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Daniel Capó


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  • 01
    Agosto
    2012

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    La larga lista de tópicos

    Al reiterado fracaso del sistema educativo balear, los profesores responden, desde las páginas de Diario de Mallorca, con el conjunto de tópicos habituales. En su artículo de opinión del pasado viernes, nuestro compañero Llorenç Riera los fue enumerando uno tras otro: “La falta de implicación social, el descrédito del sistema educativo o la tentación laboral siguen siendo los recursos nada nuevos y más utilizados.” Como suele suceder, el lamento de los docentes cuenta con algunos atisbos de verdad. Resulta razonable pensar que el contexto sociocultural es decisivo para medir la competitividad académica de una determinada zona geográfica. Hay sociedades   —las nórdicas, por ejemplo— que fueron alfabetizadas hace cinco siglos, con las lógicas consecuencias que de ello se derivan. Se sabe que los niños a los que sus padres leen habitualmente disponen de más probabilidades de acabar el bachillerato que los que no han disfrutado de esta ventaja. Se sabe que el espectacular éxito académico de los países asiáticos —Singapur, China, Corea del Sur— hunde sus raíces en el aprecio confuciano por el conocimiento y en el durísimo nivel de exigencia de los padres. Se sabe que, incluso durante la época comunista, las escuelas situadas en los barrios tradicionalmente burgueses obtenían mejores calificaciones que los emplazados en zonas obreras. Los últimos estudios de Putnam sobre el papel condicionante de la clase social indican que la brecha entre los hijos con padres universitarios y los demás se hace cada vez más profunda. Todo ello, siendo verdad, no logra explicar la magnitud del fracaso escolar en Balears. Quiero decir que, si el contexto falla —lo cual es cierto—, el profesorado y los colegios también forman parte de ese contexto. En el examen de conciencia, cada uno debe asumir su ración de culpa.

    Bill Gates, desde su fundación, lleva tiempo dedicando mucho dinero a averiguar qué es lo que funciona y lo que no en la educación. Uno de los mejores modos de aclararlo es realizar pequeños ensayos en colegios o en pequeñas comunidades con el fin de localizar pautas de éxito y de fracaso. En alguna ocasión, ya he escrito sobre la experiencia de Ontario, en Canadá, donde centraron su atención en la lectoescritura y en las matemáticas con un rendimiento notable. En California, han optado por realizar una adaptación del currículo que se emplea en Singapur para el aprendizaje de las matemáticas —con series como Singapore Math o Math in Focus—. Por otra parte, un profesor de la Universidad de Toronto, John Mighton, ha puesto en marcha un ambicioso proyecto de enseñanza de las matemáticas llamado Jump Math, que ha merecido calurosos elogios en The New York Times.

    Desconozco si evaluar de modo externo al profesorado contribuirá a una mejora del sistema educativo de Balears, aunque haya evidencias que apunten en esa dirección. En todo caso, recrearse en la negatividad no conduce a ningún sitio. Si el contexto sociocultural cojea, quizá haya llegado la hora de plantearse campañas de formación para los padres. Si los alumnos terminan la primaria sin una buena compresión lectora, tal vez se deba incidir con más fuerza en el papel transversal que pueden jugar las bibliotecas públicas. Si las matemáticas fallan, cabe preguntarse si se enseñan bien en Magisterio, qué tiempo se le dedica en clase o cuál es la metodología que se utiliza. Los directores se resisten a publicar comparativas entre los distintos centros, pero sospecho que se trata de un grave error. A lo largo de la historia, el acceso a la información siempre ha sido un supuesto de prosperidad. Los padres tienen derecho a conocer el ideario, el proyecto y los resultados académicos del colegio de sus hijos. La libertad y la información no van en contra de nadie, sino a favor de todos. Ese es un buen principio.

     

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