Blog 
Las cuentas de la vida
RSS - Blog de Daniel Capó

El autor

Blog Las cuentas de la vida - Daniel Capó

Daniel Capó


Archivo

  • 26
    Diciembre
    2012

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    La lección de Eton

    Fue a principios de la década de los treinta cuando el Secretario de Estado del Foreign Office, —que años más tarde llegaría a Primer Ministro— Anthony Eden, se encontró con Adolf Hitler en Berchtesgaden. Allí hablaron de Europa y de la paz pero, sobre todo, de las heridas que la Gran Guerra infligió a Alemania. Para el Führer la única razón que explicaba la humillante derrota alemana de 1918 era el carácter disciplinado y brillante de las elites militares inglesas, formadas en el mítico College de Eton. Como antiguo etoniano, Eden intentó corregirlo (de hecho, el cuerpo de soldados del prestigioso internado inglés era pequeño y apenas estaba equipado militarmente), pero no logró convencer al dictador alemán, el cual argumentaba que sólo una ética de trabajo rayana con el fanatismo espartano podía justificar el hundimiento de Prusia en la I Guerra Mundial. Casi un siglo más tarde, en las interesantes memorias del general Sir David Fraser, Wars and Shadows, hallamos un resumen elocuente de la moral etoniana: “Eton creía que la libertad se educa en la antigua y brutal forma de dejar que cada uno sobreviva (en el colegio) como pueda.” Cabe suponer que a Hitler le atraía precisamente ese rostro de la brutalidad del mundo antiguo, que él identificaba con el poder de los imperios. Para el prudente general inglés —coincidiendo con Eden—, el ejemplo de Europa residía, sin embargo, en el equilibrio entre la libertad y la Ley, entre las formas y la sustancia. Lógicamente, ambas visiones políticas son incompatibles. En una, la crueldad casa con la violencia y con el instinto revolucionario que desea imponer una sociedad nueva de un solo golpe. En la otra, la sabiduría de la experiencia parlamentaria británica no se cansa de repetir que el reformismo incesante debe ir acompasado con la estabilidad, con la sensación de que todo permanece en orden, sin cambio aparente ni ruptura, al igual que el paso del tiempo.
    El encuentro entre Hitler y Eden tiene un rasgo anecdótico que, no obstante, apunta en otra dirección: el significado de Roma a lo largo de los siglos. Generación tras generación, los europeos nos hemos asomado a Roma en busca de la unidad perdida del continente: pensemos en Carlomagno y el Sacro Imperio, en los malogrados Habsburgo —primero en España y luego en Austria—, en la Francia del Rey Sol y en Napoléon, pensemos en Kant y su visión de una paz europea, en la Inglaterra victoriana y en la epopeya fundacional de la república de los Estados Unidos. Si Atenas aportó la duda filosófica y Jerusalén el giro hacia la responsabilidad ética, Roma trazó las grandes instituciones políticas, el ideal de una Pax duradera y la noción de Derecho. Pero a la vez Roma constituye el símbolo del declive de las naciones, de la caída de los imperios que se desmoronan por el peso de sus propios errores.

    A menudo olvidamos que la historia repite sus lecciones. Hitler creía que la decadencia de Alemania se originó por la falta de un poder despiadado que ejecutara su voluntad a toda costa. Se trata –¿cómo no?– de la utopía habitual de los totalitarios de cualquier signo. En cambio, intuyo que el secretario del Foreing Office, Anthony Eden, debía de ser un escéptico que se dejaba guiar por el carácter ejemplificante de la Historia. En su monumental ‘Decadencia y caída del Imperio Romano’, Edward Gibbon recuerda al lector de su libro que encontrará el “registro de los crímenes, las locuras y los infortunios del género humano”. La lección de Eton, que Hitler no supo entender, es que la humildad resulta mejor maestra que la soberbia. Regresar a la antigua Roma —meditar su catálogo de vicios y de virtudes, como nos invita Gibbon—  nos previene del mal inveterado de los excesos del poder.

     

    Denunciar
    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook