Blog 
Las cuentas de la vida
RSS - Blog de Daniel Capó

El autor

Blog Las cuentas de la vida - Daniel Capó

Daniel Capó


Archivo

  • 17
    Diciembre
    2013

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    La mala política

    En un contexto de aislamiento internacional, la hipótesis de un referéndum resulta endeble. Las futuras elecciones plebiscitarias, en cambio, presagian el ascenso de los extremos

    Cuando se lanzó el plan Ibarretxe, algunos nacionalistas empezaron a sugerir que el estatus de Puerto Rico podía ser el modelo ideal para articular España. Se trataba, por supuesto, de una comparación confusa y engañosa, que ponía fin a un difícil juego de equilibrios con la Constitución. De las Autonomías al Estado Libre Asociado, la propuesta vasca actuaba como un señuelo que pretendía modernizar la habitual retórica identitaria del nacionalismo. Con la denominación Estado se federalizaba el país; apelando a la libertad, se asumía conceptualmente una posible secesión; y, con el concepto de asociación, se suscribía la posibilidad de un pacto revocable. De esta manera formarían parte de España, aunque sólo a conveniencia y además bajo la continua eventualidad de la ruptura. No en vano las tradiciones se inventan y reinventan, del mismo modo que cada generación se siente con derecho a reescribir la Historia y, por ende, a actuar en consecuencia. Las mayúsculas me hacen desconfiar tanto como la pedantería de los doctrinarios. ¿Sabemos con precisión cuáles serán las consecuencias de nuestras decisiones? ¿Hasta qué punto la inexactitud del pensamiento —incluyendo la sobredosis emocional— desvirtúa el sentido de nuestros actos? ¿Y cuál es el papel de la prudencia cuando la política —ese arte de regular la incertidumbre— se enfrenta a lo inesperado? En el caso de Ibarretxe, el hecho de reivindicar la conexión con Puerto Rico no dejaba de ser una ambigüedad que obviaba la situación semicolonial de la isla caribeña, cuyos ciudadanos son aptos para alistarse en el ejército estadounidense pero no para votar a sus representantes en el Senado o en el Congreso. Por descontado, el lehendakari no se creía ninguno de estos equívocos —o quizá sí, a fuerza de repetirlos—, sino que sencillamente buscaba consolidar un estado de opinión favorable a sus ideas. ¿Cuánto hay de teatralización en la política contemporánea? ¿Y cuánto de frivolidad? Hay que suponer que mucho más de lo recomendable.

    En estos últimos años ha sido Cataluña quien ha tomado el relevo en el discurso de la ruptura. Como nos recuerda Michael Ignatieff en un magnífico ensayo titulado Sangre y pertenencia, Freud atribuyó al narcisismo herido de las pequeñas diferencias la pulsión básica del sentimiento nacionalista. Así, la pasada semana, un congreso de historiadores se dedicó a reflexionar sobre los tres siglos de presunta persecución anticatalana; la Generalitat acaba de publicar una lista interminable de agravios y algunos economistas se han esforzado en subrayar la magnitud presupuestaria del expolio fiscal. La inexistencia en nuestro ordenamiento jurídico del derecho a la autodeterminación se interpreta en clave de opresión nacional, al tiempo que se recuerda el fracaso de la pedagogía catalana con el resto de España. La política tiene estos rasgos paradójicos: treinta años de autonomía que han permitido recuperar instituciones fundamentales de autogobierno, crear espacios de libertad, incorporarse como miembros de pleno derecho a Europa y a la Alianza Atlántica, elevar la calidad de vida de los pueblos y comarcas o situar a Barcelona en el mapa internacional del Mediterráneo, de repente han dejador de valer. O no, pero como motivo de queja. La alternativa es una pregunta doble —en forma de árbol, dicen—, cuyo tono recuerda al que empleaba el PNV con Puerto Rico: un Estado Libre Asociado que no es Estado ni es libre ni se ha asociado en igualdad. El presidente del Consejo Europeo, el belga Van Rompuy, ya ha dejado claro que la consecuencia inmediata del voto favorable a la secesión sería dejar a Cataluña en tierra de nadie. Por supuesto, en un contexto de aislamiento internacional, la hipótesis de un referéndum resulta endeble. Unas futuras elecciones plebiscitarias, en cambio, presagian el ascenso de los extremos y la ruptura de la corriente central —e histórica— de la sociedad catalana. Los votantes del PP y del PSC basculan hacia Ciutadans, mientras que CIU camina decidida hacia la desintegración y ERC capitaliza el independentismo emergente. La fragmentación social no constituye un buen legado, por más que muchos se empeñen en ello. Al fin y al cabo, la mala política es hija de la frivolidad.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook