidiana cuenta. Hace años, Luis Aragonés sostenía que los partidos de fútbol se ganan por lo civil o por lo criminal; lo cual no deja ser cierto, aunque un estilo ennoblece y el otro malea el carácter. La civilización se escribe con un lápiz pequeño, cumpliendo con las normas de convivencia, aceptando las reglas de juego, afrontando los problemas, educando en el esfuerzo y en el respeto a la cultura, evitando la mentira como arma política, mejorando el día a día. Curiosamente, el impago de la ORA no habla de nosotros, sino de los turistas que nos visitan. Queda por saber cómo nos comportaríamos nosotros en Cancún, Cabo Verde o en una isla griega; es decir, qué ejemplo seguimos y qué ejemplo damos.

     

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